Andrew Ross Sorkin (Nueva York, 1977) pasó ocho años investigando para ‘1929’ y acabó encontrándose con el presente. El periodista financiero estadounidense, columnista de ‘The New York Times’, autor de ‘Too Big to Fail’ y cocreador de la serie ‘Billions’, se sumergió en archivos, cartas, periódicos y documentos privados esperando reconstruir un mundo desaparecido. Lo que encontró fue algo más inquietante: los protagonistas de hace un siglo se parecían mucho a los que hoy ocupan los titulares financieros.Su conclusión atraviesa esta conversación: las crisis no nacen únicamente de los tipos de interés, el crédito o los errores de los bancos centrales. Nacen también de emociones extraordinariamente resistentes al paso del tiempo. Codicia, envidia, miedo, confianza excesiva. Y de una peligrosa tendencia humana a creer que esta vez las cosas son diferentes.—Después de ocho años investigando para su libro, ¿qué idea sobre el crac cambió más radicalmente para usted?—Dos cosas. La primera fue comprender que la crisis de 1929 no fue un único acontecimiento, sino una sucesión de acontecimientos, una serie de fichas de dominó. Algunas estaban conectadas económicamente y otras fueron consecuencia de decisiones políticas equivocadas. Pero lo que más me sorprendió fue descubrir que la cultura de Wall Street –y, en realidad, la naturaleza de las personas– no es muy distinta de la de entonces. Puedes llamarlo codicia, envidia, celos, exceso de confianza… Todas aquellas emociones que contribuyeron al crac siguen entre nosotros. Hasta tal punto que muchas veces tuve la sensación de estar escribiendo una historia contemporánea. —Dice que ‘1929’ es, en último término, una historia sobre la naturaleza humana. ¿Qué infló más la burbuja: la codicia, la confianza o la incapacidad de imaginar que el sistema podía cambiar?—Probablemente las tres cosas. La codicia y el exceso de confianza terminan anulando nuestra capacidad para aceptar que las circunstancias pueden cambiar. En el fondo lo sabemos. Instintivamente sabemos que puede ocurrir. Pero nos ponemos anteojeras precisamente por esa mezcla de codicia y confianza excesiva.«Algún día los mercados mundiales de deuda van a estallar y entonces nos parecerá completamente obvio»—El crédito aparece como el combustible esencial de la burbuja. ¿Cuándo deja de financiar prosperidad y empieza a financiar una ilusión?—Esa es precisamente la dificultad. Un sistema necesita cierto grado de especulación para innovar y ser productivo. Por eso es tan difícil saber dónde está esa línea invisible. En la primavera de 1929, sin embargo, ya parecía bastante evidente que gran parte de las operaciones se habían convertido en pura especulación. El dinero ya no se destinaba a financiar nuevas compañías valiosas, sino simplemente a mover dinero. Pero la frontera es muy fina. Al principio de una empresa o de una industria necesitamos personas dispuestas a especular. Pensemos en el automóvil entonces, o en RCA y la radio. Alguien tenía que apostar por aquellas tecnologías antes de saber si funcionarían. En ese momento probablemente parecían un poco locos. La diferencia está entre invertir –incluso en una idea disparatada– y comprar simplemente porque crees que podrás ganar dinero mañana, la semana que viene o el mes próximo.—La Reserva Federal de entonces aparece como una institución joven, fragmentada e insegura de sus poderes. ¿Cuál fue su gran error?— El último. No comprender el sistema que debía gobernar. Falló antes del crac porque no consiguió impedirlo. Podría haber aumentado los tipos de interés para frenar la especulación y no lo hizo, en mi opinión, porque temía las consecuencias políticas. Y falló después. En lugar de estimular la economía, Estados Unidos optó por una política mucho más cercana a la austeridad que a una respuesta keynesiana consistente en inundar de dinero el sistema. Una de las lecciones que hemos aprendido es que, si no has conseguido evitar una crisis financiera, una de las formas de salir de ella es rescatar el sistema. Entonces nadie quería hacerlo, lo cual es una reacción humana comprensible. Pero probablemente fue un error. Esa experiencia explica que después hayamos visto respuestas mucho más keynesianas, desde Ben Bernanke hasta otros banqueros centrales estadounidenses y europeos.—Según su relato, el crac de octubre de 1929 no explica por sí solo la Gran Depresión.