En el capítulo anterior , nos quedamos merodeando por un templo griego y dando vueltas a la crucial y a menudo narcotizante cuestión de cómo explicarnos nuestra vida. ¿Habéis oído que no se debe dormir la siesta debajo de un nogal, a riesgo de levantarnos con dolor de cabeza? ¿Qué nos traería la siesta en cada uno de los distintos peristilos? Los capiteles dóricos nos harán soñar con nociones geométricas; los jónicos atraerán el sueño visionario. El capitel corintio ha superado esas fases esquemáticas y abstraizantes y nos obliga a volver la mirada hacia lo que crece naturalmente de la tierra , un verdadero estar aquí, el materialismo incontestable de la hoja que sigue esperando, ya fosilizada, que le demos un argumento en contra. «Creo que una hoja de yerba no es menos que el camino de las estrellas», escribió Walt Whitman mirando el curso del Potomac muchos años después de que Teofrasto escribiera su ‘Historia de las plantas’ y de que Hiparco catalogase las constelaciones desde las costas del Mediterráneo oriental. Pero por supuesto sabemos que lo escribieron todo a la vez.Noticia relacionada No No Con candelabri in testa Dórico Bárbara MingoCorintio: coeur indien, corazón indio, o mejor aún, corazón interior , escondido entre las hojas de acanto, protegido por su dureza rasposa. ¡Ni en su refugio puede relajarse, porque pincha!De manera que del sueño a la sombra de la columna corintia nos despertaremos con una sensibilidad especial hacia lo botánico, lo material, los ciclos naturales, los cinco sentidos y las innumerables leyes físicas. Al propio Newton lo que le cayó en la cabeza fue el capitel corintio que producían naturalmente los frutales de Lincolnshire. ¿Y qué pasa con las uvas que hay en muchos capiteles románicos? Caerían las uvas de piedra, ya canicas al desperdigarse por los suelos. Imagino el sonido de las canicas rodando y chocando unas contra otras. En las iglesias románicas se hacían muchas cosas, y a veces se encuentran juegos en sus pavimentos. Recuerdo un conmovedor damero, todo torcido como la dentadura de un antiguo, en el suelo de la basílica de Santa María y San Donato, en Murano . ¿Cómo jugarían? ¿Se llevaría cada jugador su pequeño taburete, se encorvarían hacia el suelo para mover las piezas? Todo el suelo de la iglesia es un prodigio, con las teselas irregulares que forman tramas y fantásticos dibujos de animales, entre los cuales los más fantásticos, dos grillos que se están peleando.Esto yo no lo vi, aunque me lo han contado: un hombre del pueblo que enseñaba la ermita de San Román de Escalante explicaba «esta ermita es románica, porque la hicieron los romanos y los mamíferos ».Como si estuviesen merodeando por un templo griego, Satie y Brancusi, que era muy amigo suyo, jugaban a llamarse el uno al otro Sócrates (Satie) y Platón (Constantin)En ‘Le pont du Nord’, la película de Jacques Rivette , el juego de la oca de las plantas de las catedrales góticas ha saltado a toda la ciudad de París, convertida en un inmenso tablero. Los personajes de Marie (Bulle Ogier) y Baptiste (Pascale Ogier) despliegan un gran plano de la ciudad sobre el que se ha dibujado un tablero, y dicen «Qué rara es esta tela de araña sobre París», «No, no es una tela de araña, es un gran dragón con la cola enroscada», antes de darse cuenta de que están frente a un tablero de la oca , distribuido en espiral por distritos. Más tarde, la Rue du Dragon tiene una cierta importancia en la película. La calle está muy cerca de Saint-Germain-des-Prés, y por lo que leo su nombre procede de la escultura de un dragón que hubo en el siglo XVIII, sobre el arco de la puerta de un edificio. La escultura es de Paul-Ambroise Slodtz y está ahora en el Louvre . Ese dragón de Slodtz parece muy asustado. Pero me interesa más una foto de Atget que encuentro en la misma búsqueda, en la que se ve un rincón del patio del Dragón donde desembocaba la calle, y que parece tener una cara, con dos balcones a modo de ojos y el arco de entrada como la boca, que más que a un dragón recuerda a un gato de dibujos animados y que es también muy parecida a la del ogro de los jardines de Bomarzo. Y si una se fija más, con la atención ya entrenada por tanto reconocer tableros sobre los mapas de las ciudades, podrá distinguir, como en un juego de abismación, que en la foto de Eugene Atget , dentro de la boca del patio del Dragón, aparece una nueva figurilla antropomorfa, esta vez un hombre tocado con un bombín.Un bombín es lo que se puso Erik Satie, y un discreto traje negro, cuando, a los cuarenta años, se matriculó en la Schola Cantorum para