Musa de las causas abolidas

La primera vez que vi a Patti Smith fue en el anfiteatro Gabriela Mistral, en Casa de América, hace casi quince años. Se presentó en el escenario del Palacio de Linares, en Madrid, con una taza de cerámica en la mano derecha y el micrófono en la izquierda. Habló del novelista chileno Roberto Bolaño, ya convertido tras su muerte en un santo laico. Patti Smith se refirió a él por su nombre de pila. «Nunca conocí a Roberto, pero me gusta llamarlo Roberto». La noticia del premio Princesa de Asturias de las Artes para la musa del punk es, sin duda, la constatación de una ley: el discurso hegemónico empieza como rebeldía y acaba en homenaje. Patti Smith es el mito que se restituye cada tanto. Una reliquia que junta sus pedazos ante nuestros ojos deseosos de creer. Patti Smith , la abuela del ‘spoken word’, la voz rota del punk, la andrógina musa de Mapplethorpe y jinete travestido de ‘Horses’ (1975) . Todo en ella es ortopédico. Sí, ortopédico, nostálgico y compensatorio, eso que experimenta la furia cuando ya no ocurre por primera vez. Noticia relacionada opinion No No Patti Smith: la rebeldía de crear, amar y no pedir permiso Preslava BonevaAlgo en esta mujer -su música, sus memorias, su poesía- la hace, a la vez, confesional e impostora. Alguien que lucha en el cuadrilátero de su propia celebridad, regalándonos lo mejor de sí misma en cada asalto. Alguien que lo ha vivido todo, difícilmente puede aportar algo realmente inédito. Sin embargo, el hecho de que vuelva a intentarlo, que resucite en el gesto de narrarlo, parece conquistar al público de la generación siguiente, que por no conocerla, da por inéditas sus obcecaciones. Porque eso es lo que siempre ha sido Patti Smith: una vestal que hornea galletitas con la receta neoyorquina de La factoría y renueva su sabor con un ingrediente distinto de sí misma y otro que coge para sí en el camino: Hendrix, Kurt Cobain, Roberto Bolaño. Esta señora todo lo aprovecha y lo envejece en beneficio propio. Es la musa de las causas, no ya perdidas, sino abolidas. La primera vez que vi a Patti Smith fue en el anfiteatro Gabriela Mistral, en Casa de América, hace casi quince años. Se presentó en el escenario del Palacio de Linares, en Madrid, con una taza de cerámica en la mano derecha y el micrófono en la izquierda. Habló del novelista chileno Roberto Bolaño, ya convertido tras su muerte en un santo laico. Patti Smith se refirió a él por su nombre de pila. «Nunca conocí a Roberto, pero me gusta llamarlo Roberto». La noticia del premio Princesa de Asturias de las Artes para la musa del punk es, sin duda, la constatación de una ley: el discurso hegemónico empieza como rebeldía y acaba en homenaje. Patti Smith es el mito que se restituye cada tanto. Una reliquia que junta sus pedazos ante nuestros ojos deseosos de creer. Patti Smith , la abuela del ‘spoken word’, la voz rota del punk, la andrógina musa de Mapplethorpe y jinete travestido de ‘Horses’ (1975) . Todo en ella es ortopédico. Sí, ortopédico, nostálgico y compensatorio, eso que experimenta la furia cuando ya no ocurre por primera vez. Noticia relacionada opinion No No Patti Smith: la rebeldía de crear, amar y no pedir permiso Preslava BonevaAlgo en esta mujer -su música, sus memorias, su poesía- la hace, a la vez, confesional e impostora. Alguien que lucha en el cuadrilátero de su propia celebridad, regalándonos lo mejor de sí misma en cada asalto. Alguien que lo ha vivido todo, difícilmente puede aportar algo realmente inédito. Sin embargo, el hecho de que vuelva a intentarlo, que resucite en el gesto de narrarlo, parece conquistar al público de la generación siguiente, que por no conocerla, da por inéditas sus obcecaciones. Porque eso es lo que siempre ha sido Patti Smith: una vestal que hornea galletitas con la receta neoyorquina de La factoría y renueva su sabor con un ingrediente distinto de sí misma y otro que coge para sí en el camino: Hendrix, Kurt Cobain, Roberto Bolaño. Esta señora todo lo aprovecha y lo envejece en beneficio propio. Es la musa de las causas, no ya perdidas, sino abolidas.  RSS de noticias de cultura

Karina Sainz Borgo

La primera vez que vi a Patti Smith fue en el anfiteatro Gabriela Mistral, en Casa de América, hace casi quince años. Se presentó en el escenario del Palacio de Linares, en Madrid, con una taza de cerámica en la mano derecha y el micrófono … en la izquierda. Habló del novelista chileno Roberto Bolaño, ya convertido tras su muerte en un santo laico. Patti Smith se refirió a él por su nombre de pila. «Nunca conocí a Roberto, pero me gusta llamarlo Roberto». La noticia del premio Princesa de Asturias de las Artes para la musa del punk es, sin duda, la constatación de una ley: el discurso hegemónico empieza como rebeldía y acaba en homenaje. Patti Smith es el mito que se restituye cada tanto. Una reliquia que junta sus pedazos ante nuestros ojos deseosos de creer. Patti Smith, la abuela del ‘spoken word’, la voz rota del punk, la andrógina musa de Mapplethorpe y jinete travestido de ‘Horses’ (1975). Todo en ella es ortopédico. Sí, ortopédico, nostálgico y compensatorio, eso que experimenta la furia cuando ya no ocurre por primera vez.

 

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