Orcasur es uno de esos barrios que son duros porque no han tenido más opción. Lo llamaban el barrio del carburo porque, cuando se instalaron en él sus primeros moradores, les entregaron las viviendas sin luz eléctrica. Y salían los jóvenes a las discotecas enfundados en botas que arrastraban hasta casa el barro de calles sin asfaltar. «Ha cambiado mucho, pero parece mentira que siendo un barrio tan pobre te cobren mil euros por un alquiler». Es la sensación generalizada entre los vecinos de esta zona de Usera, que una de ellas verbaliza. El suministro eléctrico y las calles sin pavimentar son ya cosa del pasado, pero la vivienda es inasequible para quienes encadenan empleos precarios e intermitentes. Sus consecuencias se advierten en un paseo con ojos atentos por sus calles, en las que hace meses que multitud de garajes se han convertido en un hogar.Las personas sustituyen ahora el espacio que en otro tiempo llenaban coches y enseres de trasteros que vacían para habitar. No se trata de okupaciones, sino de préstamos de familiares con los que se reparten los gastos. Los reforman y amueblan como si de una casa se tratase, aunque sin habitaciones, salvo por alguna pared o tabique que guarda la discreción entre el salón y la cama.Y así son calles enteras, como en la que vive Lola (nombre ficticio, pues prefiere mantener su identidad bajo anonimato por temor a represalias), cuya vida discurre en los 38 metros cuadrados del garaje de un pariente, con quien costea a medias la luz y el agua que gastan entre todos, unos desde el piso y otros desde el garaje. Noticia relacionada general No No El declive de la plaza de Jacinto Benavente: un punto negro de drogas y atracos Natalia Loizaga«La mayoría son jóvenes con hijos», cuenta Lola, sobre quienes toman la misma decisión que ella. De hecho, rectifica, se atrevería a decir que todos. Las puertas abiertas de su nuevo hogar, en el que reside desde mayo, dan tregua al calor abrasador de las calles sin sombra que llevan a los garajes. Presume de la reforma efectuada en el lugar, se detiene en el papel pintado que recubre la pared, pero pide que no se hagan fotografías por el mismo motivo que mantiene su identidad secreta. Reconoce que para instalarse en el garaje no han pedido permisos, pero en casa eran demasiados. «Éramos seis en un piso de 60 metros cuadrados, de dos habitaciones. Encima, ahora viene otro bebé y había que meter una cuna. No entrábamos, tuvimos que quitar la mesa y no teníamos dónde comer», se lamenta, agradecida de la privacidad ganada con su mudanza. «No teníamos intimidad ninguna».El suyo no es un caso aislado, sino compartido con otras tantas familias de Orcasur. Quienes se trasladan a garajes y trasteros son, en su práctica totalidad, jóvenes con niños de pronta edad que llevan tiempo viviendo en el barrio y buscan independizarse de los pisos en los que conviven con varias generaciones de su misma familia. Pero la vivienda precaria se extiende más allá de esta nueva alternativa, pues los hay, sobre todo extranjeros, que residen en apartamentos compartidos con otras familias en situaciones que rozan el hacinamiento. El interior de los garajes es luminoso, labor que asume la luz artificial, está climatizado y se nutre del suministro eléctrico que absorben del hogar de sus familiares o de un contador de luz que cada uno contrata. El exterior, sin embargo, es el reflejo de la realidad que los muebles y el entarimado hacen olvidar. «En todos hay ratas fuera», cuenta un joven, desde cuya casa se observan los garajes. Y su tío Antonio (nombre ficticio), que con empeño carga y descarga objetos de su almacén en la paralela, dice que «bien no se puede vivir cuando son trasteros, y menos si son gente con hijos. Es inhumano. Conviven con ratas y bichos ». «Comparas precio y calidad, y entre alquilar una habitación compartida, con lo que que te va a costar, y tener un trastero solo para ti…», reconoce el