La primera edición de ‘La invención de Morel’ se publicó en la editorial Losada de Buenos Aires, en 1940. Con prólogo de su amigo Jorge Luis Borges y cubierta ilustrada por Norah Borges, la hermana de éste. Entonces su autor, Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999), era un joven escritor de 25 años que había publicado su primer libro, ‘Prólogo’, a los diecisiete, y que en los años treinta había dado a la imprenta otros textos, como ’17 disparos contra lo porvenir’ (1933), ‘Caos’ (1934) o ‘La nueva tormenta o la vida múltiple de Juan Ruteno’ (1935), que el propio autor descartaría sistemáticamente de sus obras completas, por entender precisamente que su verdadera carrera literaria empezaba con ‘La invención de Morel’.Bioy mantenía entonces con Borges, quince años mayor que él, una estrecha amistad basada conversaciones literarias, lecturas compartidas (Stevenson, H.G. Wells , Poe, Chesterton…) y una afinidad estética poco común alrededor de la literatura fantástica, la novela policial, las paradojas intelectuales y los juegos narrativos. En los años anteriores a la publicación de ‘La invención de Morel’, ambos ya habían iniciado sus colaboraciones humorísticas y policiales, que más tarde firmarían bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq . Noticia relacionada No No 40 aniversario de la muerte del autor Historia editorial de Jorge Luis Borges Karina Sainz BorgoEn su prólogo, Borges saludaba la aparición de la novela de Bioy como un acontecimiento excepcional. Un prodigio literario que demostraba que la novela fantástica podía alcanzar una complejidad intelectual comparable o incluso superior a cualquiera de las novelas realistas que imperaban en la época. Nada más cierto. Más allá de la imaginación, o de la sorprendente anticipación, entonces, de tecnologías que iban a ser una realidad varias décadas después, la profunda reflexión filosófica sobre los límites de la tecnología en la existencia humana convertiría de inmediato a la novela en un clásico. Y la permitiría dialogar, con absoluta frescura, con un tiempo como el nuestro, donde esos límites se sitúan en el primer término de nuestras inquietudes. Lo que Bioy plantea en 1940 es algo extraordinario: décadas antes de la IA, la posibilidad de construir una copia perfecta de la experiencia humanaCon los ojos de hoy, podríamos decir que ‘La invención de Morel’ es una obra visionaria sobre las posibilidades de reproducción técnica de la realidad, la autonomía de las imágenes o la propia identidad digital de los seres humanos; una obra que nos plantea, además, el valor de poder tener, más allá de la muerte física, una nueva existencia virtual, como una suerte de «inmortalidad» . De manera que en una época como ésta, marcada por la inteligencia artificial y los archivos digitales, la isla imaginada por Bioy adquiere una cercanía fascinante.Lo que Bioy plantea en 1940 es algo extraordinario: décadas antes de internet y de la IA, la posibilidad de construir una copia perfecta de la experiencia humana. El núcleo inquietante de nuestra existencia actual, rodeados de fotografías, vídeos, perfiles digitales, avatares y registros permanentes de nuestras actividades, como una «segunda existencia» que nos acompaña y que sin duda influye en nuestra propia «existencia real». En este contexto, en el que la humanidad nunca antes había ofrecido tantas reproducciones de sí misma, la máquina de Morel deja de parecer una fantasía extravagante para convertirse en una metáfora perturbadora . Sobre todo esto, ‘La invención de Morel’ puede leerse también como una historia de amor : el deseo profundamente humano de conservar para siempre aquello que ama. Hoy existen sistemas capaces de reproducir voces humanas, generar imágenes en tres dimensiones y mantener conversaciones que imitan estilos personales con absoluta verosimilitud. Algunos proyectos ya han desarrollado también la creación de asistentes digitales a partir de los datos de personas fallecidas, capaces de darnos compañía en la soledad más absoluta. De permitirnos ver y hablar con los muertos . Quizás más que una novela adelantada a su tiempo, ‘La invención de Morel’ es una obra capaz de identificar preguntas destinadas a acompañar a la modernidad durante mucho tiempo. Acaso porque comprendió que, desde la prehistoria, los seres humanos siempre han vivido obsesionados por vencer a la muerte… mediante representaciones de sí mismos. Y así hasta el infinito y más allá. La primera edición de ‘La invención de Morel’ se publicó en la editorial Losada de Buenos Aires, en 1940. Con prólogo de su amigo Jorge Luis Borges y cubierta ilustrada por Norah Borges, la hermana de éste. Entonces su autor, Adolfo Bioy Casares (Buenos Aires, 1914-1999), era un joven escritor de 25 años que había publicado su primer libro, ‘Prólogo’, a los diecisiete, y