—No. Me cuesta señalar una única ficha de este dominó. Influyeron la reacción –o la falta de reacción– de la Reserva Federal, los aranceles, la decisión de no proteger a los bancos y también el patrón oro, porque impedía imprimir dinero como podría hacerse hoy. Hoover, además, se equivocó al pensar que aquello era una especie de problema psicológico que sufría el país y no un verdadero problema económico. Todo eso contribuyó a desembocar en una tasa de desempleo del 25 por ciento. No creo que ninguna de esas causas, por separado, hubiera producido semejante resultado.«Codicia, envidia, celos, exceso de confianza… Las emociones que llevaron al crac siguen entre nosotros»—Usted trata a Herbert Hoover con bastante más benevolencia que la historiografía popular. ¿Ha sido injustamente condenado?—Soy más empático con Hoover que mucha gente. Llegó tarde y comunicó mal, eso está claro, pero creo que entendía la situación. También hay que recordar que había asumido la presidencia en marzo de 1929, menos de seis meses antes de que comenzara el verdadero crac. Es difícil pensar que hubiera podido impedirlo. Después cometió muchos errores políticos, por supuesto. Pero también quiso hacer cosas, como rescatar los bancos, que no pudo llevar a cabo, en parte porque ya había perdido las elecciones. Creo que el crac ha manchado su reputación más de lo que merece. Y hay otro personaje fascinante: John Raskob, un célebre financiero y empresario, una especie de Elon Musk de su época. Utilizó su propio dinero, incluso antes del crac, para tratar de destruir la reputación de Hoover. Creo que aquella campaña del Partido Demócrata contribuyó a formar la pésima imagen que todavía tenemos de él. Incluso la palabra «Hoovervilles», utilizada para denominar los asentamientos miserables de la Depresión, fue creada por alguien que estaba en la nómina de Raskob. Es increíble.—Roosevelt, en cambio, aparece menos como un gestor económico que como un extraordinario restaurador de la confianza.—Absolutamente. Hizo un trabajo brillante utilizando la retórica para devolver confianza al sistema. Pero otra de mis sorpresas fue descubrir hasta qué punto nuestra imagen actual de Roosevelt resulta incompleta. Lo vemos como alguien muy progresista, contrario a los banqueros y al dinero en política. Y, sin embargo, la ley Glass-Steagall, que separó actividades bancarias, fue básicamente escrita por un banquero a petición de Roosevelt para perjudicar a J. P. Morgan. Era un banquero contra otro. Hace cien años también había dinero en política. Roosevelt no era tan limpio como pensamos. Para mí, como escritor, descubrir todo aquello fue sorprendente.—¿Le sorprendió comprobar que algunas grandes reformas nacieron de intereses y rivalidades mucho menos nobles de lo que cuenta después la Historia?—Sí. Me quedé en estado de shock. No me lo esperaba en absoluto. Aunque, desde luego, hacía la historia mucho más interesante.«Hace cien años también había dinero en política. Roosevelt no era tan limpio como pensamos»—Su libro utiliza escenas, diálogos y personajes casi como una novela. ¿Cómo se consigue sin sacrificar el rigor histórico?—Todo parte de la investigación. Fue la investigación la que dirigió el proceso. Cuando la tuve, pude construir la historia a su alrededor. Nunca conviene entrar en un proyecto creyendo que ya sabes cuál es la historia. Cada vez que pensé que la conocía antes de terminar la investigación, la propia investigación me obligó a cambiarla. John Raskob es un buen ejemplo. Al principio no pensaba que fuera a ser un personaje importante. Después comprendí su centralidad en la cultura de los años veinte: ayudó a crear un mercado para la deuda en General Motors, intentó impulsar algo parecido al primer fondo de inversión apalancado, promovió el endeudamiento, defendió la semana laboral de cinco días, trató de socavar a Hoover y después construyó el Empire State Building. Nunca había unido todas esas piezas.—¿Encontró alguna historia tan buena que precisamente por eso desconfiara de ella?—Sí, y decidí no incluirla en la narración. Encontré una carta de la mujer de Thomas Lamont (un banquero de la época) dirigida a su marido en la que le acusaba de tener múltiples aventuras con mujeres por todo el mundo. Era una carta increíble. Tan extraordinaria y detallada que casi costaba creerla. Como autor pensé inmediatamente: esto es fantástico para el libro. Mi personaje tiene amantes; la historia se vuelve todavía más interesante. Pero en la misma carpeta encontré una pequeña nota, creo que de uno de los hijos de Lamont, asegurando que la carta era una broma familiar y que no era auténtica. No podía saber quién decía la verdad. Quizá el hijo intentaba proteger a su padre o a su madre. Quizá realmente era una broma. Como no podía demostrarlo, decidí sacarlo de la narración y mencionarlo únicamente en las notas de la edición estadounidense. En casi todo el libro solo utilicé materiales que podía confirmar o para los que encontraba otras pruebas. Incluso los periódicos y revistas de aquella época se equivocaban. Y también ocurre con libros posteriores: encuentras una historia magnífica, vas a las fuentes originales y descubres que no encaja.