Culpables en el final podrido de Cristiano Ronaldo

Tratar a todos por igual no es justicia. Es una estupidez. Con los futbolistas como con los hijos. Tratar a todos con equidad, que significa ofrecer y exigir a cada uno en función de sus circunstancias, es lo realmente justo. Las de Cristiano no son las mismas que las del resto de internacionales portugueses, y ellos son los primeros en saberlo. Incluido su ego, martirio y motor, al mismo tiempo, de una obra colosal en el fútbol, que le han convertido en el mejor jugador de la historia de Portugal y en un icono nacional. Es, pues, un genio ridículo, pero un genio.

 Tratar a todos por igual no es justicia. Es una estupidez. Con los futbolistas como con los hijos. Tratar a todos con equidad, que significa ofrecer y exigir a cada uno en funci  

Tratar a todos por igual no es justicia. Es una estupidez. Con los futbolistas como con los hijos. Tratar a todos con equidad, que significa ofrecer y exigir a cada uno en función de sus circunstancias, es lo realmente justo. Las de Cristiano no son las mismas que las del resto de internacionales portugueses, y ellos son los primeros en saberlo. Incluido su ego, martirio y motor, al mismo tiempo, de una obra colosal en el fútbol, que le han convertido en el mejor jugador de la historia de Portugal y en un icono nacional. Es, pues, un genio ridículo, pero un genio.

El final de un genio nunca es un asunto fácil, porque son pocos los que tienen el sabio instinto de hacerse un Kross. Hay profesiones que son pasiones, y de las mejores pasiones hay que irse antes de que te abandonen. La mayoría acaba fuera de la realidad, lo que suele derivar en comportamientos autodestructivos. Es lo que le sucede a Cristiano, con una espantada de madrugada que no justifica el supuesto doble lenguaje del seleccionador Jorge Jesus y que es una falta de respeto a sus compañeros. Ya amenazó con lo mismo en Qatar. El episodio no es, pues, nuevo en un largo declive convertido en una tortura para quien se asoma a la vida después del fútbol como a un desfiladero.

Pero la gestión de ese final no es únicamente individual, sino colectiva, y la de la Federación Portuguesa y Jorge Jesus no ha sido clara ni valiente. La personalidad de Cristiano no encaja con la suplencia, por mucho que el jugador diga que había aceptado el rol y pactado con el técnico. Acordar dosis de titularidad, además, resulta temerario, porque los partidos tienen vida propia. Luis Aragonés lo aprendió con Raúl, Del Bosque tuvo que soportar al final las malas caras de Casillas y De la Fuente no dio opción a que se repitiera con Sergio Ramos. No todos son Modric.

Todo indica que pudo darse un pacto de complicidad: Cristiano apoyó a Jorge Jesus para llegar al cargo y éste habría aceptado alargar su ciclo en busca de los 1.000 goles. Una chapuza convertida ahora en un culebrón que amenaza con un final podrido, en el que todos tienen una parte de culpa, no sólo el delantero.

Incomparable con el de Messi con Argentina, preparado a lo grande en el Monumental de Buenos Aires, no sólo por su contribución en el campo, sino por la mano de Lionel Scaloni, que dejó al jugador caminar y caminar hasta que apareciese el genio.

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