El verano eran las chicas en bañador en mi piscina. El verano era el azul cielo, que mis padres estuvieran trabajando en Barcelona y que yo tuviera la finca para mis amigos, y Miguela preparando el aperitivo. Sentirme de todas las edades, y todas en su versión más eufórica: todavía un niño en los juegos acuáticos, un adolescente mirando los bikinis de mis amigas y si el agua transparentaba un poco de teta, y un adulto presumiendo de la propiedad y de lo bueno que era lo que nos servía Miguela.El verano era que una chica se te acercara en la piscina para hablarte pero que tú no pudieras escuchar ni una palabra, sólo un zumbido en tu cerebro. El sol a través de su pelo mojado, y las gotas en su piel como espejitos de plata. La boca de una chica cuando la miras muy cerca. El momento estelar de cuando Miguela servía los aperitivos y me podía hacer el grande porque algunas de mis amigas no habían probado nunca las almejas. Ni el champán. Cuando desde muy pequeño puedes saciarte, aprendes a usar el lujo para lo único que realmente sirve, que es para impresionar a los patanes y a las chicas.Pero cuando al cabo de un rato, y con el impudor que dan dos copas de champán, las chicas se quitaban el bikini delante de todos para ponerse una camiseta seca, yo volvía a ser el niño perdido en el zumbido y volvía a no servirme ninguno de mis trucos.La que era la más bonita, fumaba. Antes fumar no daba cáncer, daba morbo. Que una chica de 15 encendiera un Marlboro, yo que era un mojigato, temeroso de Dios y sobre todo de mis padres, lo veía como una transgresión que a la vez me escandalizaba y me calentaba. Anabel era todo lo que yo imaginaba de las chicas sin haber tocado a ninguna. Y lejos de tener la situación bajo control, en un momento del aperitivo vi que estaba a pocos segundos de que se notara mi entusiasmo, y por evitar la escena, dejé la copa para tirarme a la piscina. Pero estaba tan nervioso por todo lo que Anabel hacía, que tropecé con algo y me di un golpe en la cabeza. Sangre en el agua, Miguela oyó los gritos y enseguida se abrió paso. Determinó que tenía que verme el médico y mandó a todos a casa pero Anabel quiso quedarse y al principio me dio mucha vergüenza que me viera herido pero me acompañó al ambulatorio.Como siempre Miguela tenía razón y tuvieron que darme algunos puntos. Anabel permaneció a mi lado todo el rato, tomándome la mano, y yo al principio quería hacerme el valiente pero me daba tanto miedo que me pincharan que no pude disimular. Ya no olía a tabaco, ya no intentaba mirar a través de su camiseta, ya no estaba nervioso en su presencia y me dejé llevar por sus caricias, por su manera de mirarme, y hoy me sorprende recordar que el que yo era entonces podía algunas veces no pensar en nada. Al salir me dio uno de mis polos porque el que llevaba estaba manchado de sangre y ella se había dado cuenta y antes de salir le había pedido uno limpio a Miguela.«Que una chica de 15 encendiera un Marlboro, yo que era un mojigato, temeroso de Dios y sobre todo de mis padres, lo veía como una transgresión que a la vez escandalizaba y me calentaba»Cuando mis padres llamaron, Miguela dijo ya contesto yo, y no les explicó nada del accidente porque sabía que tenían una cena y la idea de quedarse a dormir en Barcelona. Anabel y yo pasamos la tarde abrazados en la piscina; yo no podía mojarme la cabeza, ella me cuidaba y me excitaba, una intuición procaz y una cura con una gasa si me dolía. Al atardecer nos echamos en la cama de mi abuela y yo continuaba sin pensar porque Anabel se hacía cargo de todo mi ser. Sólo pude ver su lento pelo negro cuando paró un instante para decirme: «Ahora vendrá algo que te hará sentir muy bien». Y mis largos años de inocencia terminaron. El verano eran las chicas en bañador en mi piscina. El verano era el azul cielo, que mis padres estuvieran trabajando en Barcelona y que yo tuviera la finca para mis amigos, y Miguela preparando el aperitivo. Sentirme de todas las edades, y todas en su versión más eufórica: todavía un niño en los juegos acuáticos, un adolescente mirando los bikinis de mis amigas y si el agua transparentaba un poco de teta, y un adulto presumiendo de la propiedad y de lo bueno que era lo que nos servía Miguela.El verano era que una chica se te acercara en la piscina para hablarte pero que tú no pudieras escuchar ni una palabra, sólo un zumbido en tu cerebro. El sol a través de su pelo mojado, y las gotas en su piel como espejitos de plata. La boca de una chica cuando la miras muy cerca. El momento estelar de cuando Miguela servía los aperitivos y me podía hacer el grande porque algunas de mis amigas no habían probado nunca las almejas. Ni el champán. Cuando desde muy pequeño puedes saciarte, aprendes a usar el lujo para lo único que realmente sirve, que es para impresionar a los patanes y a las chicas.Pero cuando al cabo de un rato, y con el impudor que dan dos copas de champán, las chicas se quitaban el bikini delante de todos para ponerse una camiseta seca, yo volvía a ser el niño perdido en el zumbido y volvía a no servirme ninguno de mis trucos.La que era la más bonita, fumaba. Antes fumar no daba cáncer, daba morbo. Que una chica de 15 encendiera un Marlboro, yo que era un mojigato, temeroso de Dios y sobre todo de mis padres, lo veía como una transgresión que a la vez me escandalizaba y me calentaba. Anabel era todo lo que yo imaginaba de las chicas sin haber tocado a ninguna. Y lejos de tener la situación bajo control, en un momento del aperitivo vi que estaba a pocos segundos de que se notara mi entusiasmo, y por evitar la escena, dejé la copa para tirarme a la piscina. Pero estaba tan nervioso por todo lo que Anabel hacía, que tropecé con algo y me di un golpe en la cabeza. Sangre en el agua, Miguela oyó los gritos y enseguida se abrió paso. Determinó que tenía que verme el médico y mandó a todos a casa pero Anabel quiso quedarse y al principio me dio mucha vergüenza que me viera herido pero me acompañó al ambulatorio.Como siempre Miguela tenía razón y tuvieron que darme algunos puntos. Anabel permaneció a mi lado todo el rato, tomándome la mano, y yo al principio quería hacerme el valiente pero me daba tanto miedo que me pincharan que no pude disimular. Ya no olía a tabaco, ya no intentaba mirar a través de su camiseta, ya no estaba nervioso en su presencia y me dejé llevar por sus caricias, por su manera de mirarme, y hoy me sorprende recordar que el que yo era entonces podía algunas veces no pensar en nada. Al salir me dio uno de mis polos porque el que llevaba estaba manchado de sangre y ella se había dado cuenta y antes de salir le había pedido uno limpio a Miguela.«Que una chica de 15 encendiera un Marlboro, yo que era un mojigato, temeroso de Dios y sobre todo de mis padres, lo veía como una transgresión que a la vez escandalizaba y me calentaba»Cuando mis padres llamaron, Miguela dijo ya contesto yo, y no les explicó nada del accidente porque sabía que tenían una cena y la idea de quedarse a dormir en Barcelona. Anabel y yo pasamos la tarde abrazados en la piscina; yo no podía mojarme la cabeza, ella me cuidaba y me excitaba, una intuición procaz y una cura con una gasa si me dolía. Al atardecer nos echamos en la cama de mi abuela y yo continuaba sin pensar porque Anabel se hacía cargo de todo mi ser. Sólo pude ver su lento pelo negro cuando paró un instante para decirme: «Ahora vendrá algo que te hará sentir muy bien». Y mis largos años de inocencia terminaron. 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El verano eran las chicas en bañador en mi piscina. El verano era el azul cielo, que mis padres estuvieran trabajando en Barcelona y que yo tuviera la finca para mis amigos, y Miguela preparando el aperitivo. Sentirme de todas las edades, y todas en … su versión más eufórica: todavía un niño en los juegos acuáticos, un adolescente mirando los bikinis de mis amigas y si el agua transparentaba un poco de teta, y un adulto presumiendo de la propiedad y de lo bueno que era lo que nos servía Miguela.
