En enero, el nuevo Papa hizo en Roma lo que hicieron muchos pontífices antes que él: expresar su preocupación por el regreso de la guerra como instrumento para imponer intereses nacionales. León XIV defendió con firmeza el papel de Naciones Unidas y del derecho internacional humanitario. Condenó ante el cuerpo diplomático en El Vaticano los ataques contra civiles, hospitales e infraestructuras esenciales, y recordó que la dignidad humana y la santidad de la vida deben prevalecer siempre sobre cualquier cálculo político o militar.Un discurso así, bastante neutro, sin mencionar a Donald Trump expresamente, pronunciado por Francisco o por Benedicto XVI, habría pasado casi desapercibido. Pero esta vez no hablaba un Papa cualquiera. Era el primer Papa estadounidense , el Papa de Chicago, alguien a quien Donald Trump quería convertir en invitado de honor de los fastos del 250 aniversario de Estados Unidos. Y aquello desencadenó una crisis de enorme calibre. Hasta el punto de que el nuncio en Washington fue llamado después al Pentágono, donde se llegó a invocar el precedente de Aviñón, aquel periodo de sometimiento del papado al poder político francés que acabaría desembocando en una de las grandes fracturas de la Iglesia.Noticia relacionada showvideo No No Desde la Casa Blanca Cómo el choque entre Trump y el Papa estalló en el Pentágono David AlandeteAquella del Pentágono no fue una cita protocolaria ni una conversación de cortesía entre dos instituciones acostumbradas a hablar con mucha prudencia. Fue, según varias versiones publicadas esta semana en Washington, una reunión áspera, cargada de simbolismo, en la que el poder militar de Estados Unidos sentó enfrente a la diplomacia vaticana en el Pentágono para exigir alineamiento con la velada amenaza de una ruptura.El interlocutor estadounidense era, según han revelado varios medios, Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Política. Frente a él estaba el cardenal Christophe Pierre, entonces embajador del Vaticano en Estados Unidos, ya relevado. El contexto era delicado. La nueva Administración Trump llevaba ya semanas proyectando una política exterior de fuerza, con un discurso cada vez más duro hacia aliados, organismos multilaterales y adversarios, con la opción de entrar por la fuerza en Irán tras haber capturado en Venezuela a Nicolás Maduro. En ese clima, el mensaje del Papa del 9 de enero había caído en Washington como una impugnación apenas velada. En el Pentágono, según esos relatos, leyeron esas frases del Papa como una reflexión abstracta sobre el estado del mundo, sino como una crítica directa a la nueva etapa política en Estados Unidos , un ataque a Trump.La reunión se convocó, según esa reconstrucción, precisamente para trasladar ese malestar. El discurso papal habría sido desmenuzado línea por línea. Cada frase habría sido examinada como si fuera una pieza de acusación. Lo que en el Vaticano era una advertencia moral sobre el rumbo del mundo, en el Pentágono se interpretó como una toma de posición contra la Administración republicana. Los católicos son un grupo creciente en Estados Unidos . El anterior presidente, Joe Biden, lo era. Ahora lo son la primera dama, Melania Trump; el vicepresidente, JD Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio, entre muchos otros. Suman ya más de 50 millones en total, muchos de ellos conversos del protestantismo. El tono en el Pentágono, según esas versiones, fue de reprimenda. La idea central que se quiso imponer era que Estados Unidos disponía del poder militar suficiente para actuar como quisiera en el mundo y que la Iglesia católica debía tomar partido a su lado, no enfrente.Según las mismas fuentes, surgió una referencia histórica de enorme carga política, la del papado de Aviñón. No era una alusión neutra. Evocaba el episodio del siglo XIV en que la monarquía francesa doblegó a la Iglesia, empujó al papado fuera de Roma y lo sometió a una larga etapa de dependencia. Mencionar ese precedente en una reunión con un representante del Vaticano, en la sede del poder militar estadounidense, no podía sonar a simple erudición histórica . Según quienes luego relataron el encuentro, aquella comparación fue entendida en algunos sectores de la Santa Sede como una amenaza apenas encubierta, una forma de recordar que también la Iglesia, si desafiaba al poder temporal, podía ser arrinconada y doblegada por una superpotencia.El cardenal Pierre, siempre según esas reconstrucciones posteriores, escuchó en silencio. No hubo respuesta pública ni protesta visible en ese momento. Pero el efecto político habría sido muy profundo, hasta cancelar una visita apostólica a la tierra natal del Papa. La reunión pasó a ser vista dentro del Vaticano como una señal de hasta dónde estaba dispuesto a llegar el nuevo poder en Washington con Trump para contestar cualquier crítica moral que pusiera en cuestión su doctrina de fuerza. Lo que estaba en juego no era solo un desacuerdo sobre Irán, sobre la OTAN o sobre la política continental de Trump. Era algo más de fondo: el choque entre una visión del mundo asentada en la coerción y otra que seguía reivindicando el diálogo, los límites