estudiar contrapunto. Como si estuviesen merodeando por un templo griego, Satie y Brancusi, que era muy amigo suyo, jugaban a llamarse el uno al otro Sócrates (Satie) y Platón (Constantin) en sus conversaciones en el estudio del escultor. Sócrates era un modelo para Satie, y como él vivió austeramente, acudiendo a algún banquete y buscando a su aire la verdad. Despliego el mapa y me pregunto por qué puente cruzaría el Sena Satie en sus caminatasDetalles como estos los cuenta el pintor y escritor Pablo Gallo en el flamante libro llamado ‘Las mil caras de Erik Satie’ (Sans Soleil Ediciones), compuesto por retratos del músico y mamífero y de sus amigos y enemigos, y por breves textos en forma de pera que recuerdan su vida. Al final del libro hay una emocionante coda a partir de unas pocas fotos que sacó Brancusi de la habitación donde había vivido su amigo los últimos 27 años de su vida, y donde no había dejado entrar a nadie. La casa estaba en Arcueil, entonces un pueblo a las afueras de París, y he calculado la distancia que la separa de cabarets como La Scala, donde Satie tocaba el piano. Son nueve o diez kilómetros (y otros tantos de vuelta) que el sufrido músico hacía a pie a diario. Despliego el mapa y me pregunto por qué puente cruzaría el Sena Satie en sus caminatas, y supongo que lo haría por alguno de los de la Cité, a la sombra lunar de la asombrosa catedral gótica cuyas ventanas le inspiraron las cuatro piezas para piano que tituló ‘Ojivas’. En el capítulo anterior , nos quedamos merodeando por un templo griego y dando vueltas a la crucial y a menudo narcotizante cuestión de cómo explicarnos nuestra vida. ¿Habéis oído que no se debe dormir la siesta debajo de un nogal, a riesgo de levantarnos con dolor de cabeza? ¿Qué nos traería la siesta en cada uno de los distintos peristilos? Los capiteles dóricos nos harán soñar con nociones geométricas; los jónicos atraerán el sueño visionario. El capitel corintio ha superado esas fases esquemáticas y abstraizantes y nos obliga a volver la mirada hacia lo que crece naturalmente de la tierra , un verdadero estar aquí, el materialismo incontestable de la hoja que sigue esperando, ya fosilizada, que le demos un argumento en contra. «Creo que una hoja de yerba no es menos que el camino de las estrellas», escribió Walt Whitman mirando el curso del Potomac muchos años después de que Teofrasto escribiera su ‘Historia de las plantas’ y de que Hiparco catalogase las constelaciones desde las costas del Mediterráneo oriental. Pero por supuesto sabemos que lo escribieron todo a la vez.Noticia relacionada No No Con candelabri in testa Dórico Bárbara MingoCorintio: coeur indien, corazón indio, o mejor aún, corazón interior , escondido entre las hojas de acanto, protegido por su dureza rasposa. ¡Ni en su refugio puede relajarse, porque pincha!De manera que del sueño a la sombra de la columna corintia nos despertaremos con una sensibilidad especial hacia lo botánico, lo material, los ciclos naturales, los cinco sentidos y las innumerables leyes físicas. Al propio Newton lo que le cayó en la cabeza fue el capitel corintio que producían naturalmente los frutales de Lincolnshire. ¿Y qué pasa con las uvas que hay en muchos capiteles románicos? Caerían las uvas de piedra, ya canicas al desperdigarse por los suelos. Imagino el sonido de las canicas rodando y chocando unas contra otras. En las iglesias románicas se hacían muchas cosas, y a veces se encuentran juegos en sus pavimentos. Recuerdo un conmovedor damero, todo torcido como la dentadura de un antiguo, en el suelo de la basílica de Santa María y San Donato, en Murano . ¿Cómo jugarían? ¿Se llevaría cada jugador su pequeño taburete, se encorvarían hacia el suelo para mover las piezas? Todo el suelo de la iglesia es un prodigio, con las teselas irregulares que forman tramas y fantásticos dibujos de animales, entre los cuales los más fantásticos, dos grillos que se están peleando.Esto yo no lo vi, aunque me lo han contado: un hombre del pueblo que enseñaba la ermita de San Román de Escalante explicaba «esta ermita es románica, porque la hicieron los romanos y los mamíferos ».Como si estuviesen merodeando por un templo griego, Satie y Brancusi, que era muy amigo suyo, jugaban a llamarse el uno al otro Sócrates (Satie) y Platón (Constantin)En ‘Le pont du Nord’, la película de Jacques Rivette , el juego de la oca de las plantas de las catedrales góticas ha saltado a toda la ciudad de París, convertida en un inmenso tablero. Los personajes de Marie (Bulle Ogier) y Baptiste (Pascale Ogier) despliegan un gran plano de la ciudad sobre el