David de Miranda prende la luz en una corrida opaca

«Se nos va la corrida sin un toro que embista». Y de verdad el único que prometía embestidas era el que se devolvió, Ibarreño, el de la presentación de David de Miranda en las Fallas. Faltaba un minuto para las seis cuando pisó la arena esta hermosa pintura de La Quinta, con más cuello que sus anteriores hermanos y descolgándolo mientras se comía por abajo el capote. Qué profundidad se le adivinaba. Pero ya se sabe que la clase riñe con el poder y, para colmo, un capotazo de Pereira derribó al blandito animal. Asomó el pañuelo verde más deprisa de lo que su calidad merecía y desfiló un sobrero del hierro titular, muy alejado de aquella belleza de Ibarreño. Echaba las manos por delante Comandante mientras el de Trigueros echaba los vuelos. Qué desaborío era este santacoloma, con el que el público se impacientó y pidió el matarile. Pisaba Miranda el feudo de su apoderado, Enrique Ponce, con un historial de locura en Valencia. La seriecita corrida de La Quinta salió tan pastueña y rácana de entrega, tan descafeinada, que ya pesaba como una losa. Algunos hasta abandonaron su localidad en el quinto. Lástima: se perdieron la faena de la importancia. Porque tenía mucho mérito aupar los ánimos, que descendían al precipicio. Pero entonces, milagro, milagro, se hizo la luz. La de los nuevos focos que iluminaban espléndidamente el coso de la calle de Játiva. Y la luz del buen toreo del onubense, inventor de una obra de vertical planta, de cabeza despejada, de templadas series en una moneda de un euro, de una firmeza que cautivaba y de la sorpresa de la novedad. Porque la capital del Turia aún no había visto al matador del que todos hablan desde el pasado agosto. Una prueba de fuego su debut fallero con La Quinta, que no parecía la ganadería más idónea para su concepto. Superó el examen con nota y se apuntó la única oreja con un toro medio.Había sangrado en varas el acochinado Numantino, al que abrió los caminos con toreros doblones rodilla en tierra, conduciendo la embestida y llevándola hasta el final. Noble el santacoloma -tónica del conjunto- y formidable el firme temple de Miranda, sin apenas mover las zapatillas. A su toreo diestro se sumó una última serie zurda de estatua tomista. Como las manoletinas del cierre antes de la certera estocada, que paseó bajo los remozados focos. Qué potencia… Ya la hubiese querido la corrida.Noticia relacionada No No David de Miranda: «Mientras Urtasun ataca el toreo, los jóvenes llenan plazas» Rosario PérezAbrió el sexteto un Cuarterón que se descomponía en cuanto punteaba los engaños de Fortes, sincerísimo en el embroque, pero sin terminar de entenderse con un cárdeno en el que acortó demasiado los espacios mientras trataba de redondear el viaje. El de La Quinta había repetido en una ronda con fijeza y transmisión engañosa, incluso a veces por abajo, pero todo se difuminaría pronto. Se gustó en el cuarto, candidato al moquero verde, canino de raza y fortaleza, que acusó más tras el puyazo. Ni con la penca del rabo podía Cartujano, que hubiese necesitado las manos de curandero de Ponce, destinatario del brindis. Fortes pedía calma, pero Valencia parecía entonces Pamplona. Y no precisamente en el toro de la merienda: ensordecedora la algarabía. Feria de Fallas Coso de Valencia Viernes, 13 de marzo de 2026. Primera corrida. Dos tercios de entrada. Toros de La Quinta, desiguales dentro de la seriedad general, faltos de raza y celo, sin apenas humillar; el de más clase, el 3º, fue devuelto. Fortes, de rosa y oro: bajonazo, estocada, dos descabellos y se echa (silencio tras aviso); estocada caída (silencio). Román, de azul pavo y oro: estocada (ligera petición y saludos); pinchazo, estocada atravesada y tres descabellos (aplausos tras aviso). David de Miranda, de corinto y oro: pinchazo y estocada baja (silencio); estocada (oreja).Las protestas en el arrastre al cuarto se tornaron palmas cuando salió el quinto, con más viveza. Tremenda la expectación cada vez que Fernando Sánchez cogió los palos: ¡qué soberano par! De nuevo se desmonteró -ya lo había hecho en el segundo con Gómez Escorial, asomado al balcón-, esta vez con César Fernández. Brindó el torero de la tierra, pero la duda estaba en saber cuánto aguantaría el de los Conradi. En la media distancia se lo trajinó en los inicios. Y a su media altura se limitaba a pasar el animal, al que apretó con el zapatillazo en los finales. Tenía a su gente en el bolsillo, aunque el acero frenaría los ánimos. No había cuajado lo suficiente la petición en el otro, al que dibujó dos despaciosas verónicas. Habían apostado sus hombres de plata en banderillas y tiró la moneda Román citando a Corbatillo desde los medios y tragando. Como un tren se fue el toro con su inercia, pues luego le costaría un mundo humillar. Se limitaba a pasar mientras Collado quería y quería. En saludos quedaría el balance. El único que tocó pelo fue David de Miranda, que puso luz a la opaca corrida mientras los proyectores led de alta tecnología enfocaban la obra. «Se nos va la corrida sin un toro que embista». Y de verdad el único que prometía embestidas era el que se devolvió, Ibarreño, el de la presentación de David de Miranda en las Fallas. Faltaba un minuto para las seis cuando pisó la arena esta hermosa pintura de La Quinta, con más cuello que sus anteriores hermanos y descolgándolo mientras se comía por abajo el capote. Qué profundidad se le adivinaba. Pero ya se sabe que la clase riñe