joven, que entiende, a pesar de que él si que tiene hogar, esta precaria manera de vivir. «Los pisos están muy caros y la gente busca alternativas. Los que se venden los compran extranjeros que luego alquilan las habitaciones», cuenta, mientras enjabona su vehículo al sol. La muchacha que le ayuda asiente, corrobora. Para muchos jóvenes de Orcasur, es la única forma de independizarse.La dificultad del acceso a la vivienda en Orcasur ha llevado a los vecinos a habitar garajes. José Ramón LadraLa familia de Lola no puede permitirse otra cosa, confiesa a este periódico, pues ni aunando sus dos sueldos logran costear un alquiler y sus gastos. Así que tomaron el ejemplo de lo que varios vecinos habían emprendido y negociaron con sus familiares trasladarse al espacio. «Hemos visto dos o tres porque quería verlos para organizar la distribución de este. Están muy acondicionados, sean más pequeños o más grandes», cuenta Lola. El suyo pertenece a este último grupo, incluso cuenta con ventanas y un timbre sobre la puerta. De cerrarse, el visitante es capaz de olvidar dónde está. Los demás rondan una media de 30 metros cuadrados y los más grandes, que son ya excepciones, pueden alcanzar los 45. «Desamparo social»«Es muy grave porque es gente jovencita que no tiene medios ni para alquilar. Es una zona marginada y todos los garajes pertenecen a las viviendas de familiares de los chicos jóvenes que se meten ahí», asegura Antonio. Ocupa las manos en su faena mientras con un gesto de su cabeza señala las cocheras que lo rodean, con inequívocas señales de que están habitadas. Tendederos, lavadoras, utensilios de limpieza y coches expulsados del que fue su espacio exponen la realidad para el que se detiene a mirar.Pero la preocupación se instala en sus moradores. «No puedes invertir porque tampoco podemos saber qué va a pasar porque lo hemos hecho sin consentimiento», se preocupa Lola, que admite que le gustaría que legalizasen estas viviendas y pagar la contribución que les corresponda. Así, dice, viviría más tranquila.Otro vecino, de esos que lleva décadas en el barrio y lo conoce como la palma de su mano, denuncia que, a pesar de una «terrible» situación de acceso a la vivienda y el «desamparo social» en el que se encuentran sus ciudadanos, las administraciones desoyen sus necesidades. «Ningún grupo parlamentario hace referencia a los problemas de Orcasur. Es un lugar en el que todo vale para las administraciones », sentencia. Un garaje en Orcasur utilizado como una vivienda. José Ramón LadraCerca de allí, Rafi, que hace poco cumplió 65 años en el barrio, estira su dedo hacia el horizonte. Mientras espera a que el tinte haga efecto sobre su pelo, señala el punto en el que infancias se desarrollan en escasos metros cuadrados. «Por allí vive mi sobrino y, por las mañanas, cuando se va al trabajo, tiene que pitar para que se despierten y muevan los furgones de la puerta», narra. Querrían que los aparcasen en algún punto de otra calle, donde no obstaculizasen la salida de quienes sí ocupan su garaje. Después, se marcha. Vuelve, sujetando con ahínco la toalla que cae sobre sus hombros, a la peluquería del casi abandonado centro comercial. Es uno de los últimos comercios que permanecen abiertos frente al derribado mercado, que se convertirá en una base logística para la Policía Municipal. Los colchones que se acumulan en la parte superior de la galería son también reflejo de una urgencia, de un barrio con necesidades desatendidas. Orcasur es uno de esos barrios que son duros porque no han tenido más opción. Lo llamaban el barrio del carburo porque, cuando se instalaron en él sus primeros moradores, les entregaron las viviendas sin luz eléctrica. Y salían los jóvenes a las discotecas enfundados en botas que arrastraban hasta casa el barro de calles sin asfaltar. «Ha cambiado mucho, pero parece mentira que siendo un barrio tan pobre te cobren mil euros por un alquiler». Es la sensación