—Ferdinand Pecora, el fiscal de la Gran Depresión, convirtió prácticas hasta entonces toleradas en comportamientos políticamente inadmisibles. ¿Las grandes reformas financieras nacen de descubrir delitos o de cambiar aquello que una sociedad considera moralmente aceptable?—De lo segundo. Del cambio en lo que la sociedad considera moralmente aceptable. El uso de información privilegiada, por ejemplo, era legal entonces. Busqué cartas entre grandes figuras de las finanzas en las que alguien dijera: «No voy a participar en esto porque considero que está mal». Quería encontrar a alguien que, en aquel preciso momento, rechazara una práctica no porque fuera ilegal, sino porque la consideraba moralmente inaceptable. No encontré a esas personas. Y eso me parece significativo. Se produjo un verdadero cambio en aquello que la sociedad consideraba aceptable.—En ‘1929’ se repite una secuencia: innovación, entusiasmo, crédito, nuevos inversores, la creencia de que las viejas reglas ya no sirven y, finalmente, euforia. ¿En qué punto estamos hoy con la inteligencia artificial?—En todos. Probablemente estamos ya en la fase de euforia.—Pero hay una diferencia evidente: la inteligencia artificial puede transformar realmente la productividad.—También podía hacerlo la radio, que estaba popularizándose, en 1929. Y lo hizo. No estoy diciendo que la IA no vaya a ser una gran tecnología ni que no vaya a quedarse para siempre. Imagino que lo hará. La pregunta es cuánto vale.—¿Cómo se distingue entonces una revolución tecnológica auténtica de una valoración financiera delirante construida alrededor de ella?—Podemos reconocer las dos cosas simultáneamente. Podemos aceptar que estamos ante una tecnología extraordinaria, capaz de cambiar nuestras vidas y transformarlas, y al mismo tiempo admitir que la economía de esas tecnologías quizá no justifique las valoraciones actuales. Cuando vemos empresas que cotizan a 50 o 100 veces sus ingresos –y hablo de ingresos, ni siquiera de beneficios– lo que estamos haciendo es traer al presente una enorme cantidad del valor futuro de esa compañía. Eso nos dice hasta qué punto ese futuro ya está incorporado al precio.—Después de escribir ‘1929’, propone la humildad como antídoto contra la euforia. ¿Sobre qué certeza económica actual sospecha que estamos demasiado seguros?—Creo que sigue existiendo una enorme complacencia respecto a la deuda, especialmente la deuda soberana. Algún día los mercados mundiales de deuda van a estallar por completo y, cuando miremos hacia atrás, todo nos parecerá tremendamente obvio. Diremos: «Claro. Teníamos toda esta deuda. Era una locura». Y, sin embargo, habrá ocurrido de todas formas. Andrew Ross Sorkin (Nueva York, 1977) pasó ocho años investigando para ‘1929’ y acabó encontrándose con el presente. El periodista financiero estadounidense, columnista de ‘The New York Times’, autor de ‘Too Big to Fail’ y cocreador de la serie ‘Billions’, se sumergió en archivos, cartas, periódicos y documentos privados esperando reconstruir un mundo desaparecido. Lo que encontró fue algo más inquietante: los protagonistas de hace un siglo se parecían mucho a los que hoy ocupan los titulares financieros.Su conclusión atraviesa esta conversación: las crisis no nacen únicamente de los tipos de interés, el crédito o los errores de los bancos centrales. Nacen también de emociones extraordinariamente resistentes al paso del tiempo. Codicia, envidia, miedo, confianza excesiva. Y de una peligrosa tendencia humana a creer que esta vez las cosas son diferentes.—Después de ocho años investigando para su libro, ¿qué idea sobre el crac cambió más radicalmente para usted?—Dos cosas. La primera fue comprender que la crisis de 1929 no fue un único acontecimiento, sino una sucesión de acontecimientos, una serie de fichas de dominó. Algunas estaban conectadas económicamente y otras fueron consecuencia de decisiones políticas equivocadas. Pero lo que más me sorprendió fue descubrir que la cultura de Wall Street –y, en realidad, la naturaleza de las personas– no es muy distinta de la de entonces. Puedes llamarlo codicia, envidia, celos, exceso de confianza… Todas aquellas emociones que contribuyeron al crac siguen entre nosotros. Hasta tal punto que muchas veces tuve la sensación de estar escribiendo una historia contemporánea. —Dice que ‘1929’ es, en último término, una historia sobre la naturaleza humana. ¿Qué infló más la burbuja: la codicia, la confianza o la incapacidad de imaginar que el sistema podía cambiar?