<p>Corría el año 2017 cuando un artículo de la revista <i>New York </i>puso a <a href=»https://www.elmundo.es/loc/famosos/2024/09/05/66d9be40e85eced3768b458a.html»>Anna Delvey</a> en el mapa. <strong>Jessica Pressler,</strong> la periodista encargada de la investigación, reveló cómo la presunta heredera de un millonario alemán llevó el arte de la estafa a una <strong>nueva dimensión</strong>. Durante un par de años se movió en las altas esferas y entre la élite cultural de Manhattan con una identidad ficticia, engañando a propios y extraños. <strong>Vivió de préstamos impagados</strong> y de promesas falsas hasta que su castillo en el aire se desmoronó y acabó en prisión. Casi 10 años después, la misma revista ha desenmascarado <strong>a otra artista del engaño </strong>que se hizo un hueco entre la jet-set neoyorquina y las familias de dinero de Florida. Que tomen nota en Netflix.</p>
Tenía casi 60 años, vestía ropa barata y no tenía estudios, pero consiguió estafar a las altas esferas de EE.UU haciéndose pasar por una Cartier. Su caso recuerda al de la timadora rusa Anna Sorokin.
Corría el año 2017 cuando un artículo de la revista New York puso a Anna Delvey en el mapa. Jessica Pressler, la periodista encargada de la investigación, reveló cómo la presunta heredera de un millonario alemán llevó el arte de la estafa a una nueva dimensión. Durante un par de años se movió en las altas esferas y entre la élite cultural de Manhattan con una identidad ficticia, engañando a propios y extraños. Vivió de préstamos impagados y de promesas falsas hasta que su castillo en el aire se desmoronó y acabó en prisión. Casi 10 años después, la misma revista ha desenmascarado a otra artista del engaño que se hizo un hueco entre la jet-set neoyorquina y las familias de dinero de Florida. Que tomen nota en Netflix.
Se llama Andrea Bartzen y su historial de engaños, subterfugios y estratagemas es casi tan legendaria como la de Anna Sorokin, el verdadero nombre de Delvey. Durante más de dos décadas se ha hecho pasar por quien no es, colándose en galas benéficas y fiestas exclusivas en los Hamptons, la zona de veraneo de las clases adineradas de Nueva York. Con el tiempo, se fabricó sus propios fastos para estafar a inocentes contribuyentes a sus causas, se alió con un falso Rockefeller —otro charlatán cuyo verdadero apellido es Tomasko— para seguir viviendo del cuento, y hasta se añadió el apellido Cartier a su cuenta de LinkedIn para dar aún más el pego.
Claro que el suyo no es un perfil sofisticado o llamativo como el Delvey. Se le notaba el deje vulgar y la ropa barata con la que se presentaba en determinadas fiestas. Era, además, mucho mayor que Delvey, ahora rondando los 60 años. No tuvo problema, sin embargo, para esquivar durante años el enclenque sistema de detección de farsantes de la alta burguesía americana. Y eso que ya había dejado un amplio reguero de pistas previas. Antes de codearse con la élite de los Hamptons, Bartzen había sido okupa en un piso de Londres propiedad de su antigua jefa. Pese a aparentar que tenía dinero y que estaba sentada en la cima del mundo, en 2014 estaba tan desesperada, sin un centavo, que aceptó un trabajo de asistente personal de Anna Rothschild, una publicista que le pagaba 20 dólares la hora.
Apenas duró unos meses como su empleada, pero cinco años más tarde volvió a aparecer en escena. De nuevo, con la misma cantinela: necesitaba dinero. «Me suplicó», recuerda Rothschild. «Estaba sin casa, sin dinero, ni trabajo ni un lugar donde vivir». A Rothschild se le ocurrió que quizá podía vivir en un apartamento que tenía en Londres mientras se terminaba de vender, con la condición de que no estuviera presente cuando lo enseñaran.
Bartzen accedió pero hizo lo contrario. No solo no se marchaba cuando tenía que hacerlo, sino que a uno de los interesados en el piso lo recibió con las piernas abiertas y sin bragas. Estaba claro que su plan pasaba por boicotear la venta. Tuvo que viajar Rothschild cuatro meses después para echarla a la calle.
Fue entonces cuando empezó a atar el resto de cabos sueltos. Entendió que ni Bartzen había estudiado en MIT —una de las universidades más prestigiosas del mundo— ni tenía conexiones en el mundo de la biotecnología, como iba diciendo a su entorno. «Todo lo que ha salido de su boca ha sido totalmente inventado», dijo a New York. Mayor fue la sorpresa aún cuando la vio aparecer de nuevo, dos años más tarde, tomando cócteles en los yates de los Hamptons. Entonces se movía entre Long Island y Miami, donde estafó a una profesora de pilates. Le alquiló un apartamento que no era suyo y cuyo dueño era un italiano que también se llamaba Andrea y cuyo apellido empezaba por B.
En Nueva York se seguía colando en fiestas que por las que se pagaban miles de dólares por entrar. En varias ocasiones la descubrieron y la echaron a la calle, pero Bartzen seguía insistiendo. En una de esas, en Palm Beach, conoció a un presunto Rockefeller, Matthew, su perfecto complemento. Se aliaron en la estafa para quedarse con las donaciones de los ultrarricos a causas inventadas. En una ocasión, convocaron a 300 personas a un yate sin pagarle al dueño por usarlo. Bartzen tuvo que suplicarle a uno de los asistentes para que abonara una parte de los 40.000 dólares que pedía el propietario para poder subir al barco, un dinero que no volvió a ver nunca más.
Bartzen no parece haber escarmentado. En febrero se coló en una boda en Palm Beach y se hizo pasar por la mejor amiga de la novia. Cuando la madre descubrió el engaño, no se anduvo con chiquitas. «Lárgate de una puta vez», le soltó. Volverá a intentarlo, con seguridad.
LOC