generalizada entre los vecinos de esta zona de Usera, que una de ellas verbaliza. El suministro eléctrico y las calles sin pavimentar son ya cosa del pasado, pero la vivienda es inasequible para quienes encadenan empleos precarios e intermitentes. Sus consecuencias se advierten en un paseo con ojos atentos por sus calles, en las que hace meses que multitud de garajes se han convertido en un hogar.Las personas sustituyen ahora el espacio que en otro tiempo llenaban coches y enseres de trasteros que vacían para habitar. No se trata de okupaciones, sino de préstamos de familiares con los que se reparten los gastos. Los reforman y amueblan como si de una casa se tratase, aunque sin habitaciones, salvo por alguna pared o tabique que guarda la discreción entre el salón y la cama.Y así son calles enteras, como en la que vive Lola (nombre ficticio, pues prefiere mantener su identidad bajo anonimato por temor a represalias), cuya vida discurre en los 38 metros cuadrados del garaje de un pariente, con quien costea a medias la luz y el agua que gastan entre todos, unos desde el piso y otros desde el garaje. Noticia relacionada general No No El declive de la plaza de Jacinto Benavente: un punto negro de drogas y atracos Natalia Loizaga«La mayoría son jóvenes con hijos», cuenta Lola, sobre quienes toman la misma decisión que ella. De hecho, rectifica, se atrevería a decir que todos. Las puertas abiertas de su nuevo hogar, en el que reside desde mayo, dan tregua al calor abrasador de las calles sin sombra que llevan a los garajes. Presume de la reforma efectuada en el lugar, se detiene en el papel pintado que recubre la pared, pero pide que no se hagan fotografías por el mismo motivo que mantiene su identidad secreta. Reconoce que para instalarse en el garaje no han pedido permisos, pero en casa eran demasiados. «Éramos seis en un piso de 60 metros cuadrados, de dos habitaciones. Encima, ahora viene otro bebé y había que meter una cuna. No entrábamos, tuvimos que quitar la mesa y no teníamos dónde comer», se lamenta, agradecida de la privacidad ganada con su mudanza. «No teníamos intimidad ninguna».El suyo no es un caso aislado, sino compartido con otras tantas familias de Orcasur. Quienes se trasladan a garajes y trasteros son, en su práctica totalidad, jóvenes con niños de pronta edad que llevan tiempo viviendo en el barrio y buscan independizarse de los pisos en los que conviven con varias generaciones de su misma familia. Pero la vivienda precaria se extiende más allá de esta nueva alternativa, pues los hay, sobre todo extranjeros, que residen en apartamentos compartidos con otras familias en situaciones que rozan el hacinamiento. El interior de los garajes es luminoso, labor que asume la luz artificial, está climatizado y se nutre del suministro eléctrico que absorben del hogar de sus familiares o de un contador de luz que cada uno contrata. El exterior, sin embargo, es el reflejo de la realidad que los muebles y el entarimado hacen olvidar. «En todos hay ratas fuera», cuenta un joven, desde cuya casa se observan los garajes. Y su tío Antonio (nombre ficticio), que con empeño carga y descarga objetos de su almacén en la paralela, dice que «bien no se puede vivir cuando son trasteros, y menos si son gente con hijos. Es inhumano. Conviven con ratas y bichos ». «Comparas precio y calidad, y entre alquilar una habitación compartida, con lo que que te va a costar, y tener un trastero solo para ti…», reconoce el joven, que entiende, a pesar de que él si que tiene hogar, esta precaria manera de vivir. «Los pisos están muy caros y la gente busca alternativas. Los que se venden los compran extranjeros que luego alquilan las habitaciones», cuenta, mientras enjabona su vehículo al sol. La muchacha que le ayuda asiente, corrobora. Para muchos jóvenes de Orcasur, es la única forma de independizarse.La dificultad del acceso a la vivienda en Orcasur ha llevado a los vecinos