El verano era que una chica se te acercara en la piscina para hablarte pero que tú no pudieras escuchar ni una palabra, sólo un zumbido en tu cerebro. El sol a través de su pelo mojado, y las gotas en su piel como espejitos de plata. La boca de una chica cuando la miras muy cerca. El momento estelar de cuando Miguela servía los aperitivos y me podía hacer el grande porque algunas de mis amigas no habían probado nunca las almejas. Ni el champán. Cuando desde muy pequeño puedes saciarte, aprendes a usar el lujo para lo único que realmente sirve, que es para impresionar a los patanes y a las chicas.
Pero cuando al cabo de un rato, y con el impudor que dan dos copas de champán, las chicas se quitaban el bikini delante de todos para ponerse una camiseta seca, yo volvía a ser el niño perdido en el zumbido y volvía a no servirme ninguno de mis trucos.
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La que era la más bonita, fumaba. Antes fumar no daba cáncer, daba morbo. Que una chica de 15 encendiera un Marlboro, yo que era un mojigato, temeroso de Dios y sobre todo de mis padres, lo veía como una transgresión que a la vez me escandalizaba y me calentaba. Anabel era todo lo que yo imaginaba de las chicas sin haber tocado a ninguna. Y lejos de tener la situación bajo control, en un momento del aperitivo vi que estaba a pocos segundos de que se notara mi entusiasmo, y por evitar la escena, dejé la copa para tirarme a la piscina. Pero estaba tan nervioso por todo lo que Anabel hacía, que tropecé con algo y me di un golpe en la cabeza. Sangre en el agua, Miguela oyó los gritos y enseguida se abrió paso. Determinó que tenía que verme el médico y mandó a todos a casa pero Anabel quiso quedarse y al principio me dio mucha vergüenza que me viera herido pero me acompañó al ambulatorio.
Como siempre Miguela tenía razón y tuvieron que darme algunos puntos. Anabel permaneció a mi lado todo el rato, tomándome la mano, y yo al principio quería hacerme el valiente pero me daba tanto miedo que me pincharan que no pude disimular. Ya no olía a tabaco, ya no intentaba mirar a través de su camiseta, ya no estaba nervioso en su presencia y me dejé llevar por sus caricias, por su manera de mirarme, y hoy me sorprende recordar que el que yo era entonces podía algunas veces no pensar en nada. Al salir me dio uno de mis polos porque el que llevaba estaba manchado de sangre y ella se había dado cuenta y antes de salir le había pedido uno limpio a Miguela.
«Que una chica de 15 encendiera un Marlboro, yo que era un mojigato, temeroso de Dios y sobre todo de mis padres, lo veía como una transgresión que a la vez escandalizaba y me calentaba»
Cuando mis padres llamaron, Miguela dijo ya contesto yo, y no les explicó nada del accidente porque sabía que tenían una cena y la idea de quedarse a dormir en Barcelona. Anabel y yo pasamos la tarde abrazados en la piscina; yo no podía mojarme la cabeza, ella me cuidaba y me excitaba, una intuición procaz y una cura con una gasa si me dolía. Al atardecer nos echamos en la cama de mi abuela y yo continuaba sin pensar porque Anabel se hacía cargo de todo mi ser. Sólo pude ver su lento pelo negro cuando paró un instante para decirme: «Ahora vendrá algo que te hará sentir muy bien». Y mis largos años de inocencia terminaron.