—Probablemente las tres cosas. La codicia y el exceso de confianza terminan anulando nuestra capacidad para aceptar que las circunstancias pueden cambiar. En el fondo lo sabemos. Instintivamente sabemos que puede ocurrir. Pero nos ponemos anteojeras precisamente por esa mezcla de codicia y confianza excesiva.«Algún día los mercados mundiales de deuda van a estallar y entonces nos parecerá completamente obvio»—El crédito aparece como el combustible esencial de la burbuja. ¿Cuándo deja de financiar prosperidad y empieza a financiar una ilusión?—Esa es precisamente la dificultad. Un sistema necesita cierto grado de especulación para innovar y ser productivo. Por eso es tan difícil saber dónde está esa línea invisible. En la primavera de 1929, sin embargo, ya parecía bastante evidente que gran parte de las operaciones se habían convertido en pura especulación. El dinero ya no se destinaba a financiar nuevas compañías valiosas, sino simplemente a mover dinero. Pero la frontera es muy fina. Al principio de una empresa o de una industria necesitamos personas dispuestas a especular. Pensemos en el automóvil entonces, o en RCA y la radio. Alguien tenía que apostar por aquellas tecnologías antes de saber si funcionarían. En ese momento probablemente parecían un poco locos. La diferencia está entre invertir –incluso en una idea disparatada– y comprar simplemente porque crees que podrás ganar dinero mañana, la semana que viene o el mes próximo.—La Reserva Federal de entonces aparece como una institución joven, fragmentada e insegura de sus poderes. ¿Cuál fue su gran error?— El último. No comprender el sistema que debía gobernar. Falló antes del crac porque no consiguió impedirlo. Podría haber aumentado los tipos de interés para frenar la especulación y no lo hizo, en mi opinión, porque temía las consecuencias políticas. Y falló después. En lugar de estimular la economía, Estados Unidos optó por una política mucho más cercana a la austeridad que a una respuesta keynesiana consistente en inundar de dinero el sistema. Una de las lecciones que hemos aprendido es que, si no has conseguido evitar una crisis financiera, una de las formas de salir de ella es rescatar el sistema. Entonces nadie quería hacerlo, lo cual es una reacción humana comprensible. Pero probablemente fue un error. Esa experiencia explica que después hayamos visto respuestas mucho más keynesianas, desde Ben Bernanke hasta otros banqueros centrales estadounidenses y europeos.—Según su relato, el crac de octubre de 1929 no explica por sí solo la Gran Depresión.—No. Me cuesta señalar una única ficha de este dominó. Influyeron la reacción –o la falta de reacción– de la Reserva Federal, los aranceles, la decisión de no proteger a los bancos y también el patrón oro, porque impedía imprimir dinero como podría hacerse hoy. Hoover, además, se equivocó al pensar que aquello era una especie de problema psicológico que sufría el país y no un verdadero problema económico. Todo eso contribuyó a desembocar en una tasa de desempleo del 25 por ciento. No creo que ninguna de esas causas, por separado, hubiera producido semejante resultado.«Codicia, envidia, celos, exceso de confianza… Las emociones que llevaron al crac siguen entre nosotros»—Usted trata a Herbert Hoover con bastante más benevolencia que la historiografía popular. ¿Ha sido injustamente condenado?—Soy más empático con Hoover que mucha gente. Llegó tarde y comunicó mal, eso está claro, pero creo que entendía la situación. También hay que recordar que había asumido la presidencia en marzo de 1929, menos de seis meses antes de que comenzara el verdadero crac. Es difícil pensar que hubiera podido impedirlo. Después cometió muchos errores políticos, por supuesto. Pero también quiso hacer cosas, como rescatar los bancos, que no pudo llevar a cabo, en parte porque ya había perdido las elecciones. Creo que el crac ha manchado su reputación más de lo que merece. Y hay otro personaje fascinante: John Raskob, un célebre financiero y empresario, una especie de Elon Musk de su época. Utilizó su propio dinero, incluso antes del crac, para tratar de destruir la reputación de Hoover. Creo que aquella campaña del Partido Demócrata contribuyó a formar la pésima imagen que todavía tenemos de él. Incluso la palabra «Hoovervilles», utilizada para denominar los asentamientos miserables de la Depresión, fue creada por alguien que estaba en la nómina de Raskob. Es increíble.—Roosevelt, en cambio, aparece menos como un gestor económico que como un extraordinario restaurador de la confianza.