que se ha dibujado un tablero, y dicen «Qué rara es esta tela de araña sobre París», «No, no es una tela de araña, es un gran dragón con la cola enroscada», antes de darse cuenta de que están frente a un tablero de la oca , distribuido en espiral por distritos. Más tarde, la Rue du Dragon tiene una cierta importancia en la película. La calle está muy cerca de Saint-Germain-des-Prés, y por lo que leo su nombre procede de la escultura de un dragón que hubo en el siglo XVIII, sobre el arco de la puerta de un edificio. La escultura es de Paul-Ambroise Slodtz y está ahora en el Louvre . Ese dragón de Slodtz parece muy asustado. Pero me interesa más una foto de Atget que encuentro en la misma búsqueda, en la que se ve un rincón del patio del Dragón donde desembocaba la calle, y que parece tener una cara, con dos balcones a modo de ojos y el arco de entrada como la boca, que más que a un dragón recuerda a un gato de dibujos animados y que es también muy parecida a la del ogro de los jardines de Bomarzo. Y si una se fija más, con la atención ya entrenada por tanto reconocer tableros sobre los mapas de las ciudades, podrá distinguir, como en un juego de abismación, que en la foto de Eugene Atget , dentro de la boca del patio del Dragón, aparece una nueva figurilla antropomorfa, esta vez un hombre tocado con un bombín.Un bombín es lo que se puso Erik Satie, y un discreto traje negro, cuando, a los cuarenta años, se matriculó en la Schola Cantorum para estudiar contrapunto. Como si estuviesen merodeando por un templo griego, Satie y Brancusi, que era muy amigo suyo, jugaban a llamarse el uno al otro Sócrates (Satie) y Platón (Constantin) en sus conversaciones en el estudio del escultor. Sócrates era un modelo para Satie, y como él vivió austeramente, acudiendo a algún banquete y buscando a su aire la verdad. Despliego el mapa y me pregunto por qué puente cruzaría el Sena Satie en sus caminatasDetalles como estos los cuenta el pintor y escritor Pablo Gallo en el flamante libro llamado ‘Las mil caras de Erik Satie’ (Sans Soleil Ediciones), compuesto por retratos del músico y mamífero y de sus amigos y enemigos, y por breves textos en forma de pera que recuerdan su vida. Al final del libro hay una emocionante coda a partir de unas pocas fotos que sacó Brancusi de la habitación donde había vivido su amigo los últimos 27 años de su vida, y donde no había dejado entrar a nadie. La casa estaba en Arcueil, entonces un pueblo a las afueras de París, y he calculado la distancia que la separa de cabarets como La Scala, donde Satie tocaba el piano. Son nueve o diez kilómetros (y otros tantos de vuelta) que el sufrido músico hacía a pie a diario. Despliego el mapa y me pregunto por qué puente cruzaría el Sena Satie en sus caminatas, y supongo que lo haría por alguno de los de la Cité, a la sombra lunar de la asombrosa catedral gótica cuyas ventanas le inspiraron las cuatro piezas para piano que tituló ‘Ojivas’. RSS de noticias de cultura
En el capítulo anterior, nos quedamos merodeando por un templo griego y dando vueltas a la crucial y a menudo narcotizante cuestión de cómo explicarnos nuestra vida. ¿Habéis oído que no se debe dormir la siesta debajo de un nogal, a riesgo de levantarnos … con dolor de cabeza? ¿Qué nos traería la siesta en cada uno de los distintos peristilos? Los capiteles dóricos nos harán soñar con nociones geométricas; los jónicos atraerán el sueño visionario.
El capitel corintio ha superado esas fases esquemáticas y abstraizantes y nos obliga a volver la mirada hacia lo que crece naturalmente de la tierra, un verdadero estar aquí, el materialismo incontestable de la hoja que sigue esperando, ya fosilizada, que le demos un argumento en contra.
«Creo que una hoja de yerba no es menos que el camino de las estrellas», escribió Walt Whitman mirando el curso del Potomac muchos años después de que Teofrasto escribiera su ‘Historia de las plantas’ y de que Hiparco catalogase las constelaciones desde las costas del Mediterráneo oriental. Pero por supuesto sabemos que lo escribieron todo a la vez.
Corintio: coeur indien, corazón indio, o mejor aún, corazón interior, escondido entre las hojas de acanto, protegido por su dureza rasposa. ¡Ni en su refugio puede relajarse, porque pincha!
De manera que del sueño a la sombra de la columna corintia nos despertaremos con una sensibilidad especial hacia lo botánico, lo material, los ciclos naturales, los cinco sentidos y las innumerables leyes físicas. Al propio Newton lo que le cayó en la cabeza fue el capitel corintio que producían naturalmente los frutales de Lincolnshire.