y la mediación.Ese trasfondo ayuda a entender lo que ocurrió después. La idea de una visita del Papa a Estados Unidos para el 250 aniversario de la independencia, que había sido explorada en los primeros meses del pontificado, fue perdiendo fuerza hasta quedar aparcada. La negativa del Vaticano a convertir ese viaje en una foto política con la Casa Blanca encajó con el enfriamiento descrito por quienes conocieron aquella reunión. El Papa, al contrario, estará en Lampedusa para el 4 de julio, una fecha central en el calendario simbólico estadounidense, día de su independencia, adquirió así una lectura inevitable: frente a la exhibición de poder, el Papa optaba por poner el foco en los migrantes que llegan a Europa por mar, en esa isla que ha sido escenario de imágenes de tribulación y hacinamiento en años pasados.La Casa Blanca negó después esa versión de los hechos y sostuvo que el encuentro había sido respetuoso y razonable. Pero el relato que emergió en medios como The Free Press apunta a una reunión fría, severa, de alto voltaje político, en la que el Pentágono trató de dejar claro al Vaticano que la nueva Administración no aceptaría sermones sobre la guerra ni cuestionamientos morales a su política exterior. El episodio cobró más relevancia esta semana en Hungría, cuando JD Vance, el vicepresidente, católico, fue preguntado por esas informaciones, evitó cerrarlas en falso y optó por una respuesta reveladora. Dijo que quería hablar tanto con el cardenal Pierre como con los responsables estadounidenses implicados para averiguar qué había ocurrido realmente. No respaldó de inmediato la versión del Pentágono ni se lanzó a negar el fondo del asunto, muy prudente. Se limitó a decir que no quería pronunciarse sobre hechos no confirmados. Pero precisamente esa cautela, en un asunto tan delicado, resultó reveladora. El vicepresidente, miembro de la Administración Trump y al mismo tiempo alguien que tiene en el Papa una referencia espiritual, dejó entrever que el caso había alcanzado una gravedad suficiente como para requerir una revisión interna dentro del propio Gobierno.El Papa, por cierto, acabó siendo crítico, más crítico con Trump, sobre todo tras su amenaza de arrasar la civilización iraní. «Invito a los ciudadanos de todos los países implicados a ponerse en contacto con las autoridades, los líderes políticos y los congresistas para pedirles, decirles que trabajen por la paz y que rechacen la guerra armada», dijo Leon esta semana. Esas palabras también quedaron registradas en un Washington cada vez más receloso del Vaticano.
En enero, el nuevo Papa hizo en Roma lo que hicieron muchos pontífices antes que él: expresar su preocupación por el regreso de la guerra como instrumento para imponer intereses nacionales. León XIV defendió con firmeza el papel de Naciones Unidas y del derecho … internacional humanitario. Condenó ante el cuerpo diplomático en El Vaticano los ataques contra civiles, hospitales e infraestructuras esenciales, y recordó que la dignidad humana y la santidad de la vida deben prevalecer siempre sobre cualquier cálculo político o militar.
Un discurso así, bastante neutro, sin mencionar a Donald Trump expresamente, pronunciado por Francisco o por Benedicto XVI, habría pasado casi desapercibido. Pero esta vez no hablaba un Papa cualquiera. Era el primer Papa estadounidense, el Papa de Chicago, alguien a quien Donald Trump quería convertir en invitado de honor de los fastos del 250 aniversario de Estados Unidos. Y aquello desencadenó una crisis de enorme calibre.
Hasta el punto de que el nuncio en Washington fue llamado después al Pentágono, donde se llegó a invocar el precedente de Aviñón, aquel periodo de sometimiento del papado al poder político francés que acabaría desembocando en una de las grandes fracturas de la Iglesia.
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Aquella del Pentágono no fue una cita protocolaria ni una conversación de cortesía entre dos instituciones acostumbradas a hablar con mucha prudencia. Fue, según varias versiones publicadas esta semana en Washington, una reunión áspera, cargada de simbolismo, en la que el poder militar de Estados Unidos sentó enfrente a la diplomacia vaticana en el Pentágono para exigir alineamiento con la velada amenaza de una ruptura.
El interlocutor estadounidense era, según han revelado varios medios, Elbridge Colby, subsecretario de Defensa para Política. Frente a él estaba el cardenal Christophe Pierre, entonces embajador del Vaticano en Estados Unidos, ya relevado.
El contexto era delicado. La nueva Administración Trump llevaba ya semanas proyectando una política exterior de fuerza, con un discurso cada vez más duro hacia aliados, organismos multilaterales y adversarios, con la opción de entrar por la fuerza en Irán tras haber capturado en Venezuela a Nicolás Maduro.
En ese clima, el mensaje del Papa del 9 de enero había caído en Washington como una impugnación apenas velada. En el Pentágono, según esos relatos, leyeron esas frases del Papa como una reflexión abstracta sobre el estado del mundo, sino como una crítica directa a la nueva etapa política en Estados Unidos, un ataque a Trump.