—Absolutamente. Hizo un trabajo brillante utilizando la retórica para devolver confianza al sistema. Pero otra de mis sorpresas fue descubrir hasta qué punto nuestra imagen actual de Roosevelt resulta incompleta. Lo vemos como alguien muy progresista, contrario a los banqueros y al dinero en política. Y, sin embargo, la ley Glass-Steagall, que separó actividades bancarias, fue básicamente escrita por un banquero a petición de Roosevelt para perjudicar a J. P. Morgan. Era un banquero contra otro. Hace cien años también había dinero en política. Roosevelt no era tan limpio como pensamos. Para mí, como escritor, descubrir todo aquello fue sorprendente.—¿Le sorprendió comprobar que algunas grandes reformas nacieron de intereses y rivalidades mucho menos nobles de lo que cuenta después la Historia?—Sí. Me quedé en estado de shock. No me lo esperaba en absoluto. Aunque, desde luego, hacía la historia mucho más interesante.«Hace cien años también había dinero en política. Roosevelt no era tan limpio como pensamos»—Su libro utiliza escenas, diálogos y personajes casi como una novela. ¿Cómo se consigue sin sacrificar el rigor histórico?—Todo parte de la investigación. Fue la investigación la que dirigió el proceso. Cuando la tuve, pude construir la historia a su alrededor. Nunca conviene entrar en un proyecto creyendo que ya sabes cuál es la historia. Cada vez que pensé que la conocía antes de terminar la investigación, la propia investigación me obligó a cambiarla. John Raskob es un buen ejemplo. Al principio no pensaba que fuera a ser un personaje importante. Después comprendí su centralidad en la cultura de los años veinte: ayudó a crear un mercado para la deuda en General Motors, intentó impulsar algo parecido al primer fondo de inversión apalancado, promovió el endeudamiento, defendió la semana laboral de cinco días, trató de socavar a Hoover y después construyó el Empire State Building. Nunca había unido todas esas piezas.—¿Encontró alguna historia tan buena que precisamente por eso desconfiara de ella?—Sí, y decidí no incluirla en la narración. Encontré una carta de la mujer de Thomas Lamont (un banquero de la época) dirigida a su marido en la que le acusaba de tener múltiples aventuras con mujeres por todo el mundo. Era una carta increíble. Tan extraordinaria y detallada que casi costaba creerla. Como autor pensé inmediatamente: esto es fantástico para el libro. Mi personaje tiene amantes; la historia se vuelve todavía más interesante. Pero en la misma carpeta encontré una pequeña nota, creo que de uno de los hijos de Lamont, asegurando que la carta era una broma familiar y que no era auténtica. No podía saber quién decía la verdad. Quizá el hijo intentaba proteger a su padre o a su madre. Quizá realmente era una broma. Como no podía demostrarlo, decidí sacarlo de la narración y mencionarlo únicamente en las notas de la edición estadounidense. En casi todo el libro solo utilicé materiales que podía confirmar o para los que encontraba otras pruebas. Incluso los periódicos y revistas de aquella época se equivocaban. Y también ocurre con libros posteriores: encuentras una historia magnífica, vas a las fuentes originales y descubres que no encaja.—Ferdinand Pecora, el fiscal de la Gran Depresión, convirtió prácticas hasta entonces toleradas en comportamientos políticamente inadmisibles. ¿Las grandes reformas financieras nacen de descubrir delitos o de cambiar aquello que una sociedad considera moralmente aceptable?—De lo segundo. Del cambio en lo que la sociedad considera moralmente aceptable. El uso de información privilegiada, por ejemplo, era legal entonces. Busqué cartas entre grandes figuras de las finanzas en las que alguien dijera: «No voy a participar en esto porque considero que está mal». Quería encontrar a alguien que, en aquel preciso momento, rechazara una práctica no porque fuera ilegal, sino porque la consideraba moralmente inaceptable. No encontré a esas personas. Y eso me parece significativo. Se produjo un verdadero cambio en aquello que la sociedad consideraba aceptable.—En ‘1929’ se repite una secuencia: innovación, entusiasmo, crédito, nuevos inversores, la creencia de que las viejas reglas ya no sirven y, finalmente, euforia. ¿En qué punto estamos hoy con la inteligencia artificial?—En todos. Probablemente estamos ya en la fase de euforia.—Pero hay una diferencia evidente: la inteligencia artificial puede transformar realmente la productividad.—También podía hacerlo la radio, que estaba popularizándose, en 1929. Y lo hizo. No estoy diciendo que la IA no vaya a ser una gran tecnología ni que no vaya a quedarse para siempre. Imagino que lo hará. La pregunta es cuánto vale.