El diario prohibido de Concha Espina

Llegó a Madrid con cuatro hijos, con el poco dinero que había conseguido al vender una sortija de esmeralda y ‘La niña de Luzmela’ bajo el brazo. Había tenido que reescribir la novela: su marido destruyó la primera versión. Ella misma financió la primera edición, y el libro tuvo tanto éxito que Alfonso XIII acabó cambiando el nombre del pueblo que le daba título. Mazcuerras pasó a llamarse Luzmela. Concha Espina (1869-1955) fue la primera mujer en vivir de su escritura en España. Fue candidata al Nobel nueve veces. Se convirtió en una figura central de la vida literaria española. Sus tertulias de los miércoles en su casa de Alfonso XII congregaban a García Lorca, Ortega y Gasset, Antonio Machado y Gerardo Diego. Defendió el sufragio femenino y el divorcio. Con la ayuda de Clara Campoamor , fue de las primeras mujeres divorciadas en la Segunda República.Por méritos, debería ser una autora indiscutible. Pero ahora es una escritora «olvidada», o «condenada». «Yo no sé por qué le ponen esa etiqueta –lamenta su nieta Concha de la Serna–. Pienso que entre unos y otros la han politizado». A Concha Espina le ocurrió la guerra. Recibió la República con cierta esperanza. Mujer conservadora, católica, defensora de la idea de España, pronto vio que aquello no era lo que prometían. «Ya desde la Revolución de Asturias empezó a ver que la República no iba en el sentido que a ella le gustaba –explica su nieta–. Vio que no podía defender el comunismo, que asesinaran a las monjas y quemaran las iglesias, como empezaron». El conflicto la sorprendió en la casa familiar de Mazcuerras, donde permaneció hasta la llegada de dos de sus hijos en 1937. Para entonces se había afiliado a Falange y recibió el alzamiento con un «¡Arriba España!». «En el pueblo se decía que estuvieron a punto de matarla dos veces. El mismo día que entró mi padre con su hermana a liberarla, ya estaba decidido que le pegaran un tiro», recuerda De la Serna. La caída de San Sebastián abrió la entrada a Santander y terminó por salvarla.Noticia relacionada general No No Cultura usa el centenario del Lyceum Femenino como ariete contra el «fascismo» Jaime G. MoraEntre julio de 1936 y agosto de 1937, Espina documentó su día a día en un diario. «Para mí no tenía más importancia que la del soliloquio. Era una especie de rezo, un murmullo hondo y rápido de mi propia conciencia, sin asomos de literatura, sin la más remota preocupación del mañana», escribiría después a modo de prólogo. Pero aquel diario podía ser una condena a muerte. Lo escribía de noche, a la luz de una vela, y luego lo escondía en el jardín. Milicianos acudían con frecuencia a requisar bienes. Una vez la dejaron sin máquina de escribir. «Pero, en el Frente Popular, ¿hay quien sepa escribir?, pregunté sin acordarme de que estoy prisionera», anotó. «Me han devuelto la máquina de escribir. El propio Cardenillo viene a confesar que no la entienden y que me la quieren dar. […] Pero añade que yo escribo en periódicos ‘reaccionarios’; y comenta en su burdo estilo peligroso que me amenazan por mi actuación ‘derechista’… Según él, es muy grave mi situación».’Diario de una prisionera’ se titula el libro. Lo publica Ediciones 98, que ya editó relatos de la Guerra Civil de Wenceslao Fernández Flórez . Tras este volumen, la editorial publicará los otros cuatro títulos de la pentalogía» de Espina sobre la guerra: ‘Retaguardia: Imágenes de vivos y muertos’, ‘Alas invencibles’, ‘Luna roja’ y ‘Princesas del martirio’. El diario se publicó por primera vez en 1938, pero no había vuelto a imprenta hasta ahora. Ni siquiera se incluyó en sus obras completas. «Ella decía que, como había tantos nombres, quizá