El principio del fin ha sido este 31 de julio, con el estreno de ‘Petal’, el single de Ariana Grande que otorga también nombre a su nuevo disco. Sin embargo, en cuestión de horas, la conversación dejó de girar en torno a la canción y al videoclip para concentrarse, una vez más, en el aspecto físico de la artista. El hecho de que esta delgadez sea perceptible no impide distinguir entre describir una realidad y convertirla en un espectáculo, una frontera que, en el caso de Grande y otras artistas, parece difuminarse con cada aparición pública. Cuatro días después fue fotografiada a la salida de una cafetería en Montreal y esas imágenes volvieron a generar comentarios en redes sociales sobre su estado físico. Esa misma semana, su representante confirmó que la cantante se alejará de la vida pública tras su último concierto de la gira. Según el comunicado de su equipo, la decisión responde a un «escrutinio público interminable» y supondrá, entre otras cosas, su renuncia a participar en el musical ‘Sunday in the Park with George’.Ariana aprovechó su concierto en Chicago para matizar ese relato: aseguró que la pausa no fue una reacción impulsiva, sino que llevaba tiempo planificada y respondía a una decisión personal de bienestar, no a una reacción a las críticas recientes. La reacción alrededor del cuerpo de Ariana Grande responde a una lógica cultural que Naomi Wolf describió en ‘El mito de la belleza’ (Continta Me Tienes): la belleza como un sistema de vigilancia que mantiene a las mujeres sometidas a una evaluación constante, convicción reforzada por lo la socióloga Rosalind Gill asegura; que la cultura mediática contemporánea ha instalado un régimen de control permanente sobre el cuerpo femenino en el que la feminidad se define por apariencia física. Lo ocurrido con Ariana Grande reproduce precisamente ese mecanismo. Una mujer puede ser admirada por lo que hace y, al mismo tiempo, juzgada por cómo ocupa su propio cuerpo. Para sorpresa de nadie, esto no es nuevo. Nos encontramos ante la enésima vuelta de tuerca a un mecanismo que la cultura popular lleva décadas ensayando con sus mujeres más visibles: se las venera, se las diseca y, cuando ya no aguantan más, se les pide que expliquen con calma y sin dramatismo por qué se van.El pecado de ser perfectaPara encontrar el origen de este guion hay que retroceder casi un siglo, hasta antes de que existiera siquiera la palabra «celebridad» tal como la usamos hoy. En 1929, una joven de Brooklyn de veintitrés años llamada Clara Bow recibía, solo en el estudio de Paramount, más de 45.000 cartas de admiradores al mes. La habían apodado ‘It Girl’, por la película que la había consagrado dos años antes y se había convertido en el primer ejemplar de una caricatura que Hollywood acababa de inventar: la estrella cuya vida privada valía, para el negocio, tanto como su talento.Clara Bow en la película ‘The «It» Girl’ Paramount PictureCon ella los estudios aprendieron algo que nunca olvidarían: el escándalo vendía más periódicos que las películas, así que sus propios ejecutivos alimentaron la cobertura sensacionalista sobre sus embarazos, sus rupturas y su fragilidad mental. Su contrato incluía una cláusula moral: solo cobraría un depósito de 55.000 dólares si se comportaba «como una dama» y se mantenía alejada de la prensa sensacionalista. En mayo de 1931 sufrió lo que entonces se llamaba «una crisis nerviosa», e ingresó en el Sanatorio Glendale; dos años después, a los veintiocho, se retiró del cine para siempre. En 1949 intentó quitarse la vida; fue diagnosticada con esquizofrenia y tratada con electroshock en una institución mental. Cuando Marilyn Monroe se suicidó en 1962, un periodista fue a buscar la reacción de aquella mujer casi olvidada, retirada en un rancho de Nevada, y obtuvo una frase que resume, con una precisión que todavía incomoda, todo lo que este reportaje intenta contar: «Ser un icono sexual es una carga pesada de llevar».Casi cien años después, Taylor Swift le dedicaría ‘Clara Bow’ una canción reconociéndose