Cuenta la leyenda japonesa que Orihime, hija de un dios y tejedora, se enamoró de Hikoboshi, un pastor de estrellas. Todo bien. Pero se gustaron tanto, tanto, que fue demasiado; típica constricción religiosa. Orihime dejó de tejer, Hikoboshi abandonó su ganado y el padre de ella decidió separarlos y enviar a cada uno a un lado de la Vía Láctea. Desde entonces, solo pueden verse una vez al año, la séptima noche del séptimo mes.
La judoca española, campeona del mundo hace unos días, vive en Hiratsuka mientras su marido, el judoca Takezho Kishi, entrena en Lleida. Pronto volverán a coincidir y competirán bajo la misma bandera.
Cuenta la leyenda japonesa que Orihime, hija de un dios y tejedora, se enamoró de Hikoboshi, un pastor de estrellas. Todo bien. Pero se gustaron tanto, tanto, que fue demasiado; típica constricción religiosa. Orihime dejó de tejer, Hikoboshi abandonó su ganado y el padre de ella decidió separarlos y enviar a cada uno a un lado de la Vía Láctea. Desde entonces, solo pueden verse una vez al año, la séptima noche del séptimo mes.
Por eso, cada julio, al día 7, Hiratsuka, una ciudad de la prefectura de Kanagawa, a una hora en tren de Tokio, se viste de fiesta. El Tanabata llena sus calles de flores, adornos de papel, conciertos y puestitos de comida. Una celebración preciosa. ¿Qué tiene que ver con el deporte? Que precisamente allí vive Ai Tsunoda, reciente campeona del mundo de judo y una de las principales bazas españolas para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 2028, y que también tiene una historia de amor como la de la tejedora Orihime. Más o menos.
Nacida en Lleida, hija de GoTsunoda, japonés, y Céline Roustant, francesa, ambos judocas, Ai creció entre tatamis y bajo las directrices de sus padres, que la llevaron hasta los títulos mundiales cadete y júnior. El salto a la categoría absoluta, sin embargo, no fue sencillo. Tras toda una vida en el dojo de su familia en Lleida, en 2023, un año antes de ser quinta en los Juegos Olímpicos de París 2024, decidió cambiar de escenario y aceptó una beca de la Universidad de Tokai, en Hiratsuka. El objetivo era empaparse de una cultura que sentía como propia, aunque nunca había vivido allí. Parte de su familia, incluido su abuelo Makoto, sigue en Fukuoka, pero ella solo había estado de visita.
- ¿Qué encontró en Japón?
- Otra forma de vivir el judo. Aquí es como una extraescolar: igual que en el instituto, haces judo con tu colegio, y en la universidad es lo mismo. Además vivo sola en una residencia de estudiantes, por lo que he aprendido más a pensar, a buscar por mí misma. Aquí tengo que luchar más contra mis debilidades, contra todo lo que a veces no quiero hacer. Y si no lo hago, nadie me va a decir que lo tenga que hacer.
También encontró a TakezhoKishi. En la universidad conoció a un judoca japonés de su edad y, como en la leyenda, se gustaron tanto, tanto que, después de un año juntos, se casaron en un pueblo ilerdense y acto seguido tuvieron que separarse.
Tsunoda regresó a la Universidad de Tokai, donde está a punto de terminar sus estudios de artes marciales, y Kishi, ya graduado, decidió instalarse en Lleida y empezar a entrenar con sus nuevos suegros. Ahora mismo la española vive en Japón y el japonés, en España. La versión moderna de Orihime y Hikoboshi, aunque en este caso el problema no sea la Vía Láctea, sino el calendario deportivo. Entre entrenamientos y competiciones, cuesta encontrarse.
Aun así, la distancia no ha impedido que construyan una vida en común. «Ya no estoy sola. Es un camino a dos personas», explica Tsunoda en conversación telefónica con EL MUNDO desde Japón, donde planea su pronto regreso a España. Kishi, de hecho, ha pedido la nacionalidad española y, si se la conceden, pronto ambos entrenarán juntos y competirán bajo la misma bandera. «Como los dos hacemos judo, buscamos ser lo más fuertes posibles los dos», cuenta. ¿Hasta dónde pueden llegar? Está por ver, pero los últimos resultados invitan a pensar en todo.
El mes pasado, Tsunoda encontró la recompensa a todo su viaje en el Mundial de Bakú, donde se llevó el oro en la categoría de menos de 70 kilos, aunque llegaba a la cita con dudas. En los dos torneos internacionales previos había perdido en sus primeros combates y su mejor resultado de la temporada había sido un tercer puesto en el Grand Slam de París, en febrero. En los días previos al Mundial incluso pensó en no presentarse por falta de confianza.
- ¿Y qué pasó?
- No lo sé muy bien. Estaba dudando en ir al Campeonato del Mundo porque me iban bastante mal las condiciones. Estaba entrenando y me sentía como si estuviera jugando y algo no me saliera. Pero en el campeonato las sensaciones fueron muy distintas. La realidad es que no sé por qué gané, no sé por qué se gana. Es un progreso, sí, pero todo el mundo también mejora, todo el mundo entrena.
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