no era propio. Pero han pasado noventa años. Es el único de los suyos que no es literatura», dice su nieta.’Diario de una prisionera’ Editorial Ediciones 98 Autora Concha Espina Número de páginas 272 Precio 22,95 eurosEspina fue consciente del riesgo de esas «páginas de desahogo». «Me aconsejan que no las escriba. ¿Y qué otra cosa puede hacer mi desolada pluma?», anota en julio del 36. Escondía cada cuartilla y enterraba también objetos de valor: alhajas, cubiertos, candelabros. «Y hemos retirado los cuadros y esculturas para esconderlos en los lugares más inverosímiles: aleros dobles del tejado, silos en las escalinatas de piedra del jardín; baúles recónditos», dejó escrito. «Solo le permitían escribir si era para los diarios locales de los comunistas. Como se negó, le metieron dos milicianos a vivir en la casa. Le quitaron ropa, mantas y comida. Fue tremendo», recuerda De la Serna.La autora recogió en el diario lo que veía y escuchaba. «Durante esta breve salida me han contado ferocidades de las persecuciones a las derechas». Describe las humillaciones que sufrían los presos del barco en la bahía de Santander –obligados a hacer sus necesidades en cubierta, ante el público que reía en los muelles–, los fusilamientos de personas conocidas, los cadáveres flotando en el agua… «Hoy no hay periódico. Hasta mañana les queda a los rojos mucho tiempo para inventar lo que nadie puede desmentir».Hambre y penuriasTambién relató el hambre y el frío. «No tenemos nada, ni libertad para el testimonio de nuestra suma pobreza; ni leña para calentar las habitaciones a siete grados. O para cocer un miserable puchero. Estamos quemando los árboles del jardín y nos tienen que fiar el carnicero y el molinero, ambos derechistas y perseguidos. Tenemos, sencillamente, hambre y frío. Aunque esto es una bagatela al lado de lo que sufre nuestro corazón». El libro termina con la llegada de las tropas franquistas y su huida a San Sebastián. «España es y será siempre Ella, la única», escribe, con la retórica falangista del momento. «Volveré a las veredas de esta patria mía grandiosa y me refugiaré en su espíritu inmensurable para servirla con mi trabajo, más que nunca, si me fuera posible».Antes de que la guerra lo cambiara todo, Espina había construido una obra de peso. No solo fue ‘La niña de Luzmela’. ‘La esfinge maragata’ (1914) le valió el premio Fastenrath de la Real Academia Española –primera vez que lo recibía una mujer–. ‘El metal de los muertos’ (1920), sobre la huelga minera de Riotinto, tuvo múltiples ediciones y traducciones. «Ella bajó a la mina. Es alucinante que una mujer en aquella época hiciera eso», señala su nieta. Con ‘Altar Mayor’ (1926) ganó el premio Nacional de Literatura. Sus obras se tradujeron al sueco, francés, alemán, inglés, polaco, ruso, holandés e italiano.De arriba abajo: Concha de la Serna, nieta de Concha Espina, con el escritorio y un retrato de su abuela; una foto familiar con la autora y un poema que Lorca le dedicó al hijo de Espina Isabel PermuyEn 1943 fue nombrada vicepresidenta de la Hispanic Society de Nueva York, institución con la que llevaba décadas vinculada a través de su fundador, Archer Huntington. En 1950 le impusieron la Medalla de Oro del Mérito al Trabajo. Fue propuesta para ingresar en la Real Academia, pero no prosperó. Nueve veces candidata al Nobel, se dice que en una ocasión quedó a un voto.Hacia 1940 perdió la vista, pero no dejó de escribir. «Trabajaba toda la mañana con una plantilla. Por la tarde, dos secretarias le leían lo escrito, lo corregían y lo pasaban a máquina. Así todos los días», recuerda De la Serna. Colaboró en ABC hasta el final. El día después de su muerte, el 20 de mayo de 1955, el