en ella, lo que sugiere que el espejo, lejos de romperse, simplemente cambia de dueñaNo hay manera de demostrar que Bow fuera la primera, pero fue pionera en sufrirlo dentro de una industria moderna, capaz de fabricar deseo a escala masiva y de convertir el colapso de una mujer en un producto editorial más. Casi cien años después, Taylor Swift le dedicaría ‘Clara Bow’ una canción reconociéndose en ella , lo que sugiere que el espejo, lejos de romperse, simplemente cambia de dueña.Judy Garland en la película ‘El mago de Oz’ Metro-Goldwyn-MayeJudy Garland cogió el relevo en 1935, cuando Louis B. Mayer la fichó para la Metro-Goldwyn-Mayer. Garland tenía trece años, y ya llevaba tres siendo medicada por su propia madre: anfetaminas por la mañana y somníferos por la noche para sostener el ritmo de los ensayos. A Garland la apodaban «pequeña jorobada» y le hacían llevar discos de goma en la nariz y fundas dentales para disimular su aspecto ante la cámara. Cuando la consideraron «demasiado gorda», el comedor del estudio recibió la orden de servirle solo caldo de pollo y requesón, mientras una red de informantes vigilaba lo que comía fuera del set. Ella misma lo resumiría años más tarde: «Desde los trece años hubo una lucha constante entre la Metro y yo». Garland pasaría el resto de su vida intentando librarse de una adicción que el propio estudio le había recetado antes de que terminara el instituto. Murió de una sobredosis de barbitúricos en el baño de su casa de Londres en 1969, a los cuarenta y siete años.Britney, ¿liberada?Retrocedamos esta vez a un no tan lejano 2007. Usted recordará perfectamente que Britney Spears se rapó la cabeza frente a una decena de paparazzi en una peluquería de Los Ángeles, en pleno divorcio y batalla por la custodia de sus hijos. Años más tarde, Spears retrataría en sus memorias que llevaba toda la vida siendo observada: «La gente me decía lo que pensaba de mi cuerpo desde que era adolescente», comentario que, después de el caso de Bow y Garland, no le debe sorprender.La cabeza rapada de Spears fue descrita por la prensa como «un colapso»; ella lo definió como un intento de recuperar el control sobre lo único que sentía como suyo. Hoy existen camisetas, tazas y memes con la frase «si Britney sobrevivió a 2007, tú puedes sobrevivir a este día», lo que dice bastante sobre nuestra capacidad de convertir el sufrimiento ajeno en ‘merchandising’ motivacional sin preguntarnos qué lo provocó.En 2013 le tocó a Anne Hathaway. Venía de ganar el Oscar a mejor actriz de reparto por su Fantine en ‘Los Miserables’ y de protagonizar, un par de años antes, ‘El diablo viste de Prada’; aun así se convirtió en el blanco de un odio tan extendido y tan gratuito que el New York Times le dedicó un titular preguntándose, literalmente, si de verdad la odiaban tanto, mientras la etiqueta ‘Hathahate’ se convertía en tendencia en Twitter y sus detractores se autobautizaban ‘hathahaters’. No la castigaban por hacer algo mal, sino, literalmente, por no darles ningún motivo para hacerlo. Para el crítico Neal Gabler «todo lo que hacía parecía gestionado, calculado, ensayado». Ocho años más tarde, en 2021, la tenista Naomi Osaka ofreció una versión más silenciosa del mismo colapso. Tenía apenas veinte años cuando ganó su primer Grand Slam, y con él llegó una presión que, contaría después, derivó en episodios de depresión sostenidos durante años. Cuando anunció que no daría ruedas de prensa en Roland Garros, explicó que, en su experiencia, el público rara vez tenía en cuenta el desgaste emocional de los deportistas, y que había visto a compañeras derrumbarse ante los micrófonos tras perder un partido. La federación la multó. Ella prefirió retirarse del torneo antes que seguir exponiéndose.La vigilancia sobre el cuerpoConviene no simplificar; también hay hombres célebres que se derrumban bajo el peso de la fama, pero hay un componente que rara vez recae con la misma intensidad sobre sus colegas varones. A un hombre célebre se le permite envejecer, engordar, cambiar; el