—¿Cómo se distingue entonces una revolución tecnológica auténtica de una valoración financiera delirante construida alrededor de ella?—Podemos reconocer las dos cosas simultáneamente. Podemos aceptar que estamos ante una tecnología extraordinaria, capaz de cambiar nuestras vidas y transformarlas, y al mismo tiempo admitir que la economía de esas tecnologías quizá no justifique las valoraciones actuales. Cuando vemos empresas que cotizan a 50 o 100 veces sus ingresos –y hablo de ingresos, ni siquiera de beneficios– lo que estamos haciendo es traer al presente una enorme cantidad del valor futuro de esa compañía. Eso nos dice hasta qué punto ese futuro ya está incorporado al precio.—Después de escribir ‘1929’, propone la humildad como antídoto contra la euforia. ¿Sobre qué certeza económica actual sospecha que estamos demasiado seguros?—Creo que sigue existiendo una enorme complacencia respecto a la deuda, especialmente la deuda soberana. Algún día los mercados mundiales de deuda van a estallar por completo y, cuando miremos hacia atrás, todo nos parecerá tremendamente obvio. Diremos: «Claro. Teníamos toda esta deuda. Era una locura». Y, sin embargo, habrá ocurrido de todas formas. RSS de noticias de cultura
Andrew Ross Sorkin (Nueva York, 1977) pasó ocho años investigando para ‘1929’ y acabó encontrándose con el presente. El periodista financiero estadounidense, columnista de ‘The New York Times’, autor de ‘Too Big to Fail’ y cocreador de la serie ‘Billions’, se sumergió en archivos, … cartas, periódicos y documentos privados esperando reconstruir un mundo desaparecido. Lo que encontró fue algo más inquietante: los protagonistas de hace un siglo se parecían mucho a los que hoy ocupan los titulares financieros.
Su conclusión atraviesa esta conversación: las crisis no nacen únicamente de los tipos de interés, el crédito o los errores de los bancos centrales. Nacen también de emociones extraordinariamente resistentes al paso del tiempo. Codicia, envidia, miedo, confianza excesiva. Y de una peligrosa tendencia humana a creer que esta vez las cosas son diferentes.
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—Después de ocho años investigando para su libro, ¿qué idea sobre el crac cambió más radicalmente para usted?
—Dos cosas. La primera fue comprender que la crisis de 1929 no fue un único acontecimiento, sino una sucesión de acontecimientos, una serie de fichas de dominó. Algunas estaban conectadas económicamente y otras fueron consecuencia de decisiones políticas equivocadas. Pero lo que más me sorprendió fue descubrir que la cultura de Wall Street –y, en realidad, la naturaleza de las personas– no es muy distinta de la de entonces. Puedes llamarlo codicia, envidia, celos, exceso de confianza… Todas aquellas emociones que contribuyeron al crac siguen entre nosotros. Hasta tal punto que muchas veces tuve la sensación de estar escribiendo una historia contemporánea.
—Dice que ‘1929’ es, en último término, una historia sobre la naturaleza humana. ¿Qué infló más la burbuja: la codicia, la confianza o la incapacidad de imaginar que el sistema podía cambiar?
—Probablemente las tres cosas. La codicia y el exceso de confianza terminan anulando nuestra capacidad para aceptar que las circunstancias pueden cambiar. En el fondo lo sabemos. Instintivamente sabemos que puede ocurrir. Pero nos ponemos anteojeras precisamente por esa mezcla de codicia y confianza excesiva.
«Algún día los mercados mundiales de deuda van a estallar y entonces nos parecerá completamente obvio»
—El crédito aparece como el combustible esencial de la burbuja. ¿Cuándo deja de financiar prosperidad y empieza a financiar una ilusión?
—Esa es precisamente la dificultad. Un sistema necesita cierto grado de especulación para innovar y ser productivo. Por eso es tan difícil saber dónde está esa línea invisible. En la primavera de 1929, sin embargo, ya parecía bastante evidente que gran parte de las operaciones se habían convertido en pura especulación. El dinero ya no se destinaba a financiar nuevas compañías valiosas, sino simplemente a mover dinero. Pero la frontera es muy fina. Al principio de una empresa o de una industria necesitamos personas dispuestas a especular. Pensemos en el automóvil entonces, o en RCA y la radio. Alguien tenía que apostar por aquellas tecnologías antes de saber si funcionarían. En ese momento probablemente parecían un poco locos. La diferencia está entre invertir –incluso en una idea disparatada– y comprar simplemente porque crees que podrás ganar dinero mañana, la semana que viene o el mes próximo.