diario publicó un artículo que había enviado esa misma semana. «Les agradeceré que lo publiquen cuando buenamente puedan y tengan espacio», decía. Tenía 86 años.Colaboró en ABC hasta el final. El día después de su muerte, el 20 de mayo de 1955, el diario publicó un artículo que había enviado esa misma semana«Hasta los 5 años iba todos los jueves a dormir a su casa –rememora su nieta–. Yo jugaba con ella a ser ciega. La llamábamos madrina. Le decíamos: ‘¿De verdad que no ves nada? Es que no te golpeas con nada’. Respondía: ‘Bueno, si miro hacia el balcón, veo como una claridad’. Era muy ordenada. Sabía perfectamente dónde estaba todo. Tenía una bolsa de raso rosa donde guardaba el dinero. Tomaba siempre el aperitivo: un poquito de vino dulce con avellanas o con almendras».El legado de la autora está custodiado por la Biblioteca Nacional de España. Son miles de cartas, libros, fotos y artículos de prensa. Concha de la Serna aún conserva el escritorio de la autora, algunas medallas y retratos. Y un poema: ‘Para mi Conchita de la Serna’. «¿Qué ves en mi semblante lleno de sombras? / ¿qué escuchas en mi acento loco de pena? / ¿qué temor te persigue?, ¿de qué te asombras? / Acércate a mi lado, niña morena. […] Para que me acompañes, nena Conchita, / hasta el último aliento de mi existencia, / y entonces desde el cielo me dé una cita / la cándida memoria de tu inocencia». Llegó a Madrid con cuatro hijos, con el poco dinero que había conseguido al vender una sortija de esmeralda y ‘La niña de Luzmela’ bajo el brazo. Había tenido que reescribir la novela: su marido destruyó la primera versión. Ella misma financió la primera edición, y el libro tuvo tanto éxito que Alfonso XIII acabó cambiando el nombre del pueblo que le daba título. Mazcuerras pasó a llamarse Luzmela. Concha Espina (1869-1955) fue la primera mujer en vivir de su escritura en España. Fue candidata al Nobel nueve veces. Se convirtió en una figura central de la vida literaria española. Sus tertulias de los miércoles en su casa de Alfonso XII congregaban a García Lorca, Ortega y Gasset, Antonio Machado y Gerardo Diego. Defendió el sufragio femenino y el divorcio. Con la ayuda de Clara Campoamor , fue de las primeras mujeres divorciadas en la Segunda República.Por méritos, debería ser una autora indiscutible. Pero ahora es una escritora «olvidada», o «condenada». «Yo no sé por qué le ponen esa etiqueta –lamenta su nieta Concha de la Serna–. Pienso que entre unos y otros la han politizado». A Concha Espina le ocurrió la guerra. Recibió la República con cierta esperanza. Mujer conservadora, católica, defensora de la idea de España, pronto vio que aquello no era lo que prometían. «Ya desde la Revolución de Asturias empezó a ver que la República no iba en el sentido que a ella le gustaba –explica su nieta–. Vio que no podía defender el comunismo, que asesinaran a las monjas y quemaran las iglesias, como empezaron». El conflicto la sorprendió en la casa familiar de Mazcuerras, donde permaneció hasta la llegada de dos de sus hijos en 1937. Para entonces se había afiliado a Falange y recibió el alzamiento con un «¡Arriba España!». «En el pueblo se decía que estuvieron a punto de matarla dos veces. El mismo día que entró mi padre con su hermana a liberarla, ya estaba decidido que le pegaran un tiro», recuerda De la Serna. La caída de San Sebastián abrió la entrada a Santander y terminó por salvarla.Noticia relacionada general No No Cultura usa el centenario del Lyceum Femenino como ariete contra el «fascismo» Jaime G. MoraEntre julio de 1936 y agosto de 1937, Espina documentó su día a día en un diario. «Para mí no tenía más importancia que la del soliloquio. Era una especie de