¿Y qué pasa con las uvas que hay en muchos capiteles románicos? Caerían las uvas de piedra, ya canicas al desperdigarse por los suelos. Imagino el sonido de las canicas rodando y chocando unas contra otras. En las iglesias románicas se hacían muchas cosas, y a veces se encuentran juegos en sus pavimentos. Recuerdo un conmovedor damero, todo torcido como la dentadura de un antiguo, en el suelo de la basílica de Santa María y San Donato, en Murano. ¿Cómo jugarían? ¿Se llevaría cada jugador su pequeño taburete, se encorvarían hacia el suelo para mover las piezas? Todo el suelo de la iglesia es un prodigio, con las teselas irregulares que forman tramas y fantásticos dibujos de animales, entre los cuales los más fantásticos, dos grillos que se están peleando.
Esto yo no lo vi, aunque me lo han contado: un hombre del pueblo que enseñaba la ermita de San Román de Escalante explicaba «esta ermita es románica, porque la hicieron los romanos y los mamíferos».
Como si estuviesen merodeando por un templo griego, Satie y Brancusi, que era muy amigo suyo, jugaban a llamarse el uno al otro Sócrates (Satie) y Platón (Constantin)
En ‘Le pont du Nord’, la película de Jacques Rivette, el juego de la oca de las plantas de las catedrales góticas ha saltado a toda la ciudad de París, convertida en un inmenso tablero. Los personajes de Marie (Bulle Ogier) y Baptiste (Pascale Ogier) despliegan un gran plano de la ciudad sobre el que se ha dibujado un tablero, y dicen «Qué rara es esta tela de araña sobre París», «No, no es una tela de araña, es un gran dragón con la cola enroscada», antes de darse cuenta de que están frente a un tablero de la oca, distribuido en espiral por distritos.
Más tarde, la Rue du Dragon tiene una cierta importancia en la película. La calle está muy cerca de Saint-Germain-des-Prés, y por lo que leo su nombre procede de la escultura de un dragón que hubo en el siglo XVIII, sobre el arco de la puerta de un edificio. La escultura es de Paul-Ambroise Slodtz y está ahora en el Louvre. Ese dragón de Slodtz parece muy asustado. Pero me interesa más una foto de Atget que encuentro en la misma búsqueda, en la que se ve un rincón del patio del Dragón donde desembocaba la calle, y que parece tener una cara, con dos balcones a modo de ojos y el arco de entrada como la boca, que más que a un dragón recuerda a un gato de dibujos animados y que es también muy parecida a la del ogro de los jardines de Bomarzo.
Y si una se fija más, con la atención ya entrenada por tanto reconocer tableros sobre los mapas de las ciudades, podrá distinguir, como en un juego de abismación, que en la foto de Eugene Atget, dentro de la boca del patio del Dragón, aparece una nueva figurilla antropomorfa, esta vez un hombre tocado con un bombín.
Un bombín es lo que se puso Erik Satie, y un discreto traje negro, cuando, a los cuarenta años, se matriculó en la Schola Cantorum para estudiar contrapunto. Como si estuviesen merodeando por un templo griego, Satie y Brancusi, que era muy amigo suyo, jugaban a llamarse el uno al otro Sócrates (Satie) y Platón (Constantin) en sus conversaciones en el estudio del escultor. Sócrates era un modelo para Satie, y como él vivió austeramente, acudiendo a algún banquete y buscando a su aire la verdad.
Despliego el mapa y me pregunto por qué puente cruzaría el Sena Satie en sus caminatas
Detalles como estos los cuenta el pintor y escritor Pablo Gallo en el flamante libro llamado ‘Las mil caras de Erik Satie’ (Sans Soleil Ediciones), compuesto por retratos del músico y mamífero y de sus amigos y enemigos, y por breves textos en forma de pera que recuerdan su vida. Al final del libro hay una emocionante coda a partir de unas pocas fotos que sacó Brancusi de la habitación donde había vivido su amigo los últimos 27 años de su vida, y donde no había dejado entrar a nadie.
La casa estaba en Arcueil, entonces un pueblo a las afueras de París, y he calculado la distancia que la separa de cabarets como La Scala, donde Satie tocaba el piano. Son nueve o diez kilómetros (y otros tantos de vuelta) que el sufrido músico hacía a pie a diario. Despliego el mapa y me pregunto por qué puente cruzaría el Sena Satie en sus caminatas, y supongo que lo haría por alguno de los de la Cité, a la sombra lunar de la asombrosa catedral gótica cuyas ventanas le inspiraron las cuatro piezas para piano que tituló ‘Ojivas’.

