No juego para ganar este Balón de Oro». Lamine Yamal pasó por la calurosísima zona mixta del Pizjuán con los brazos en jarra y vacilando al personal. Detrás de él, el jefe de prensa de la absoluta y un revuelo descomunal. Un revuelo como el que siempre se genera a su alrededor. Él lo lleva con naturalidad. Sonríe. Por cierto: sí juega, un poco, para ganarlo.
En la Federación tutelan el crecimiento de un futbolista cuya dimensión es inédita en España. Los rumores le sitúan como favorito al Balón de Oro
No juego para ganar este Balón de Oro». Lamine Yamal pasó por la calurosísima zona mixta del Pizjuán con los brazos en jarra y vacilando al personal. Detrás de él, el jefe de prensa de la absoluta y un revuelo descomunal. Un revuelo como el que siempre se genera a su alrededor. Él lo lleva con naturalidad. Sonríe. Por cierto: sí juega, un poco, para ganarlo.
En las conversaciones con el personal de la Federación sobre Lamine, en las conversaciones que van desde el staff hasta los despachos, todos coinciden: «Al margen de lo bueno que es, que lo es, tiene un carácter especial. Nunca habíamos tenido algo así en la selección», cuenta alguien que estaba alrededor del equipo en 2010 y sigue por aquí. Tiene especial importancia este detalle porque en la primera gran selección de la historia de España, hace tres lustros, había muy buenos jugadores, había jugadores excelentes, pero ninguno tuvo nunca la dimensión de Lamine.
Estamos ante un fenómeno planetario, eso para empezar. En su momento se ponía el foco en que, por ejemplo, Fernando Torres vendía muchas camisetas en Asia, pero poco más. El exjugador del Atlético, acaso el más mediático de aquella generación, jamás alcanzó el impacto mundial del 19. El último Mundial fue definitivo para confirmar esa sensación. En los estadios, su nombre era el más aclamado por el público estadounidense, también por el mexicano. Visa, McDonald’s o Adidas lo han elegido como su icono. Su Instagram, con casi 60 millones de seguidores, cotiza a más de 250.000 euros la publicación patrocinada.
Y todo eso hay que gestionarlo, y digerirlo, en la concentración de España. Por ejemplo, a la hora de conceder entrevistas, la gestión de las de Lamine es especialmente delicada por la cantidad de actores que participan. En los días previos a la actual convocatoria, varios medios importantes españoles pugnaban por tener al chico por primera vez tras el Mundial, y en esas gestiones se mezclaron Jorge Mendes (su representante), el departamento de comunicación del Barça, la empresa que le ayuda con su imagen (tres personas sólo para él viajando en paralelo al equipo) y la Federación. Finalmente fue Televisión Española, que al tener los derechos de retransmisión tiene ventaja, y The Guardian los que se hicieron con el trofeo después de muchos días de llamadas, mails y WhatsApp.
Una vez concretado eso, es el momento de buscar un lugar para esa entrevista. Mientras el resto de jugadores comparecen todos en las diferentes zonas habilitadas, y pasan por delante del resto de periodistas y trabajadores que andan pululando por allí, a Lamine siempre se le busca un circuito alternativo para llegar a un espacio reservado exclusivamente para él. Así ocurrió, por ejemplo, en el Rose Bowl de Dallas, donde todos los futbolistas compartían espacio en la atención a la prensa menos él, instalado en una de las oficinas del estadio y accediendo por el interior.
Es el precio de tener a la gran estrella del fútbol mundial junto a Mbappé. La Federación, desde su irrupción en 2023 (con 16 años) ha tenido que ir adaptándose. De entrada, ajustando protocolos específicos al hecho de que fuera menor de edad (siempre debía haber algún responsable de la Federación con él en las entrevistas, debían tener la autorización expresa de los padres para los viajes, etc.). Después, adaptándose al crecimiento exponencial de su figura hasta llegar a hoy. A cambio, claro, también hay ventajas. En las negociaciones con los patrocinadores siempre está presente la carta de Lamine.
En los pasillos del fútbol se le empieza a situar como claro favorito para ganar el Balón de Oro en el que, teóricamente, compite con Mbappé. Son 10 goles y 10 asistencias ya este año, y aunque las votaciones ya están cerradas desde el pasado lunes, él quiere seguir luciéndose. La lógica indica que el sábado, en Oviedo ante la República Checa, debería descansar, pero no parece probable. Si gana el trofeo individual más importante de este circo, al margen de cobrar más dinero por las cláusulas que tiene en su contrato (todos los futbolistas de su nivel lo incluyen en las negociaciones), su figura crecerá todavía un poquito más y la digestión de alguien tan grande, inédito en España, seguirá siendo un desafío para su selección. ¿La ventaja? «Que Luis le lleva muy bien, le conoce y el chico le escucha», dicen en la Federación.
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