—La Reserva Federal de entonces aparece como una institución joven, fragmentada e insegura de sus poderes. ¿Cuál fue su gran error?
— El último. No comprender el sistema que debía gobernar. Falló antes del crac porque no consiguió impedirlo. Podría haber aumentado los tipos de interés para frenar la especulación y no lo hizo, en mi opinión, porque temía las consecuencias políticas. Y falló después. En lugar de estimular la economía, Estados Unidos optó por una política mucho más cercana a la austeridad que a una respuesta keynesiana consistente en inundar de dinero el sistema. Una de las lecciones que hemos aprendido es que, si no has conseguido evitar una crisis financiera, una de las formas de salir de ella es rescatar el sistema. Entonces nadie quería hacerlo, lo cual es una reacción humana comprensible. Pero probablemente fue un error. Esa experiencia explica que después hayamos visto respuestas mucho más keynesianas, desde Ben Bernanke hasta otros banqueros centrales estadounidenses y europeos.
—Según su relato, el crac de octubre de 1929 no explica por sí solo la Gran Depresión.
—No. Me cuesta señalar una única ficha de este dominó. Influyeron la reacción –o la falta de reacción– de la Reserva Federal, los aranceles, la decisión de no proteger a los bancos y también el patrón oro, porque impedía imprimir dinero como podría hacerse hoy. Hoover, además, se equivocó al pensar que aquello era una especie de problema psicológico que sufría el país y no un verdadero problema económico. Todo eso contribuyó a desembocar en una tasa de desempleo del 25 por ciento. No creo que ninguna de esas causas, por separado, hubiera producido semejante resultado.
«Codicia, envidia, celos, exceso de confianza… Las emociones que llevaron al crac siguen entre nosotros»
—Usted trata a Herbert Hoover con bastante más benevolencia que la historiografía popular. ¿Ha sido injustamente condenado?
—Soy más empático con Hoover que mucha gente. Llegó tarde y comunicó mal, eso está claro, pero creo que entendía la situación. También hay que recordar que había asumido la presidencia en marzo de 1929, menos de seis meses antes de que comenzara el verdadero crac. Es difícil pensar que hubiera podido impedirlo. Después cometió muchos errores políticos, por supuesto. Pero también quiso hacer cosas, como rescatar los bancos, que no pudo llevar a cabo, en parte porque ya había perdido las elecciones. Creo que el crac ha manchado su reputación más de lo que merece. Y hay otro personaje fascinante: John Raskob, un célebre financiero y empresario, una especie de Elon Musk de su época. Utilizó su propio dinero, incluso antes del crac, para tratar de destruir la reputación de Hoover. Creo que aquella campaña del Partido Demócrata contribuyó a formar la pésima imagen que todavía tenemos de él. Incluso la palabra «Hoovervilles», utilizada para denominar los asentamientos miserables de la Depresión, fue creada por alguien que estaba en la nómina de Raskob. Es increíble.
—Roosevelt, en cambio, aparece menos como un gestor económico que como un extraordinario restaurador de la confianza.
—Absolutamente. Hizo un trabajo brillante utilizando la retórica para devolver confianza al sistema. Pero otra de mis sorpresas fue descubrir hasta qué punto nuestra imagen actual de Roosevelt resulta incompleta. Lo vemos como alguien muy progresista, contrario a los banqueros y al dinero en política. Y, sin embargo, la ley Glass-Steagall, que separó actividades bancarias, fue básicamente escrita por un banquero a petición de Roosevelt para perjudicar a J. P. Morgan. Era un banquero contra otro. Hace cien años también había dinero en política. Roosevelt no era tan limpio como pensamos. Para mí, como escritor, descubrir todo aquello fue sorprendente.
—¿Le sorprendió comprobar que algunas grandes reformas nacieron de intereses y rivalidades mucho menos nobles de lo que cuenta después la Historia?
—Sí. Me quedé en estado de shock. No me lo esperaba en absoluto. Aunque, desde luego, hacía la historia mucho más interesante.
«Hace cien años también había dinero en política. Roosevelt no era tan limpio como pensamos»
—Su libro utiliza escenas, diálogos y personajes casi como una novela. ¿Cómo se consigue sin sacrificar el rigor histórico?