a habitar garajes. José Ramón LadraLa familia de Lola no puede permitirse otra cosa, confiesa a este periódico, pues ni aunando sus dos sueldos logran costear un alquiler y sus gastos. Así que tomaron el ejemplo de lo que varios vecinos habían emprendido y negociaron con sus familiares trasladarse al espacio. «Hemos visto dos o tres porque quería verlos para organizar la distribución de este. Están muy acondicionados, sean más pequeños o más grandes», cuenta Lola. El suyo pertenece a este último grupo, incluso cuenta con ventanas y un timbre sobre la puerta. De cerrarse, el visitante es capaz de olvidar dónde está. Los demás rondan una media de 30 metros cuadrados y los más grandes, que son ya excepciones, pueden alcanzar los 45. «Desamparo social»«Es muy grave porque es gente jovencita que no tiene medios ni para alquilar. Es una zona marginada y todos los garajes pertenecen a las viviendas de familiares de los chicos jóvenes que se meten ahí», asegura Antonio. Ocupa las manos en su faena mientras con un gesto de su cabeza señala las cocheras que lo rodean, con inequívocas señales de que están habitadas. Tendederos, lavadoras, utensilios de limpieza y coches expulsados del que fue su espacio exponen la realidad para el que se detiene a mirar.Pero la preocupación se instala en sus moradores. «No puedes invertir porque tampoco podemos saber qué va a pasar porque lo hemos hecho sin consentimiento», se preocupa Lola, que admite que le gustaría que legalizasen estas viviendas y pagar la contribución que les corresponda. Así, dice, viviría más tranquila.Otro vecino, de esos que lleva décadas en el barrio y lo conoce como la palma de su mano, denuncia que, a pesar de una «terrible» situación de acceso a la vivienda y el «desamparo social» en el que se encuentran sus ciudadanos, las administraciones desoyen sus necesidades. «Ningún grupo parlamentario hace referencia a los problemas de Orcasur. Es un lugar en el que todo vale para las administraciones », sentencia. Un garaje en Orcasur utilizado como una vivienda. José Ramón LadraCerca de allí, Rafi, que hace poco cumplió 65 años en el barrio, estira su dedo hacia el horizonte. Mientras espera a que el tinte haga efecto sobre su pelo, señala el punto en el que infancias se desarrollan en escasos metros cuadrados. «Por allí vive mi sobrino y, por las mañanas, cuando se va al trabajo, tiene que pitar para que se despierten y muevan los furgones de la puerta», narra. Querrían que los aparcasen en algún punto de otra calle, donde no obstaculizasen la salida de quienes sí ocupan su garaje. Después, se marcha. Vuelve, sujetando con ahínco la toalla que cae sobre sus hombros, a la peluquería del casi abandonado centro comercial. Es uno de los últimos comercios que permanecen abiertos frente al derribado mercado, que se convertirá en una base logística para la Policía Municipal. Los colchones que se acumulan en la parte superior de la galería son también reflejo de una urgencia, de un barrio con necesidades desatendidas. Orcasur es uno de esos barrios que son duros porque no han tenido más opción. Lo llamaban el barrio del carburo porque, cuando se instalaron en él sus primeros moradores, les entregaron las viviendas sin luz eléctrica. Y salían los jóvenes a las discotecas enfundados en botas que arrastraban hasta casa el barro de calles sin asfaltar. «Ha cambiado mucho, pero parece mentira que siendo un barrio tan pobre te cobren mil euros por un alquiler». Es la sensación generalizada entre los vecinos de esta zona de Usera, que una de ellas verbaliza. El suministro eléctrico y las calles sin pavimentar son ya cosa del pasado, pero la vivienda es inasequible para quienes encadenan empleos precarios e intermitentes. Sus consecuencias se advierten en un paseo con ojos atentos por sus calles, en las que hace meses que multitud de garajes se han convertido en un hogar.Las personas sustituyen ahora el espacio que en otro