con el poder y, para colmo, un capotazo de Pereira derribó al blandito animal. Asomó el pañuelo verde más deprisa de lo que su calidad merecía y desfiló un sobrero del hierro titular, muy alejado de aquella belleza de Ibarreño. Echaba las manos por delante Comandante mientras el de Trigueros echaba los vuelos. Qué desaborío era este santacoloma, con el que el público se impacientó y pidió el matarile. Pisaba Miranda el feudo de su apoderado, Enrique Ponce, con un historial de locura en Valencia. La seriecita corrida de La Quinta salió tan pastueña y rácana de entrega, tan descafeinada, que ya pesaba como una losa. Algunos hasta abandonaron su localidad en el quinto. Lástima: se perdieron la faena de la importancia. Porque tenía mucho mérito aupar los ánimos, que descendían al precipicio. Pero entonces, milagro, milagro, se hizo la luz. La de los nuevos focos que iluminaban espléndidamente el coso de la calle de Játiva. Y la luz del buen toreo del onubense, inventor de una obra de vertical planta, de cabeza despejada, de templadas series en una moneda de un euro, de una firmeza que cautivaba y de la sorpresa de la novedad. Porque la capital del Turia aún no había visto al matador del que todos hablan desde el pasado agosto. Una prueba de fuego su debut fallero con La Quinta, que no parecía la ganadería más idónea para su concepto. Superó el examen con nota y se apuntó la única oreja con un toro medio.Había sangrado en varas el acochinado Numantino, al que abrió los caminos con toreros doblones rodilla en tierra, conduciendo la embestida y llevándola hasta el final. Noble el santacoloma -tónica del conjunto- y formidable el firme temple de Miranda, sin apenas mover las zapatillas. A su toreo diestro se sumó una última serie zurda de estatua tomista. Como las manoletinas del cierre antes de la certera estocada, que paseó bajo los remozados focos. Qué potencia… Ya la hubiese querido la corrida.Noticia relacionada No No David de Miranda: «Mientras Urtasun ataca el toreo, los jóvenes llenan plazas» Rosario PérezAbrió el sexteto un Cuarterón que se descomponía en cuanto punteaba los engaños de Fortes, sincerísimo en el embroque, pero sin terminar de entenderse con un cárdeno en el que acortó demasiado los espacios mientras trataba de redondear el viaje. El de La Quinta había repetido en una ronda con fijeza y transmisión engañosa, incluso a veces por abajo, pero todo se difuminaría pronto. Se gustó en el cuarto, candidato al moquero verde, canino de raza y fortaleza, que acusó más tras el puyazo. Ni con la penca del rabo podía Cartujano, que hubiese necesitado las manos de curandero de Ponce, destinatario del brindis. Fortes pedía calma, pero Valencia parecía entonces Pamplona. Y no precisamente en el toro de la merienda: ensordecedora la algarabía. Feria de Fallas Coso de Valencia Viernes, 13 de marzo de 2026. Primera corrida. Dos tercios de entrada. Toros de La Quinta, desiguales dentro de la seriedad general, faltos de raza y celo, sin apenas humillar; el de más clase, el 3º, fue devuelto. Fortes, de rosa y oro: bajonazo, estocada, dos descabellos y se echa (silencio tras aviso); estocada caída (silencio). Román, de azul pavo y oro: estocada (ligera petición y saludos); pinchazo, estocada atravesada y tres descabellos (aplausos tras aviso). David de Miranda, de corinto y oro: pinchazo y estocada baja (silencio); estocada (oreja).Las protestas en el arrastre al cuarto se tornaron palmas cuando salió el quinto, con más viveza. Tremenda la expectación cada vez que Fernando Sánchez cogió los palos: ¡qué soberano par! De nuevo se desmonteró -ya lo había hecho en el segundo con Gómez Escorial, asomado al balcón-, esta vez con César Fernández. Brindó el torero de la tierra, pero la duda estaba en saber cuánto aguantaría el de los Conradi. En la media distancia se lo trajinó en los inicios. Y a su media altura se limitaba a pasar el animal, al que apretó con el zapatillazo en los finales. Tenía a su gente en el bolsillo, aunque el acero frenaría los ánimos. No había cuajado lo suficiente la petición en el otro, al que dibujó dos despaciosas verónicas. Habían apostado sus hombres de plata en banderillas y tiró la moneda Román citando a Corbatillo desde los medios y tragando. Como un tren se fue el toro con su inercia, pues luego le costaría un mundo humillar. Se limitaba a pasar mientras Collado quería y quería. En saludos quedaría el balance. El único que tocó pelo fue David de Miranda, que puso luz a la opaca corrida mientras los proyectores led de alta tecnología enfocaban la obra.  RSS de noticias de cultura

«Se nos va la corrida sin un toro que embista». Y de verdad el único que prometía embestidas era el que se devolvió, Ibarreño, el de la presentación de David de Miranda en las Fallas. Faltaba un minuto para las seis cuando pisó la … arena esta hermosa pintura de La Quinta, con más cuello que sus anteriores hermanos y descolgándolo mientras se comía por abajo el capote. Qué profundidad se le adivinaba. Pero ya se sabe que la clase riñe con el poder y, para colmo, un capotazo de Pereira derribó al blandito animal. Asomó el pañuelo verde más deprisa de lo que su calidad merecía y desfiló un sobrero del hierro titular, muy alejado de aquella belleza de Ibarreño. Echaba las manos por delante Comandante mientras el de Trigueros echaba los vuelos. Qué desaborío era este santacoloma, con el que el público se impacientó y pidió el matarile.

 

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