rezo, un murmullo hondo y rápido de mi propia conciencia, sin asomos de literatura, sin la más remota preocupación del mañana», escribiría después a modo de prólogo. Pero aquel diario podía ser una condena a muerte. Lo escribía de noche, a la luz de una vela, y luego lo escondía en el jardín. Milicianos acudían con frecuencia a requisar bienes. Una vez la dejaron sin máquina de escribir. «Pero, en el Frente Popular, ¿hay quien sepa escribir?, pregunté sin acordarme de que estoy prisionera», anotó. «Me han devuelto la máquina de escribir. El propio Cardenillo viene a confesar que no la entienden y que me la quieren dar. […] Pero añade que yo escribo en periódicos ‘reaccionarios’; y comenta en su burdo estilo peligroso que me amenazan por mi actuación ‘derechista’… Según él, es muy grave mi situación».’Diario de una prisionera’ se titula el libro. Lo publica Ediciones 98, que ya editó relatos de la Guerra Civil de Wenceslao Fernández Flórez . Tras este volumen, la editorial publicará los otros cuatro títulos de la pentalogía» de Espina sobre la guerra: ‘Retaguardia: Imágenes de vivos y muertos’, ‘Alas invencibles’, ‘Luna roja’ y ‘Princesas del martirio’. El diario se publicó por primera vez en 1938, pero no había vuelto a imprenta hasta ahora. Ni siquiera se incluyó en sus obras completas. «Ella decía que, como había tantos nombres, quizá no era propio. Pero han pasado noventa años. Es el único de los suyos que no es literatura», dice su nieta.’Diario de una prisionera’ Editorial Ediciones 98 Autora Concha Espina Número de páginas 272 Precio 22,95 eurosEspina fue consciente del riesgo de esas «páginas de desahogo». «Me aconsejan que no las escriba. ¿Y qué otra cosa puede hacer mi desolada pluma?», anota en julio del 36. Escondía cada cuartilla y enterraba también objetos de valor: alhajas, cubiertos, candelabros. «Y hemos retirado los cuadros y esculturas para esconderlos en los lugares más inverosímiles: aleros dobles del tejado, silos en las escalinatas de piedra del jardín; baúles recónditos», dejó escrito. «Solo le permitían escribir si era para los diarios locales de los comunistas. Como se negó, le metieron dos milicianos a vivir en la casa. Le quitaron ropa, mantas y comida. Fue tremendo», recuerda De la Serna.La autora recogió en el diario lo que veía y escuchaba. «Durante esta breve salida me han contado ferocidades de las persecuciones a las derechas». Describe las humillaciones que sufrían los presos del barco en la bahía de Santander –obligados a hacer sus necesidades en cubierta, ante el público que reía en los muelles–, los fusilamientos de personas conocidas, los cadáveres flotando en el agua… «Hoy no hay periódico. Hasta mañana les queda a los rojos mucho tiempo para inventar lo que nadie puede desmentir».Hambre y penuriasTambién relató el hambre y el frío. «No tenemos nada, ni libertad para el testimonio de nuestra suma pobreza; ni leña para calentar las habitaciones a siete grados. O para cocer un miserable puchero. Estamos quemando los árboles del jardín y nos tienen que fiar el carnicero y el molinero, ambos derechistas y perseguidos. Tenemos, sencillamente, hambre y frío. Aunque esto es una bagatela al lado de lo que sufre nuestro corazón». El libro termina con la llegada de las tropas franquistas y su huida a San Sebastián. «España es y será siempre Ella, la única», escribe, con la retórica falangista del momento. «Volveré a las veredas de esta patria mía grandiosa y me refugiaré en su espíritu inmensurable para servirla con mi trabajo, más que nunca, si me fuera posible».Antes de que la guerra lo cambiara todo, Espina había construido una obra de peso. No solo fue ‘La niña de Luzmela’. ‘La esfinge maragata’ (1914) le valió el premio Fastenrath de la Real Academia Española –primera vez que lo recibía una mujer–. ‘El metal de los muertos’ (1920), sobre la huelga minera de Riotinto, tuvo múltiples ediciones y traducciones. «Ella bajó a la mina. Es alucinante que una mujer en aquella época hiciera eso», señala su nieta. Con ‘Altar Mayor’ (1926) ganó el premio Nacional de Literatura. Sus obras se tradujeron al sueco, francés, alemán, inglés, polaco, ruso, holandés e italiano.De arriba abajo: Concha de la Serna, nieta de Concha Espina, con el escritorio y un retrato de su abuela; una foto familiar con la autora y un poema que Lorca le dedicó al hijo de Espina Isabel PermuyEn 1943 fue nombrada vicepresidenta de la Hispanic Society de Nueva York, institución con la que llevaba décadas vinculada a través de su fundador, Archer Huntington. En 1950 le impusieron la Medalla de Oro del Mérito al Trabajo. Fue propuesta para ingresar en la Real Academia, pero no prosperó. Nueve veces candidata al Nobel, se dice que en una ocasión quedó a un voto.Hacia 1940 perdió la vista, pero no dejó de escribir. «Trabajaba toda la mañana con una plantilla. Por la tarde, dos secretarias le leían lo escrito, lo corregían y lo pasaban a máquina. Así todos los días», recuerda De la Serna. Colaboró en ABC hasta el final. El día después de su muerte, el 20 de mayo de 1955, el diario publicó un artículo que había enviado esa misma semana. «Les agradeceré que lo publiquen cuando buenamente puedan y tengan espacio», decía. Tenía 86 años.Colaboró en ABC hasta el final. El día después de su muerte, el 20 de mayo de 1955, el diario publicó un artículo que había enviado esa misma semana«Hasta los 5 años iba todos los jueves a dormir a su casa –rememora su nieta–. Yo jugaba con ella a ser ciega. La llamábamos madrina. Le decíamos: ‘¿De verdad que no ves nada? Es que no te golpeas con nada’. Respondía: ‘Bueno, si miro hacia el balcón, veo como una claridad’. Era muy ordenada. Sabía perfectamente dónde estaba todo. Tenía una bolsa de raso rosa donde guardaba el dinero. Tomaba siempre el aperitivo: un poquito de vino dulce con avellanas o con almendras».El legado de la autora está custodiado por la Biblioteca Nacional de España. Son miles de cartas, libros, fotos y artículos de prensa. Concha de la Serna aún conserva el escritorio de la autora, algunas medallas y retratos. Y un poema: ‘Para mi Conchita de la Serna’. «¿Qué ves en mi semblante lleno de sombras? / ¿qué escuchas en mi acento loco de pena? / ¿qué temor te persigue?, ¿de qué te asombras? / Acércate a mi lado, niña morena. […] Para que me acompañes, nena Conchita, / hasta el último aliento de mi existencia, / y entonces desde el cielo me dé una cita / la cándida memoria de tu inocencia».  RSS de noticias de cultura

Llegó a Madrid con cuatro hijos, con el poco dinero que había conseguido al vender una sortija de esmeralda y ‘La niña de Luzmela’ bajo el brazo. Había tenido que reescribir la novela: su marido destruyó la primera versión. Ella misma financió la primera … edición, y el libro tuvo tanto éxito que Alfonso XIII acabó cambiando el nombre del pueblo que le daba título. Mazcuerras pasó a llamarse Luzmela. Concha Espina (1869-1955) fue la primera mujer en vivir de su escritura en España. Fue candidata al Nobel nueve veces. Se convirtió en una figura central de la vida literaria española. Sus tertulias de los miércoles en su casa de Alfonso XII congregaban a García Lorca, Ortega y Gasset, Antonio Machado y Gerardo Diego. Defendió el sufragio femenino y el divorcio. Con la ayuda de Clara Campoamor, fue de las primeras mujeres divorciadas en la Segunda República.

 

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