cuerpo de una mujer célebre, en cambio, funciona como una pista, como la prueba de algo (una ruptura, una enfermedad, una crisis) que ella nunca ha anunciado. Selena Gomez, Billie Eilish, Chappell Roan : todas, en los últimos años, han tenido que salir a explicar por qué necesitaban poner distancia con sus seguidores o con las cámaras.Hay, además, un fenómeno que arropa a la multitud que reaccionó a las últimas fotos de Ariana Grande: buena parte de las cuentas que expresaban preocupación por su delgadez son las que analizan con lupa cada fotograma de ‘Petal’. El escrutinio y la preocupación suelen salir del mismo lugar, o de la misma persona. Es la lógica del documental ‘Framing Britney Spears’: el público que en 2007 se burlaba de una mujer rapándose la cabeza fue el mismo que organizó una campaña para exigir su libertad. Nadie asume del todo su parte en el circuito.Ariana Grande volverá, seguramente, con un disco, una foto en redes sociales o una película ya rodada. Alguien fotografiará su primera aparición pública, y antes de que termine el día sabremos de qué se hablará en los comentarios. Cuando eso ocurra, valdría la pena recordar aquella frase que una mujer prácticamente olvidada dijo hace más de sesenta años sobre otra estrella que ya no podía cargar con su propio cuerpo. Clara Bow no hablaba de Ariana Grande, claro. Pero podría. El principio del fin ha sido este 31 de julio, con el estreno de ‘Petal’, el single de Ariana Grande que otorga también nombre a su nuevo disco. Sin embargo, en cuestión de horas, la conversación dejó de girar en torno a la canción y al videoclip para concentrarse, una vez más, en el aspecto físico de la artista. El hecho de que esta delgadez sea perceptible no impide distinguir entre describir una realidad y convertirla en un espectáculo, una frontera que, en el caso de Grande y otras artistas, parece difuminarse con cada aparición pública. Cuatro días después fue fotografiada a la salida de una cafetería en Montreal y esas imágenes volvieron a generar comentarios en redes sociales sobre su estado físico. Esa misma semana, su representante confirmó que la cantante se alejará de la vida pública tras su último concierto de la gira. Según el comunicado de su equipo, la decisión responde a un «escrutinio público interminable» y supondrá, entre otras cosas, su renuncia a participar en el musical ‘Sunday in the Park with George’.Ariana aprovechó su concierto en Chicago para matizar ese relato: aseguró que la pausa no fue una reacción impulsiva, sino que llevaba tiempo planificada y respondía a una decisión personal de bienestar, no a una reacción a las críticas recientes. La reacción alrededor del cuerpo de Ariana Grande responde a una lógica cultural que Naomi Wolf describió en ‘El mito de la belleza’ (Continta Me Tienes): la belleza como un sistema de vigilancia que mantiene a las mujeres sometidas a una evaluación constante, convicción reforzada por lo la socióloga Rosalind Gill asegura; que la cultura mediática contemporánea ha instalado un régimen de control permanente sobre el cuerpo femenino en el que la feminidad se define por apariencia física. Lo ocurrido con Ariana Grande reproduce precisamente ese mecanismo. Una mujer puede ser admirada por lo que hace y, al mismo tiempo, juzgada por cómo ocupa su propio cuerpo. Para sorpresa de nadie, esto no es nuevo. Nos encontramos ante la enésima vuelta de tuerca a un mecanismo que la cultura popular lleva décadas ensayando con sus mujeres más visibles: se las venera, se las diseca y, cuando ya no aguantan más, se les pide que expliquen con calma y sin dramatismo por qué se van.El pecado de ser perfectaPara encontrar el origen de este guion hay que retroceder casi un siglo, hasta antes de que existiera siquiera la palabra «celebridad» tal como la usamos hoy. En 1929, una joven de Brooklyn de veintitrés años llamada Clara Bow recibía, solo en el estudio de Paramount, más de 45.000 cartas de admiradores al mes. La habían apodado ‘It Girl’, por la película que la había consagrado dos