que en los años treinta había dado a la imprenta otros textos, como ’17 disparos contra lo porvenir’ (1933), ‘Caos’ (1934) o ‘La nueva tormenta o la vida múltiple de Juan Ruteno’ (1935), que el propio autor descartaría sistemáticamente de sus obras completas, por entender precisamente que su verdadera carrera literaria empezaba con ‘La invención de Morel’.Bioy mantenía entonces con Borges, quince años mayor que él, una estrecha amistad basada conversaciones literarias, lecturas compartidas (Stevenson, H.G. Wells , Poe, Chesterton…) y una afinidad estética poco común alrededor de la literatura fantástica, la novela policial, las paradojas intelectuales y los juegos narrativos. En los años anteriores a la publicación de ‘La invención de Morel’, ambos ya habían iniciado sus colaboraciones humorísticas y policiales, que más tarde firmarían bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq . Noticia relacionada No No 40 aniversario de la muerte del autor Historia editorial de Jorge Luis Borges Karina Sainz BorgoEn su prólogo, Borges saludaba la aparición de la novela de Bioy como un acontecimiento excepcional. Un prodigio literario que demostraba que la novela fantástica podía alcanzar una complejidad intelectual comparable o incluso superior a cualquiera de las novelas realistas que imperaban en la época. Nada más cierto. Más allá de la imaginación, o de la sorprendente anticipación, entonces, de tecnologías que iban a ser una realidad varias décadas después, la profunda reflexión filosófica sobre los límites de la tecnología en la existencia humana convertiría de inmediato a la novela en un clásico. Y la permitiría dialogar, con absoluta frescura, con un tiempo como el nuestro, donde esos límites se sitúan en el primer término de nuestras inquietudes. Lo que Bioy plantea en 1940 es algo extraordinario: décadas antes de la IA, la posibilidad de construir una copia perfecta de la experiencia humanaCon los ojos de hoy, podríamos decir que ‘La invención de Morel’ es una obra visionaria sobre las posibilidades de reproducción técnica de la realidad, la autonomía de las imágenes o la propia identidad digital de los seres humanos; una obra que nos plantea, además, el valor de poder tener, más allá de la muerte física, una nueva existencia virtual, como una suerte de «inmortalidad» . De manera que en una época como ésta, marcada por la inteligencia artificial y los archivos digitales, la isla imaginada por Bioy adquiere una cercanía fascinante.Lo que Bioy plantea en 1940 es algo extraordinario: décadas antes de internet y de la IA, la posibilidad de construir una copia perfecta de la experiencia humana. El núcleo inquietante de nuestra existencia actual, rodeados de fotografías, vídeos, perfiles digitales, avatares y registros permanentes de nuestras actividades, como una «segunda existencia» que nos acompaña y que sin duda influye en nuestra propia «existencia real». En este contexto, en el que la humanidad nunca antes había ofrecido tantas reproducciones de sí misma, la máquina de Morel deja de parecer una fantasía extravagante para convertirse en una metáfora perturbadora . Sobre todo esto, ‘La invención de Morel’ puede leerse también como una historia de amor : el deseo profundamente humano de conservar para siempre aquello que ama. Hoy existen sistemas capaces de reproducir voces humanas, generar imágenes en tres dimensiones y mantener conversaciones que imitan estilos personales con absoluta verosimilitud. Algunos proyectos ya han desarrollado también la creación de asistentes digitales a partir de los datos de personas fallecidas, capaces de darnos compañía en la soledad más absoluta. De permitirnos ver y hablar con los muertos . Quizás más que una novela adelantada a su tiempo, ‘La invención de Morel’ es una obra capaz de identificar preguntas destinadas a acompañar a la modernidad durante mucho tiempo. Acaso porque comprendió que, desde la prehistoria, los seres humanos siempre han vivido obsesionados por vencer a la muerte… mediante representaciones de sí mismos. Y así hasta el infinito y más allá. RSS de noticias de cultura
La primera edición de ‘La invención de Morel’ se publicó en la editorial Losada de Buenos Aires, en 1940. Con prólogo de su amigo Jorge Luis Borges y cubierta ilustrada por Norah Borges, la hermana de éste. Entonces su autor, Adolfo Bioy … Casares (Buenos Aires, 1914-1999), era un joven escritor de 25 años que había publicado su primer libro, ‘Prólogo’, a los diecisiete, y que en los años treinta había dado a la imprenta otros textos, como ’17 disparos contra lo porvenir’ (1933), ‘Caos’ (1934) o ‘La nueva tormenta o la vida múltiple de Juan Ruteno’ (1935), que el propio autor descartaría sistemáticamente de sus obras completas, por entender precisamente que su verdadera carrera literaria empezaba con ‘La invención de Morel’.
