Cada vez que acudía al estudio de Julio Romero de Torres para posar la atacaba como un loco. Muchos días le rompía los tirantes de la combinación cuando salía corriendo del taller al que, a pesar de todo, acudía a posar, rezando para que su familia no la dejase sola con el pintor cordobés. Jamás se lo contó a su padre para evitar un escándalo de primera magnitud en Córdoba, ya que tenía negocios con el hermano del artista, y no convenía airear su obsesión con la mujer a la que hizo famosa gracias a sus cuadros y que sólo la logró poseer con su mirada, a pesar de la fama de puta que se ganó.
La fijación de Julio Romero de Torres por Tere López le granjeó una fama de puta que le persiguió hasta el final de sus días. La sociedad, su familia y su marido jamás la creyeron. Al final de sus días el pintor trató de limpiar su reputación colocando en su último cuadro su cara en el cuerpo de una monja. El autor de ‘Piconera’ recoge esta historia.
Cada vez que acudía al estudio de Julio Romero de Torres para posar la atacaba como un loco. Muchos días le rompía los tirantes de la combinación cuando salía corriendo del taller al que, a pesar de todo, acudía a posar, rezando para que su familia no la dejase sola con el pintor cordobés. Jamás se lo contó a su padre para evitar un escándalo de primera magnitud en Córdoba, ya que tenía negocios con el hermano del artista, y no convenía airear su obsesión con la mujer a la que hizo famosa gracias a sus cuadros y que sólo la logró poseer con su mirada, a pesar de la fama de puta que se ganó.
Un hecho que le destrozó para siempre la vida, sin tan siquiera haber rozado con sus manos el cuerpo de su retratista, que una y otra vez, obsesionado por la frescura e inocencia de aquella joven de 15 años, la citaba en su estudio no solo para pintarla, sino para tratar de poseerla, creyendo que nadie se resistiría al todopoderoso pintor, como siempre lo hizo Tere López, que en ocasiones contaba con una aliada, la mujer de Romero de Torres. Doña Francisca Pellicer López, escamada con esa extraña relación, siempre estaba al acecho y entraba en el estudio con cualquier disculpa, poniendo de mal humor al amante frustrado.
Aunque conozcamos poco o nada de su vida, la importancia de Tere López en la obra del pintor es absoluta. No sólo es la modelo de su obra cumbre, la imagen de La Fuensanta, que saldrá en los billetes de 100 pesetas acuñados en 1953, o la figura de dos de los diez sellos que se emiten en 1965, como La chiquita piconera y La niña de la jarra, es muy a su pesar también la protagonista de la conocida copla de Rafael de León y Nicolás Callejón que destroza su vida por insinuar un falso romance del que toda la sociedad cordobesa hablaba, sin saber lo que verdaderamente había ocurrido dentro de las paredes del taller de Julio Romero de Torres.
Un pintor con merecida fama de mujeriego que llevaba una doble vida: la que hacía en Córdoba como intachable padre de familia, y la que llevaba en Madrid, como un auténtico seductor de modelos y damas de la sociedad, que se divertía con los escritores más relevantes de la bohemia, entre ellos Valle-Inclán, padre del esperpento, con quien pasaba las madrugadas.
Las habladurías sobre las corredurías del artista, imprescindible en todos los saraos de la capital de la Villa y Corte, llegaron finalmente a Córdoba. Un hecho que, unido a la fijación que tenía por la modelo, provoca que circule un rumor que se da como hecho cierto: la pareja vive un tórrido, intenso y adúltero romance. Esta afirmación causa un daño irreparable a Tere, mucho más joven que el artista. Las habladurías se cuelan en su propio hogar, hasta el punto de desatar en su padre actos violentos sobre su cuerpo, harto de las murmuraciones que la acusaban de haberse acostado con el pintor cordobés que tanta fama tenía.