años antes y se había convertido en el primer ejemplar de una caricatura que Hollywood acababa de inventar: la estrella cuya vida privada valía, para el negocio, tanto como su talento.Clara Bow en la película ‘The «It» Girl’ Paramount PictureCon ella los estudios aprendieron algo que nunca olvidarían: el escándalo vendía más periódicos que las películas, así que sus propios ejecutivos alimentaron la cobertura sensacionalista sobre sus embarazos, sus rupturas y su fragilidad mental. Su contrato incluía una cláusula moral: solo cobraría un depósito de 55.000 dólares si se comportaba «como una dama» y se mantenía alejada de la prensa sensacionalista. En mayo de 1931 sufrió lo que entonces se llamaba «una crisis nerviosa», e ingresó en el Sanatorio Glendale; dos años después, a los veintiocho, se retiró del cine para siempre. En 1949 intentó quitarse la vida; fue diagnosticada con esquizofrenia y tratada con electroshock en una institución mental. Cuando Marilyn Monroe se suicidó en 1962, un periodista fue a buscar la reacción de aquella mujer casi olvidada, retirada en un rancho de Nevada, y obtuvo una frase que resume, con una precisión que todavía incomoda, todo lo que este reportaje intenta contar: «Ser un icono sexual es una carga pesada de llevar».Casi cien años después, Taylor Swift le dedicaría ‘Clara Bow’ una canción reconociéndose en ella, lo que sugiere que el espejo, lejos de romperse, simplemente cambia de dueñaNo hay manera de demostrar que Bow fuera la primera, pero fue pionera en sufrirlo dentro de una industria moderna, capaz de fabricar deseo a escala masiva y de convertir el colapso de una mujer en un producto editorial más. Casi cien años después, Taylor Swift le dedicaría ‘Clara Bow’ una canción reconociéndose en ella , lo que sugiere que el espejo, lejos de romperse, simplemente cambia de dueña.Judy Garland en la película ‘El mago de Oz’ Metro-Goldwyn-MayeJudy Garland cogió el relevo en 1935, cuando Louis B. Mayer la fichó para la Metro-Goldwyn-Mayer. Garland tenía trece años, y ya llevaba tres siendo medicada por su propia madre: anfetaminas por la mañana y somníferos por la noche para sostener el ritmo de los ensayos. A Garland la apodaban «pequeña jorobada» y le hacían llevar discos de goma en la nariz y fundas dentales para disimular su aspecto ante la cámara. Cuando la consideraron «demasiado gorda», el comedor del estudio recibió la orden de servirle solo caldo de pollo y requesón, mientras una red de informantes vigilaba lo que comía fuera del set. Ella misma lo resumiría años más tarde: «Desde los trece años hubo una lucha constante entre la Metro y yo». Garland pasaría el resto de su vida intentando librarse de una adicción que el propio estudio le había recetado antes de que terminara el instituto. Murió de una sobredosis de barbitúricos en el baño de su casa de Londres en 1969, a los cuarenta y siete años.Britney, ¿liberada?Retrocedamos esta vez a un no tan lejano 2007. Usted recordará perfectamente que Britney Spears se rapó la cabeza frente a una decena de paparazzi en una peluquería de Los Ángeles, en pleno divorcio y batalla por la custodia de sus hijos. Años más tarde, Spears retrataría en sus memorias que llevaba toda la vida siendo observada: «La gente me decía lo que pensaba de mi cuerpo desde que era adolescente», comentario que, después de el caso de Bow y Garland, no le debe sorprender.La cabeza rapada de Spears fue descrita por la prensa como «un colapso»; ella lo definió como un intento de recuperar el control sobre lo único que sentía como suyo. Hoy existen camisetas, tazas y memes con la frase «si Britney sobrevivió a 2007, tú puedes sobrevivir a este día», lo que dice bastante sobre nuestra capacidad de convertir el sufrimiento ajeno en ‘merchandising’ motivacional sin preguntarnos qué lo provocó.En 2013 le tocó a Anne Hathaway. Venía de ganar el Oscar a mejor actriz de reparto por su Fantine en ‘Los Miserables’ y de protagonizar, un par de años antes, ‘El diablo viste de Prada’; aun así se convirtió en el blanco de un