Bioy mantenía entonces con Borges, quince años mayor que él, una estrecha amistad basada conversaciones literarias, lecturas compartidas (Stevenson, H.G. Wells, Poe, Chesterton…) y una afinidad estética poco común alrededor de la literatura fantástica, la novela policial, las paradojas intelectuales y los juegos narrativos. En los años anteriores a la publicación de ‘La invención de Morel’, ambos ya habían iniciado sus colaboraciones humorísticas y policiales, que más tarde firmarían bajo el seudónimo de H. Bustos Domecq.
En su prólogo, Borges saludaba la aparición de la novela de Bioy como un acontecimiento excepcional. Un prodigio literario que demostraba que la novela fantástica podía alcanzar una complejidad intelectual comparable o incluso superior a cualquiera de las novelas realistas que imperaban en la época.
Nada más cierto. Más allá de la imaginación, o de la sorprendente anticipación, entonces, de tecnologías que iban a ser una realidad varias décadas después, la profunda reflexión filosófica sobre los límites de la tecnología en la existencia humana convertiría de inmediato a la novela en un clásico. Y la permitiría dialogar, con absoluta frescura, con un tiempo como el nuestro, donde esos límites se sitúan en el primer término de nuestras inquietudes.
Lo que Bioy plantea en 1940 es algo extraordinario: décadas antes de la IA, la posibilidad de construir una copia perfecta de la experiencia humana
Con los ojos de hoy, podríamos decir que ‘La invención de Morel’ es una obra visionaria sobre las posibilidades de reproducción técnica de la realidad, la autonomía de las imágenes o la propia identidad digital de los seres humanos; una obra que nos plantea, además, el valor de poder tener, más allá de la muerte física, una nueva existencia virtual, como una suerte de «inmortalidad». De manera que en una época como ésta, marcada por la inteligencia artificial y los archivos digitales, la isla imaginada por Bioy adquiere una cercanía fascinante.
Lo que Bioy plantea en 1940 es algo extraordinario: décadas antes de internet y de la IA, la posibilidad de construir una copia perfecta de la experiencia humana. El núcleo inquietante de nuestra existencia actual, rodeados de fotografías, vídeos, perfiles digitales, avatares y registros permanentes de nuestras actividades, como una «segunda existencia» que nos acompaña y que sin duda influye en nuestra propia «existencia real». En este contexto, en el que la humanidad nunca antes había ofrecido tantas reproducciones de sí misma, la máquina de Morel deja de parecer una fantasía extravagante para convertirse en una metáfora perturbadora.
Sobre todo esto, ‘La invención de Morel’ puede leerse también como una historia de amor: el deseo profundamente humano de conservar para siempre aquello que ama. Hoy existen sistemas capaces de reproducir voces humanas, generar imágenes en tres dimensiones y mantener conversaciones que imitan estilos personales con absoluta verosimilitud.
Algunos proyectos ya han desarrollado también la creación de asistentes digitales a partir de los datos de personas fallecidas, capaces de darnos compañía en la soledad más absoluta. De permitirnos ver y hablar con los muertos. Quizás más que una novela adelantada a su tiempo, ‘La invención de Morel’ es una obra capaz de identificar preguntas destinadas a acompañar a la modernidad durante mucho tiempo. Acaso porque comprendió que, desde la prehistoria, los seres humanos siempre han vivido obsesionados por vencer a la muerte… mediante representaciones de sí mismos. Y así hasta el infinito y más allá.