tiempo llenaban coches y enseres de trasteros que vacían para habitar. No se trata de okupaciones, sino de préstamos de familiares con los que se reparten los gastos. Los reforman y amueblan como si de una casa se tratase, aunque sin habitaciones, salvo por alguna pared o tabique que guarda la discreción entre el salón y la cama.Y así son calles enteras, como en la que vive Lola (nombre ficticio, pues prefiere mantener su identidad bajo anonimato por temor a represalias), cuya vida discurre en los 38 metros cuadrados del garaje de un pariente, con quien costea a medias la luz y el agua que gastan entre todos, unos desde el piso y otros desde el garaje. Noticia relacionada general No No El declive de la plaza de Jacinto Benavente: un punto negro de drogas y atracos Natalia Loizaga«La mayoría son jóvenes con hijos», cuenta Lola, sobre quienes toman la misma decisión que ella. De hecho, rectifica, se atrevería a decir que todos. Las puertas abiertas de su nuevo hogar, en el que reside desde mayo, dan tregua al calor abrasador de las calles sin sombra que llevan a los garajes. Presume de la reforma efectuada en el lugar, se detiene en el papel pintado que recubre la pared, pero pide que no se hagan fotografías por el mismo motivo que mantiene su identidad secreta. Reconoce que para instalarse en el garaje no han pedido permisos, pero en casa eran demasiados. «Éramos seis en un piso de 60 metros cuadrados, de dos habitaciones. Encima, ahora viene otro bebé y había que meter una cuna. No entrábamos, tuvimos que quitar la mesa y no teníamos dónde comer», se lamenta, agradecida de la privacidad ganada con su mudanza. «No teníamos intimidad ninguna».El suyo no es un caso aislado, sino compartido con otras tantas familias de Orcasur. Quienes se trasladan a garajes y trasteros son, en su práctica totalidad, jóvenes con niños de pronta edad que llevan tiempo viviendo en el barrio y buscan independizarse de los pisos en los que conviven con varias generaciones de su misma familia. Pero la vivienda precaria se extiende más allá de esta nueva alternativa, pues los hay, sobre todo extranjeros, que residen en apartamentos compartidos con otras familias en situaciones que rozan el hacinamiento. El interior de los garajes es luminoso, labor que asume la luz artificial, está climatizado y se nutre del suministro eléctrico que absorben del hogar de sus familiares o de un contador de luz que cada uno contrata. El exterior, sin embargo, es el reflejo de la realidad que los muebles y el entarimado hacen olvidar. «En todos hay ratas fuera», cuenta un joven, desde cuya casa se observan los garajes. Y su tío Antonio (nombre ficticio), que con empeño carga y descarga objetos de su almacén en la paralela, dice que «bien no se puede vivir cuando son trasteros, y menos si son gente con hijos. Es inhumano. Conviven con ratas y bichos ». «Comparas precio y calidad, y entre alquilar una habitación compartida, con lo que que te va a costar, y tener un trastero solo para ti…», reconoce el joven, que entiende, a pesar de que él si que tiene hogar, esta precaria manera de vivir. «Los pisos están muy caros y la gente busca alternativas. Los que se venden los compran extranjeros que luego alquilan las habitaciones», cuenta, mientras enjabona su vehículo al sol. La muchacha que le ayuda asiente, corrobora. Para muchos jóvenes de Orcasur, es la única forma de independizarse.La dificultad del acceso a la vivienda en Orcasur ha llevado a los vecinos a habitar garajes. José Ramón LadraLa familia de Lola no puede permitirse otra cosa, confiesa a este periódico, pues ni aunando sus dos sueldos logran costear un alquiler y sus gastos. Así que tomaron el ejemplo de lo que varios vecinos habían emprendido y negociaron con sus familiares trasladarse al espacio. «Hemos visto dos o tres porque quería verlos para organizar la distribución de este. Están muy acondicionados, sean más pequeños o más grandes», cuenta