odio tan extendido y tan gratuito que el New York Times le dedicó un titular preguntándose, literalmente, si de verdad la odiaban tanto, mientras la etiqueta ‘Hathahate’ se convertía en tendencia en Twitter y sus detractores se autobautizaban ‘hathahaters’. No la castigaban por hacer algo mal, sino, literalmente, por no darles ningún motivo para hacerlo. Para el crítico Neal Gabler «todo lo que hacía parecía gestionado, calculado, ensayado». Ocho años más tarde, en 2021, la tenista Naomi Osaka ofreció una versión más silenciosa del mismo colapso. Tenía apenas veinte años cuando ganó su primer Grand Slam, y con él llegó una presión que, contaría después, derivó en episodios de depresión sostenidos durante años. Cuando anunció que no daría ruedas de prensa en Roland Garros, explicó que, en su experiencia, el público rara vez tenía en cuenta el desgaste emocional de los deportistas, y que había visto a compañeras derrumbarse ante los micrófonos tras perder un partido. La federación la multó. Ella prefirió retirarse del torneo antes que seguir exponiéndose.La vigilancia sobre el cuerpoConviene no simplificar; también hay hombres célebres que se derrumban bajo el peso de la fama, pero hay un componente que rara vez recae con la misma intensidad sobre sus colegas varones. A un hombre célebre se le permite envejecer, engordar, cambiar; el cuerpo de una mujer célebre, en cambio, funciona como una pista, como la prueba de algo (una ruptura, una enfermedad, una crisis) que ella nunca ha anunciado. Selena Gomez, Billie Eilish, Chappell Roan : todas, en los últimos años, han tenido que salir a explicar por qué necesitaban poner distancia con sus seguidores o con las cámaras.Hay, además, un fenómeno que arropa a la multitud que reaccionó a las últimas fotos de Ariana Grande: buena parte de las cuentas que expresaban preocupación por su delgadez son las que analizan con lupa cada fotograma de ‘Petal’. El escrutinio y la preocupación suelen salir del mismo lugar, o de la misma persona. Es la lógica del documental ‘Framing Britney Spears’: el público que en 2007 se burlaba de una mujer rapándose la cabeza fue el mismo que organizó una campaña para exigir su libertad. Nadie asume del todo su parte en el circuito.Ariana Grande volverá, seguramente, con un disco, una foto en redes sociales o una película ya rodada. Alguien fotografiará su primera aparición pública, y antes de que termine el día sabremos de qué se hablará en los comentarios. Cuando eso ocurra, valdría la pena recordar aquella frase que una mujer prácticamente olvidada dijo hace más de sesenta años sobre otra estrella que ya no podía cargar con su propio cuerpo. Clara Bow no hablaba de Ariana Grande, claro. Pero podría. RSS de noticias de cultura
El principio del fin ha sido este 31 de julio, con el estreno de ‘Petal’, el single de Ariana Grande que otorga también nombre a su nuevo disco. Sin embargo, en cuestión de horas, la conversación dejó de girar en torno a la canción … y al videoclip para concentrarse, una vez más, en el aspecto físico de la artista. El hecho de que esta delgadez sea perceptible no impide distinguir entre describir una realidad y convertirla en un espectáculo, una frontera que, en el caso de Grande y otras artistas, parece difuminarse con cada aparición pública.
Cuatro días después fue fotografiada a la salida de una cafetería en Montreal y esas imágenes volvieron a generar comentarios en redes sociales sobre su estado físico. Esa misma semana, su representante confirmó que la cantante se alejará de la vida pública tras su último concierto de la gira. Según el comunicado de su equipo, la decisión responde a un «escrutinio público interminable» y supondrá, entre otras cosas, su renuncia a participar en el musical ‘Sunday in the Park with George’.
Ariana aprovechó su concierto en Chicago para matizar ese relato: aseguró que la pausa no fue una reacción impulsiva, sino que llevaba tiempo planificada y respondía a una decisión personal de bienestar, no a una reacción a las críticas recientes.