La reunión se convocó, según esa reconstrucción, precisamente para trasladar ese malestar. El discurso papal habría sido desmenuzado línea por línea. Cada frase habría sido examinada como si fuera una pieza de acusación. Lo que en el Vaticano era una advertencia moral sobre el rumbo del mundo, en el Pentágono se interpretó como una toma de posición contra la Administración republicana.
Los católicos son un grupo creciente en Estados Unidos. El anterior presidente, Joe Biden, lo era. Ahora lo son la primera dama, Melania Trump; el vicepresidente, JD Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio, entre muchos otros. Suman ya más de 50 millones en total, muchos de ellos conversos del protestantismo.
El tono en el Pentágono, según esas versiones, fue de reprimenda. La idea central que se quiso imponer era que Estados Unidos disponía del poder militar suficiente para actuar como quisiera en el mundo y que la Iglesia católica debía tomar partido a su lado, no enfrente.
Según las mismas fuentes, surgió una referencia histórica de enorme carga política, la del papado de Aviñón. No era una alusión neutra. Evocaba el episodio del siglo XIV en que la monarquía francesa doblegó a la Iglesia, empujó al papado fuera de Roma y lo sometió a una larga etapa de dependencia.
Mencionar ese precedente en una reunión con un representante del Vaticano, en la sede del poder militar estadounidense, no podía sonar a simple erudición histórica. Según quienes luego relataron el encuentro, aquella comparación fue entendida en algunos sectores de la Santa Sede como una amenaza apenas encubierta, una forma de recordar que también la Iglesia, si desafiaba al poder temporal, podía ser arrinconada y doblegada por una superpotencia.
El cardenal Pierre, siempre según esas reconstrucciones posteriores, escuchó en silencio. No hubo respuesta pública ni protesta visible en ese momento. Pero el efecto político habría sido muy profundo, hasta cancelar una visita apostólica a la tierra natal del Papa.
La reunión pasó a ser vista dentro del Vaticano como una señal de hasta dónde estaba dispuesto a llegar el nuevo poder en Washington con Trump para contestar cualquier crítica moral que pusiera en cuestión su doctrina de fuerza. Lo que estaba en juego no era solo un desacuerdo sobre Irán, sobre la OTAN o sobre la política continental de Trump. Era algo más de fondo: el choque entre una visión del mundo asentada en la coerción y otra que seguía reivindicando el diálogo, los límites y la mediación.
Ese trasfondo ayuda a entender lo que ocurrió después. La idea de una visita del Papa a Estados Unidos para el 250 aniversario de la independencia, que había sido explorada en los primeros meses del pontificado, fue perdiendo fuerza hasta quedar aparcada. La negativa del Vaticano a convertir ese viaje en una foto política con la Casa Blanca encajó con el enfriamiento descrito por quienes conocieron aquella reunión.
El Papa, al contrario, estará en Lampedusa para el 4 de julio, una fecha central en el calendario simbólico estadounidense, día de su independencia, adquirió así una lectura inevitable: frente a la exhibición de poder, el Papa optaba por poner el foco en los migrantes que llegan a Europa por mar, en esa isla que ha sido escenario de imágenes de tribulación y hacinamiento en años pasados.
La Casa Blanca negó después esa versión de los hechos y sostuvo que el encuentro había sido respetuoso y razonable. Pero el relato que emergió en medios como The Free Press apunta a una reunión fría, severa, de alto voltaje político, en la que el Pentágono trató de dejar claro al Vaticano que la nueva Administración no aceptaría sermones sobre la guerra ni cuestionamientos morales a su política exterior.
El episodio cobró más relevancia esta semana en Hungría, cuando JD Vance, el vicepresidente, católico, fue preguntado por esas informaciones, evitó cerrarlas en falso y optó por una respuesta reveladora. Dijo que quería hablar tanto con el cardenal Pierre como con los responsables estadounidenses implicados para averiguar qué había ocurrido realmente. No respaldó de inmediato la versión del Pentágono ni se lanzó a negar el fondo del asunto, muy prudente.
Se limitó a decir que no quería pronunciarse sobre hechos no confirmados. Pero precisamente esa cautela, en un asunto tan delicado, resultó reveladora. El vicepresidente, miembro de la Administración Trump y al mismo tiempo alguien que tiene en el Papa una referencia espiritual, dejó entrever que el caso había alcanzado una gravedad suficiente como para requerir una revisión interna dentro del propio Gobierno.
El Papa, por cierto, acabó siendo crítico, más crítico con Trump, sobre todo tras su amenaza de arrasar la civilización iraní. «Invito a los ciudadanos de todos los países implicados a ponerse en contacto con las autoridades, los líderes políticos y los congresistas para pedirles, decirles que trabajen por la paz y que rechacen la guerra armada», dijo Leon esta semana. Esas palabras también quedaron registradas en un Washington cada vez más receloso del Vaticano.
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