Lola. El suyo pertenece a este último grupo, incluso cuenta con ventanas y un timbre sobre la puerta. De cerrarse, el visitante es capaz de olvidar dónde está. Los demás rondan una media de 30 metros cuadrados y los más grandes, que son ya excepciones, pueden alcanzar los 45. «Desamparo social»«Es muy grave porque es gente jovencita que no tiene medios ni para alquilar. Es una zona marginada y todos los garajes pertenecen a las viviendas de familiares de los chicos jóvenes que se meten ahí», asegura Antonio. Ocupa las manos en su faena mientras con un gesto de su cabeza señala las cocheras que lo rodean, con inequívocas señales de que están habitadas. Tendederos, lavadoras, utensilios de limpieza y coches expulsados del que fue su espacio exponen la realidad para el que se detiene a mirar.Pero la preocupación se instala en sus moradores. «No puedes invertir porque tampoco podemos saber qué va a pasar porque lo hemos hecho sin consentimiento», se preocupa Lola, que admite que le gustaría que legalizasen estas viviendas y pagar la contribución que les corresponda. Así, dice, viviría más tranquila.Otro vecino, de esos que lleva décadas en el barrio y lo conoce como la palma de su mano, denuncia que, a pesar de una «terrible» situación de acceso a la vivienda y el «desamparo social» en el que se encuentran sus ciudadanos, las administraciones desoyen sus necesidades. «Ningún grupo parlamentario hace referencia a los problemas de Orcasur. Es un lugar en el que todo vale para las administraciones », sentencia. Un garaje en Orcasur utilizado como una vivienda. José Ramón LadraCerca de allí, Rafi, que hace poco cumplió 65 años en el barrio, estira su dedo hacia el horizonte. Mientras espera a que el tinte haga efecto sobre su pelo, señala el punto en el que infancias se desarrollan en escasos metros cuadrados. «Por allí vive mi sobrino y, por las mañanas, cuando se va al trabajo, tiene que pitar para que se despierten y muevan los furgones de la puerta», narra. Querrían que los aparcasen en algún punto de otra calle, donde no obstaculizasen la salida de quienes sí ocupan su garaje. Después, se marcha. Vuelve, sujetando con ahínco la toalla que cae sobre sus hombros, a la peluquería del casi abandonado centro comercial. Es uno de los últimos comercios que permanecen abiertos frente al derribado mercado, que se convertirá en una base logística para la Policía Municipal. Los colchones que se acumulan en la parte superior de la galería son también reflejo de una urgencia, de un barrio con necesidades desatendidas. RSS de noticias de espana
Cuando vivir en garajes de 30 metros cuadrados es la mejor opción en Orcasur: «Es inhumano»
16 Mins de Lectura
Noticias Similares
-
Los pasos de Sofía para hacer de su título de Infanta una profesión
info@noticiasdelpisuerga.eshace 1 horaDe los 49 millones de ciudadanos españoles, sólo tres tienen el título de infantes de España. Tres mujeres de tres generaciones distintas: Margarita, Cristina y Sofía de Borbón. De... -
El Gobierno deja a las CCAA sin la mitad de los aviones anti incendios de élite que les prometió
info@noticiasdelpisuerga.eshace 8 horasEl Gobierno envió el lunes a las comunidades autónomas su previsión de despliegue de medios estatales para la campaña de alto riesgo de incendios. En el documento de planificación ... -
Nicanor Briceño, la revolución de un Villaverde hasta el cuello de burro
info@noticiasdelpisuerga.eshace 8 horasA principios de los noventa, Madrid comenzaba a tener una resaca de la que no despertaba del todo. Del «que todo el mundo se coloque» de Tierno Galván a la peseta de Lola Flores , ... -
Los sicarios del ucraniano planearon el crimen en alojamientos para ‘anónimos’
info@noticiasdelpisuerga.eshace 8 horasEl enorme agujero de seguridad que pueden suponer ciertos hospedajes y alquileres turístico queda reflejado en uno de los informes más recientes del Grupo V de Homicidios de Madrid...