La reacción alrededor del cuerpo de Ariana Grande responde a una lógica cultural que Naomi Wolf describió en ‘El mito de la belleza’ (Continta Me Tienes): la belleza como un sistema de vigilancia que mantiene a las mujeres sometidas a una evaluación constante, convicción reforzada por lo la socióloga Rosalind Gill asegura; que la cultura mediática contemporánea ha instalado un régimen de control permanente sobre el cuerpo femenino en el que la feminidad se define por apariencia física.
Lo ocurrido con Ariana Grande reproduce precisamente ese mecanismo. Una mujer puede ser admirada por lo que hace y, al mismo tiempo, juzgada por cómo ocupa su propio cuerpo. Para sorpresa de nadie, esto no es nuevo. Nos encontramos ante la enésima vuelta de tuerca a un mecanismo que la cultura popular lleva décadas ensayando con sus mujeres más visibles: se las venera, se las diseca y, cuando ya no aguantan más, se les pide que expliquen con calma y sin dramatismo por qué se van.
El pecado de ser perfecta
Para encontrar el origen de este guion hay que retroceder casi un siglo, hasta antes de que existiera siquiera la palabra «celebridad» tal como la usamos hoy. En 1929, una joven de Brooklyn de veintitrés años llamada Clara Bow recibía, solo en el estudio de Paramount, más de 45.000 cartas de admiradores al mes. La habían apodado ‘It Girl’, por la película que la había consagrado dos años antes y se había convertido en el primer ejemplar de una caricatura que Hollywood acababa de inventar: la estrella cuya vida privada valía, para el negocio, tanto como su talento.

(Paramount Picture)
Con ella los estudios aprendieron algo que nunca olvidarían: el escándalo vendía más periódicos que las películas, así que sus propios ejecutivos alimentaron la cobertura sensacionalista sobre sus embarazos, sus rupturas y su fragilidad mental. Su contrato incluía una cláusula moral: solo cobraría un depósito de 55.000 dólares si se comportaba «como una dama» y se mantenía alejada de la prensa sensacionalista. En mayo de 1931 sufrió lo que entonces se llamaba «una crisis nerviosa», e ingresó en el Sanatorio Glendale; dos años después, a los veintiocho, se retiró del cine para siempre.
En 1949 intentó quitarse la vida; fue diagnosticada con esquizofrenia y tratada con electroshock en una institución mental. Cuando Marilyn Monroe se suicidó en 1962, un periodista fue a buscar la reacción de aquella mujer casi olvidada, retirada en un rancho de Nevada, y obtuvo una frase que resume, con una precisión que todavía incomoda, todo lo que este reportaje intenta contar: «Ser un icono sexual es una carga pesada de llevar».
Casi cien años después, Taylor Swift le dedicaría ‘Clara Bow’ una canción reconociéndose en ella, lo que sugiere que el espejo, lejos de romperse, simplemente cambia de dueña
No hay manera de demostrar que Bow fuera la primera, pero fue pionera en sufrirlo dentro de una industria moderna, capaz de fabricar deseo a escala masiva y de convertir el colapso de una mujer en un producto editorial más. Casi cien años después, Taylor Swift le dedicaría ‘Clara Bow’ una canción reconociéndose en ella, lo que sugiere que el espejo, lejos de romperse, simplemente cambia de dueña.

(Metro-Goldwyn-Maye)
Judy Garland cogió el relevo en 1935, cuando Louis B. Mayer la fichó para la Metro-Goldwyn-Mayer. Garland tenía trece años, y ya llevaba tres siendo medicada por su propia madre: anfetaminas por la mañana y somníferos por la noche para sostener el ritmo de los ensayos. A Garland la apodaban «pequeña jorobada» y le hacían llevar discos de goma en la nariz y fundas dentales para disimular su aspecto ante la cámara. Cuando la consideraron «demasiado gorda», el comedor del estudio recibió la orden de servirle solo caldo de pollo y requesón, mientras una red de informantes vigilaba lo que comía fuera del set.
Ella misma lo resumiría años más tarde: «Desde los trece años hubo una lucha constante entre la Metro y yo». Garland pasaría el resto de su vida intentando librarse de una adicción que el propio estudio le había recetado antes de que terminara el instituto. Murió de una sobredosis de barbitúricos en el baño de su casa de Londres en 1969, a los cuarenta y siete años.