—Todo parte de la investigación. Fue la investigación la que dirigió el proceso. Cuando la tuve, pude construir la historia a su alrededor. Nunca conviene entrar en un proyecto creyendo que ya sabes cuál es la historia. Cada vez que pensé que la conocía antes de terminar la investigación, la propia investigación me obligó a cambiarla. John Raskob es un buen ejemplo. Al principio no pensaba que fuera a ser un personaje importante. Después comprendí su centralidad en la cultura de los años veinte: ayudó a crear un mercado para la deuda en General Motors, intentó impulsar algo parecido al primer fondo de inversión apalancado, promovió el endeudamiento, defendió la semana laboral de cinco días, trató de socavar a Hoover y después construyó el Empire State Building. Nunca había unido todas esas piezas.
—¿Encontró alguna historia tan buena que precisamente por eso desconfiara de ella?
—Sí, y decidí no incluirla en la narración. Encontré una carta de la mujer de Thomas Lamont (un banquero de la época) dirigida a su marido en la que le acusaba de tener múltiples aventuras con mujeres por todo el mundo. Era una carta increíble. Tan extraordinaria y detallada que casi costaba creerla. Como autor pensé inmediatamente: esto es fantástico para el libro. Mi personaje tiene amantes; la historia se vuelve todavía más interesante. Pero en la misma carpeta encontré una pequeña nota, creo que de uno de los hijos de Lamont, asegurando que la carta era una broma familiar y que no era auténtica. No podía saber quién decía la verdad. Quizá el hijo intentaba proteger a su padre o a su madre. Quizá realmente era una broma. Como no podía demostrarlo, decidí sacarlo de la narración y mencionarlo únicamente en las notas de la edición estadounidense. En casi todo el libro solo utilicé materiales que podía confirmar o para los que encontraba otras pruebas. Incluso los periódicos y revistas de aquella época se equivocaban. Y también ocurre con libros posteriores: encuentras una historia magnífica, vas a las fuentes originales y descubres que no encaja.
—Ferdinand Pecora, el fiscal de la Gran Depresión, convirtió prácticas hasta entonces toleradas en comportamientos políticamente inadmisibles. ¿Las grandes reformas financieras nacen de descubrir delitos o de cambiar aquello que una sociedad considera moralmente aceptable?
—De lo segundo. Del cambio en lo que la sociedad considera moralmente aceptable. El uso de información privilegiada, por ejemplo, era legal entonces. Busqué cartas entre grandes figuras de las finanzas en las que alguien dijera: «No voy a participar en esto porque considero que está mal». Quería encontrar a alguien que, en aquel preciso momento, rechazara una práctica no porque fuera ilegal, sino porque la consideraba moralmente inaceptable. No encontré a esas personas. Y eso me parece significativo. Se produjo un verdadero cambio en aquello que la sociedad consideraba aceptable.
—En ‘1929’ se repite una secuencia: innovación, entusiasmo, crédito, nuevos inversores, la creencia de que las viejas reglas ya no sirven y, finalmente, euforia. ¿En qué punto estamos hoy con la inteligencia artificial?
—En todos. Probablemente estamos ya en la fase de euforia.
—Pero hay una diferencia evidente: la inteligencia artificial puede transformar realmente la productividad.
—También podía hacerlo la radio, que estaba popularizándose, en 1929. Y lo hizo. No estoy diciendo que la IA no vaya a ser una gran tecnología ni que no vaya a quedarse para siempre. Imagino que lo hará. La pregunta es cuánto vale.
—¿Cómo se distingue entonces una revolución tecnológica auténtica de una valoración financiera delirante construida alrededor de ella?
—Podemos reconocer las dos cosas simultáneamente. Podemos aceptar que estamos ante una tecnología extraordinaria, capaz de cambiar nuestras vidas y transformarlas, y al mismo tiempo admitir que la economía de esas tecnologías quizá no justifique las valoraciones actuales. Cuando vemos empresas que cotizan a 50 o 100 veces sus ingresos –y hablo de ingresos, ni siquiera de beneficios– lo que estamos haciendo es traer al presente una enorme cantidad del valor futuro de esa compañía. Eso nos dice hasta qué punto ese futuro ya está incorporado al precio.
—Después de escribir ‘1929’, propone la humildad como antídoto contra la euforia. ¿Sobre qué certeza económica actual sospecha que estamos demasiado seguros?
—Creo que sigue existiendo una enorme complacencia respecto a la deuda, especialmente la deuda soberana. Algún día los mercados mundiales de deuda van a estallar por completo y, cuando miremos hacia atrás, todo nos parecerá tremendamente obvio. Diremos: «Claro. Teníamos toda esta deuda. Era una locura». Y, sin embargo, habrá ocurrido de todas formas.

