Van der Poel revienta a Pogacar con una agónica exhibición en los Campos Elíseos

Tadej Pogacar acaba de conquistar su quinto Tour y ya va mentalmente camino del sexto, un número al que físicamente no llegaron Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain. Ninguno de los cuatro ganó, como Pogacar, a los 21 años su primer Tour. Ni su quinto a los 27. No tan temprano en ambos casos.

 El holandés impone su potencia ante el gran campeón, que debió capitular a falta de 300 metros.  

Tadej Pogacar acaba de conquistar su quinto Tour y ya va mentalmente camino del sexto, un número al que físicamente no llegaron Jacques Anquetil, Eddy Merckx, Bernard Hinault y Miguel Indurain. Ninguno de los cuatro ganó, como Pogacar, a los 21 años su primer Tour. Ni su quinto a los 27. No tan temprano en ambos casos.

Pogacar ha vencido, pues, en esa doble batalla de la precocidad, lo que vendría a augurarle nuevos récords en años sucesivos, si su vida deportiva transcurre con la normalidad deseable. En ella, un sexto Tour, para empezar, le parece destinado. Pero, por referirnos al capítulo conjunto de las grandes rondas (Tour, Giro y Vuelta), tiene mucha más tarea por delante.

Colecciona seis por siete de Indurain, ocho de Anquetil, 10 de Hinault y 11 de Merckx. Para superar al belga, suprema referencia, tendría que ganar al menos una al año durante los próximos seis. El último ya con 33. Si ganase dos, podría acortar a la mitad los plazos y concluir la tarea sucesoria a los 30. En cualquier caso, el desafío es mayúsculo, una empresa ciclópea, rayana en lo imposible. La afrontará y, por esa razón, creemos que vendrá a la Vuelta, para proseguir lo antes posible la persecución del todavía lejano Eddy. Le corre prisa. Su ambición es ilimitada, pero no su juventud.

Desde que los Juegos Olímpicos confirmaron las posibilidades de la subida a Montmartre (1 km. al 6,5%, una cota de cuarta), el Tour sustituyó el paseo triunfal de la última etapa por la ascensión al adoquinado paraíso barrial de la vieja bohemia. El año pasado, bajo la lluvia, Wout van Aert soltó a Pogacar. Esta vez la organización recortó los 133 km. de la etapa para dejarlos en 89. Buena parte de las disponibles fuerzas de seguridad destinadas a proteger el circuito fueron enviadas a combatir los incendios que también están asolando Francia. Los tiempos se tomaban al terminar la última de las vueltas al circuito inicial de los Campos Elíseos.

Pero, si bien todas las suertes clasificatorias estaban echadas, ganar en París no es cualquier cosa. Y los grandes se aplicaron a conseguirlo. El más grande de todos ellos, Pogacar, puso el máximo empeño. En la segunda subida a Montmartre, rompió la carrera. Se llevó con él a Mathieu van der Poel, Remco Evenepoel y Mads Pedersen. No había cuarteto más indicado para la ocasión en ese parcours orillado por decenas de miles, quizás centenares, de aficionados entusiastas. Sólo el esfuerzo extenuante del Decathlon, llevando a rastras al grupo, pudo abortar el intento.

En la tercera subida fue Van de Poel quien hizo trizas a un pelotón desgarrado. Y esta vez sólo lo acompañó Pogacar. En la bajada y en el llano final, la pugna del dúo contra el resto del mundo alcanzó una intensidad máxima. Metro a metro, un pequeño puñado de perseguidores, rechinando los dientes y con los músculos en llamas, fue limando las diferencias.

A falta de 300 metros, Pogacar, reventado, se rindió. Aún rápido, pero en el absoluto límite de sus fuerzas, Van der Poel pareció correr hacia atrás, en comparación con la velocidad humeante que traían sus perseguidores. Pero todavía tuvo espacio y le dio tiempo para poner entre él y Philipsen tres cuartos de bicicleta.

El Tour ha terminado. Él y Pogacar se citan para dentro de un año.

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