Britney, ¿liberada?
Retrocedamos esta vez a un no tan lejano 2007. Usted recordará perfectamente que Britney Spears se rapó la cabeza frente a una decena de paparazzi en una peluquería de Los Ángeles, en pleno divorcio y batalla por la custodia de sus hijos. Años más tarde, Spears retrataría en sus memorias que llevaba toda la vida siendo observada: «La gente me decía lo que pensaba de mi cuerpo desde que era adolescente», comentario que, después de el caso de Bow y Garland, no le debe sorprender.
La cabeza rapada de Spears fue descrita por la prensa como «un colapso»; ella lo definió como un intento de recuperar el control sobre lo único que sentía como suyo. Hoy existen camisetas, tazas y memes con la frase «si Britney sobrevivió a 2007, tú puedes sobrevivir a este día», lo que dice bastante sobre nuestra capacidad de convertir el sufrimiento ajeno en ‘merchandising’ motivacional sin preguntarnos qué lo provocó.
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Estreno de ‘Mother Mary’
Carmen Burné
En 2013 le tocó a Anne Hathaway. Venía de ganar el Oscar a mejor actriz de reparto por su Fantine en ‘Los Miserables’ y de protagonizar, un par de años antes, ‘El diablo viste de Prada’; aun así se convirtió en el blanco de un odio tan extendido y tan gratuito que el New York Times le dedicó un titular preguntándose, literalmente, si de verdad la odiaban tanto, mientras la etiqueta ‘Hathahate’ se convertía en tendencia en Twitter y sus detractores se autobautizaban ‘hathahaters’. No la castigaban por hacer algo mal, sino, literalmente, por no darles ningún motivo para hacerlo. Para el crítico Neal Gabler «todo lo que hacía parecía gestionado, calculado, ensayado».
Ocho años más tarde, en 2021, la tenista Naomi Osaka ofreció una versión más silenciosa del mismo colapso. Tenía apenas veinte años cuando ganó su primer Grand Slam, y con él llegó una presión que, contaría después, derivó en episodios de depresión sostenidos durante años. Cuando anunció que no daría ruedas de prensa en Roland Garros, explicó que, en su experiencia, el público rara vez tenía en cuenta el desgaste emocional de los deportistas, y que había visto a compañeras derrumbarse ante los micrófonos tras perder un partido. La federación la multó. Ella prefirió retirarse del torneo antes que seguir exponiéndose.
La vigilancia sobre el cuerpo
Conviene no simplificar; también hay hombres célebres que se derrumban bajo el peso de la fama, pero hay un componente que rara vez recae con la misma intensidad sobre sus colegas varones. A un hombre célebre se le permite envejecer, engordar, cambiar; el cuerpo de una mujer célebre, en cambio, funciona como una pista, como la prueba de algo (una ruptura, una enfermedad, una crisis) que ella nunca ha anunciado. Selena Gomez, Billie Eilish,Chappell Roan: todas, en los últimos años, han tenido que salir a explicar por qué necesitaban poner distancia con sus seguidores o con las cámaras.
Hay, además, un fenómeno que arropa a la multitud que reaccionó a las últimas fotos de Ariana Grande: buena parte de las cuentas que expresaban preocupación por su delgadez son las que analizan con lupa cada fotograma de ‘Petal’. El escrutinio y la preocupación suelen salir del mismo lugar, o de la misma persona. Es la lógica del documental ‘Framing Britney Spears’: el público que en 2007 se burlaba de una mujer rapándose la cabeza fue el mismo que organizó una campaña para exigir su libertad. Nadie asume del todo su parte en el circuito.
Ariana Grande volverá, seguramente, con un disco, una foto en redes sociales o una película ya rodada. Alguien fotografiará su primera aparición pública, y antes de que termine el día sabremos de qué se hablará en los comentarios. Cuando eso ocurra, valdría la pena recordar aquella frase que una mujer prácticamente olvidada dijo hace más de sesenta años sobre otra estrella que ya no podía cargar con su propio cuerpo. Clara Bow no hablaba de Ariana Grande, claro. Pero podría.