Para acabar con los chascarrillos del mentidero cordobés el padre acuerda una boda para restaurar así su dignidad. Un hecho que no logró fructificar del todo, ya que ni siquiera su novio confiaba en la virginidad de Teresa. Estaba seguro de que se había acostado con el pintor y le obligó a mantener sexo con él antes de casarse para comprobar que estaba intacta. Así resultó para su tranquilidad, hasta que, en 1929, a Julio Romero de Torres le encargan una ambiciosa exhibición de sus obras para la Exposición Iberoamericana que se iba a celebrar en Sevilla. Obsesionado con su joven musa, Romero de Torres logra, para desgracia de su marido, pintarla una vez más. Crea una obra de absoluta sensualidad que revoluciona la pintura y da un erotismo universal a la belleza cordobesa: La chiquita piconera.
Esa mujer, atizando el picón y clavando su mirada a quien la observaba, destilaba tal sensualidad que no hubo quien quedara sin ir a maravillarse ante semejante cuadro. Como consecuencia del impacto provocado por el lienzo el marido se siente humillado. El matrimonio, ya infernal, fue aún a peor. La modelo tuvo que soportar la vejación que le suponía el que su esposo la tratase como a una mujer de la calle y la obligara a acostase con sus amigos, amén de la gran cantidad de palizas que recibía.
Por su parte, Julio Romero de Torres seguía obsesionado con la joven. Peregrina de bar en bar ahogando su rabia en alcohol por no poder tenerla. Así se lo confiesa, en una de esas noches de desenfreno, a un joven compositor de coplas, Nicolás Callejón, quien tomó buena nota de la amargura que sentía el artista y compuso una copla con letra de Rafael de León que le costó una paliza de muerte propiciada por el marido de Tere López, harto de que le cantarán la canción en la que se tachaba de casquivana a su mujer al pasar por la calle.
Sumido en la etapa más oscura de su vida, Julio Romero de Torres llega así a la época final de su trayectoria vital en la que, consciente del daño que le ha causado a su deseada modelo, pone a trabajar a sus pinceles al servicio de su propia expiación y comienza a pintar su último cuadro, ya muy enfermo.
Su idea pictórica fue la de colocar el rostro de su amor platónico dentro de los hábitos de una monja. El objetivo de esta nueva obra ya no era la de aquel fogoso artista que deseaba satisfacer sus anhelos sexuales con la famosa piconera, era el de poder reparar todo el mal y el daño que le causó y que el mundo recordara a esta mujer como lo que verdaderamente fue y nunca pudo demostrar: una chica inocente, inmaculada y libre de pecado que jamás sucumbió a los encantos de quien en aquella época no había hembra que se le resistiera.
Tere, ilusionada, aceptó el reto. Por fin podría recuperar su dignidad de manos del hombre que había destrozado su reputación. Sin embargo, Julio Romero de Torres murió antes de terminar el lienzo. Hoy esa obra es un cuadro póstumo e inconcluso que con toda seguridad descansa en el depósito del museo del pintor en Córdoba, ajeno a la admiración y escrutinio de los visitantes, por lo tanto, la reputación de la famosa Chiquita piconera sigue bajo llave, escondida tras los cuadros que tan buena fama dieron al pintor Romero de Torres y tan mala a su modelo. Toda una maldición
A Tere, ser la modelo del pintor le arruinó su vida y no le trajo ningún beneficio. «Ha sido todo utilizarme y todo el mundo aprovecharse de mí. Mi imagen está más que vista. ¡Son tantas cosas en las que salgo! ¡Por todos lados que voy me veo! Y yo no he recibido nada. Yo no tengo nada, nada, que agradecerle a nadie. A nadie», dijo. Le hubiera gustado ser guitarrista, escritora o cantante. Sin embargo, pasó su vida regentando la pensión, también trabajando de costurera y peluquera. Nunca jamás volvió a estar con ningún hombre.
En su vejez, Tere López iba todos los domingos a misa a la Catedral de Córdoba con un pañuelo en la cabeza. Los adultos la seguían señalando y contándole a los niños: «Esa señora es La chiquita piconera, del cuadro de Julio Romero de Torres».
LOC (La Otra Crónica). Noticias del corazón


